En este aprendizaje de lo tribal que muchos hemos emprendido (aunque no siempre hemos sido conscientes de que justo eso era lo que estábamos aprendiendo), uno de los conflictos típicos surge cuando tú vas a un lugar, por ejemplo un pueblo, que todavía es muy tribal, y pretendes quedarte a vivir ahí sin el menor problema. El desconocimiento de las leyes no dichas de toda tribu, e incluso el desconocimiento de que acabas de entrar en el territorio de una tribu, puede pagarse caro. Porque, sin que medie ninguna mala intención ni por tu parte, ni por la ajena, los conflictos debido a malentendidos están servidos. Dos mundos se miran cara a cara, el individualista y el tribal, sin saber que eso es lo que está sucediendo, porque aparentemente todas las personas somos iguales, y ninguno llevamos escrito en la frente un cartel que diga en qué idioma acostumbrmos a a relacionarnos.
Es decir, los que procedemos de ciudades donde hemos experimentado las alabanzas e ideales de ser cuanto más individual y autosuficiente, mejor, tenemos un lenguaje de gestos, actitudes y respuestas a los problemas, que no tiene prácticamente nada que ver con el idioma tribal. Los que crecimos aprendiendo que el ideal era el heroísimo individual o solitario, y que el gregarismo, o "la masa", eran despreciables y cosa de borregos, o que cada uno debía mirar por sí mismo sin meterse en las vidas ajenas y que para eso uno debía andar sólo por su carrilito vital, sin mezclarse demasiado con los ajenos, chocamos de frente con los tribales de toda la vida. No nos entienden, ni los entemdemos, y las malinterpretaciones se suceden.
Los individualistas no estamos por la labor de hacer demasiadas concesiones a los usos tribales. Atesoramos nuestro tiempo y espacio como bienes muy preciados, y administramos nuestra energía personal celosamente, empleándola exclusivamente en cosas que nos aporten satisfacción íntima y personal. Nos cansa, nos molesta el reclamo de las gente tribales (rurales, por ejemplo) que esperan que empleemos infinidad de tiempo y energía en actos aparentemente vanos y estériles, como charlar por las esquinas, tomar algo en los bares y "arreglar el mundo" aunque no se llegue a ninguna conclusión, pasear juntos sin más, entrar en las casas ajenas cuando te invitan para tomar algo, aunque estés lleno o no te apetezca especialmente la enésima rodaja de embutido del país o el vasito de vino, zumo o lo que se tercie...Tampoco somos suficientemente ágiles, al menos de entrada, en lo de hacerse favores. La gente tribal espera que te unas a esos favores sin que te lo tengan que pedir. Esperan, casi, que lo adivines, porque han crecido en un entorno donde se da por sentado que así es, y así ha de ser. La tribu hace piña y es piña. No se concibe que uno se reserve el derecho de opinar de manera "muy" diferente, o de decidir cosas al margen de los demás. Se espera, en lugar de eso, que uno permanezca unido a ese clan aunque opine distinto, porque hay que hacerse favores, y ya está. Hoy es por tí, mañana por mí, ésa es la norma.
Los individualistas aprendemos, a copia de experiencias más o menos fallidas y más o menos exitosas, a hacer concesiones. Pero a menudo no dejamos de verlas como concesiones, así que nos cansan, porque el propio concepto de conceder implica desgaste, cesión a regañadientes. No con entusiasmo. Pero resulta que lo que une a una tribu no solo es lo serio, la co- responsabilidad, sino también lo alegre: el vibrar juntos en algunos momentos, bailar, cantar, reir, charlar, comer...He ahí el gran significado de las fiestas de pueblo, de las celebraciones de clan o tribu (santos, bodas, comuniones, domingos, paellas, etcétera), y de todo lo que, desdeñosamente, muchos individualistas, de entrada, consideran paripé y compromiso desgastante.
Estas tribus existentes (me refiero al mundo rural español, ahora mismo) son vestigios últimos de las redes humanas rurales. No son, seguramente, como las tribus originarias de esos paisajes que se fueron extinguiendo a copia de "civilizacion", pero se les parecen bastante. A los neo rurales nos engaña el hecho de que tenemos los mismos rasgos faciales y vestimos de la misma manera, pero deberíamos ser conscientes, cuando vamos a algunos pueblos de determinado tamaño, ubicación geográfica e historia, que estamos entrando en el territorio de una tribu específica que tiene sus normas y leyes no escritas, y también su idioma gestual y de actitudes. Y que éste no es el mismo que el nuestro. Así nos ahorraríamos muchas dificultades.
Si los neo rurales que van a un pueblo, además, quieren formar ahí una tribu propia, el conflicto se multiplica en hondura e intensidad. Porque no es sencillo encajar una nueva tribu en el seno de una vieja tribu. Sobretodo si no hay un reconocimiento previo, por parte de los nuevos, de la existencia de la vieja tribu, y de su derecho natural y prioritario a seguir dominando de algún modo ese espacio. Pretender lo contrario es iluso y ciego. ¿En qué parte del mundo una tribu nueva es aceptada como parte más dominante que la vieja tribu? Hay que ser realistas: esto no es posible. Si ya existe una tribu añeja, arraigada y consolidada en un terriotorio, no es de cajón intentar enmendarles la plana. Se lo van a tomar mal, y con razón. Las leyes universales de respeto y cortesía son muy claras: adonde fueres, haz lo que vieres. Y si no quieres hacer lo que vieres allí donde fueres, vete a otra parte, pero no intentes reformar una tribu a base de intentar inyectarles otra tribu, minoritaria además, en vena. Sin su permiso. Y sin haber rendido primero pleitesía a las autoridades o círculos de poder de la otra.
La arrogancia de los individuos criados en la creencia del poder personal frente al colectivo, hace que muchos hayamos pasado por alto esta ley. No sólo llegamos a una tribu y no la reconocimos como a tal, sino que además pretendimos reconducirles hacia otra parte, aunque fuera en nuestra sombra, inconscientemente. En otros casos, esperamos (ilusamente) que los tribales actuaran de manera acorde a nuestro idioma y costumbres, y nos enfadamos o frustramos cuando esto no fue así. Nos ha faltado realismo.
Lo primero que uno debería hacer, si quiere encarnarse en un territorio que YA está ocupado por una tribu, es reconocer a esa tribu. Luego, presentar los respetos a las autoridades o a los círculos de personas que dirigen o lideran el cotarro. Es lo que haría cualquier antropólogo, cualquier viajero. Si este gesto tan simple ya nos supera, porque detestamos la idea de presentar respetos (o hacer concesiones) a una autoridad ajena, entonces es mejor dejar de lado la idea de encarnarse en ese terriotorio, porque el experimento, tarde o temprano, fracasará. Sencillamente, la ley tribal es como es y no es posible saltársela.
Si, en cambio, uno se ve capaz de hacer estos pasos, luego puede continuar con lo demás, que es CULTIVAR las relaciones con esos miembros de la tribu. Desde ese punto pueden tejerse redes de amistad con los tribales, y empezaremos a vivir conforme a lo tribal, al menos para asuntos colectivos. Entraremos en la cadena de favores, "concesiones" y usos comunes. Si nos descubrimos disfrutando con ello, entonces significa que empezamos a estar encarnados ahí. Sólo entonces. De otro modo, sólo coexistimos junto a una tribu, pero no convivimos. Que no es lo mismo. No dejaremos de ser un cuerpo extraño que no se sabe bien qué hace ahí, ni cuál es su lugar o función.
Muchos de nosotros nos enamoramos de territorios, y lo hicimos tan apasionadamente, que olvidamos, o medio olvidamos, que la tribu que los habitaba tal vez no era como la tribu que nosotros soñamos. Quisimos saltarnos las normas tribales y crear nuestra propia tribu en ese terriotorio, sin darnos cuenta de que, al hacerlo, estábamos atentando contra la ley universal tribal. Fuimos vistos, entonces, como una amenaza en el peor de los casos, otras veces como un elemento prescindible e incomprensible, con lo cual fuimos ignorados, dejados de lado. Sea como sea, el fracaso en la encarnación tribal nunca es porque sí. Saberlo ver es otra cuestión, pero de entrada es imposible comprender las razones del fracaso si no se ha entendido que el asunto se trataba de integrarse en una tribu ya hecha, y además añeja.
En este largo camino hacia la realización o materialización del sueño tribal que muchos tenemos, una de las cosas que habrá que plantearse, pues, será el asunto de las otras tribus, esas que ya ocupan, habitan y dominan un territorio. Hay quienes optan por huir de las mismas y crean ecoaldeas, u ocupan pueblos abandonados, porque ni les gustan las "concesiones", ni la idea de no ser ellos los que dominen un territorio. Es una opción. Otros, sin embargo, nos resistimos a esto porque nos parece demasiado endogámico, y querríamos integrarnos en algún pueblo o entorno humano más variado. La cuestión, entonces, es tan simple como empezar reconociendo la existencia de la tribu dominante, y observarla y estudiarla como a tal. Y si nos sigue interesando luego integrarnos en ella, adoptar los usos y costumbres necesarios para ser entendibles por la tal tribu. Hablar su idioma, y no estar esperando que ellos adopten el nuestro, al menos de entrada. Pero si vemos que no nos es posible integrarnos, porque hacerlo requeriría ir en contra de algunos de nuestros principios, entonces lo sensato es marcharse a otra parte.
Las tribus ya existen, y vamos a tener que convivir con ellas. Para muchos, de entrada nos resulta duro asumir el status de "minoría", porque en nuestro sueño de "tribu y territorio" no entraban tantas "concesiones" ni complejidades. Nos imaginábamos poco menos que íbamos a ser reyes del paisaje, como Robinsones Crusoes de una isla paradisíaca y particular, solo que en familia (o en tribu) Fuimos un poco como esos exploradores que dijeron: "Cómo me gusta esta tierra, quiero quedarme en ella" y se olvidaron de un pequeño detalle: ya estaba habitada, y tal vez a sus habitantes no les gustaba la idea de integrarnos.O sí, les encantaba, pero el precio a pagar nos resultaba demasiado alto. En todo caso, lo importante es saber ver que no hay ninguna tierra vacía, y que uno no puede, por lo tanto, fijarse sólo en el paisaje. Ha de observar y tener en cuenta, también, a sus "dueños".
Hay que replanteárselo todo, entonces, y decidir: ¿queremos integrarnos en otra tribu, sí o no? Porque eso lo define todo. Si es que sí, entonces uno debe pasar a la siguiente fase, discernir a qué tribu o tribus se integra, y hasta qué punto. Si es que no, entonces es inútil buscar nuestro lugar en pueblos, sobretodo los pequeños, porque su carácter tribal es mucho más marcado. Mejor echarse al monte salvaje y solitario, conseguir tierras vacías de gente, si es que se puede, u ocuparlas. O dejarse de sueños rurales y tejer tribu en la ciudad, cuyas leyes y normas son muy distintas.
jueves, 27 de marzo de 2014
miércoles, 26 de marzo de 2014
Cultivar la tierra, cultivar la tribu.
Una de las mayores dificultades que veo para realizar el sueño de la tribu y el territorio es que partimos, la inmensa mayoría de nosotros, de entornos urbanos donde rara vez (salvo excepciones) se ha experimentado desde niños "lo tribal". Y con tribal no me refiero al grupete de amigos adolescentes, ni a las tribus urbanas. Me refiero a la tribu-tribu de toda la vida: la red de relaciones humanas familiares y amistosas que permitían a las familias salir adelante, ayudándose mutuamente en lo que hiciera falta, desde el cuidado de los niños hasta ir a por el pan.
La mayoría de nosotros, sin embargo, somos de generaciones o lugares donde esto ya se había perdido. Hemos crecido inmersos en un ambiente de familias bastante aisladas, cada uno en su piso, y donde los amigos vivían a manzanas de distancia y solo los podías ver fuera de clase. Y eso, si no tenías demasiados "deberes". Con lo cual hemos crecido aprendiendo a relacionarnos con los amigos casi exclusivamente para el ocio. Los días estaban organizados alrededor de las clases (ahora que lo pienso, qué palabra más fea para definir los espacios de supuesto estudio), donde pasábamos horas y horas bajo la autoridad de terceros que, a veces, no sólo no nos importaban, sino que incluso nos podían parecer personas no especialmente agradables. Y en esas "clases", a veces compartíamos mesa y esfuerzos con amigos, pero otras veces no, porque, contrariamente a lo que muchos padres quieren creer, la escuela y el instituto no garantizan la vivencia de la amistad. Depende del caso.
Así que durante los años más preciosos de nuestro desarrollo cerebral, mental, emocional, psíquico y espiritual, años en los que todo deja profundas huellas, repetimos hasta la saciedad un patrón conductual muy concreto, que se resume en: sigue y obedece a la autoridad que te pongan delante (no importa si te gusta o la sientes justa, sabia y coherente, o te parece que es un impresentable, porque total, no podrás cambiarlo); aprende a soportar lo que te toca y relega la vivencia de la amistad a los espacios de ocio, si es que puedes. Porque lo primero es la obediencia a las autoridades (ir a clase) Y lo demás, solo se acepta para rellenar huecos.
Si tenemos en cuenta que la repetición induce al aprendizaje, y que la infancia es el espacio donde más se graban las vivencias en nuestro interior, ¿de qué nos extrañamos cuando vemos que, en una sociedad como la nuestra, parece imposible cambiar el sistema, la gente soporta a autoridades corruptas, y salvo unos cuantos -minoría- que gritan "¡Cambio, cambio!", el resto permanece sin saber qué hacer, o incluso pensando que no se puede cambiar nada? Bueno, la respuesta es, para mí, tan evidente que resulta aplastante. Las cosas son como son porque hemos aprendido esto, y no hay vuelta de hoja. Desaprenderlo sería la cuestión.
Pero yendo al tema de la tribu que cierto sector -minoritario, no me cabe duda- de la población estamos buscando, ¿por qué nos extraña que sea tan difícil reunirnos, integrarnos en proyectos comunes, andar todos a una, organizarnos en algo que realmente se sostenga...? Pues nos extraña porque somos como el pez que no ve el agua del océano. Estamos tan inmersos en la "mente" del sistema (la manera en que hemos crecido y aprendido a "ser") que no nos damos cuenta de cuán ignorantes somos respecto a lo que implica formar parte de una tribu.
Sí, ignorantes. En lo tribal, somos como esos niños modernos que creen que el pollo que comen sale de las bandejas del súper. No llegamos a esperar que las coles nos broten espontáneamente en las macetas del balcón, o en la tierra de al lado de casa, porque al menos sí compramos libros de cultivo, o lo investigamos por internet, o (los más afortunados) tenemos cerca a algún pariente o vecino que sabe cultivar, y a quien podemos preguntarle. Pero ¡pásmate!, esperamos que la tribu surja de la nada y que las relaciones intertribales den fruto sin más, por obra y gracia de la pura espontaneidad de la amistad. Esperamos que, sólo por el hecho de ser amigos, podamos ser capaces de hacer cosas como proyectar algo juntos, convivir o desarrollar un plan de vida interrelacionado (al antiguo modo tribal) a largo plazo.
No nos damos cuenta de cosas tan simples como, por ejemplo, que proyectar un plan de vida común es mucho más complejo que tener un hijo. Al menos, un hijo es cosa de dos. Pero ¿de cuántas personas es un "proyecto tribal"...? ¿Qué implica plantearse decir algo como "Nos gustaría vivir cerca los unos de los otros", "Nos gustaría compartir espacio" o incluso "Nos gustaría ayudarnos en la crianza de los hijos"? ¿Cómo se elabora eso, cómo se consigue? Desde la ingenuidad de los ignorantes, esperamos que sólo por el hecho de decirlo, suceda. Dices: "Me gustaría que este árbol diera fruto", y entonces vas, te sientas y esperas.Y luego te frustras o sientes un desengaño si las manzanas no llegan al momento, o ni esperando meses salen, porque un bicho se las comió cuando eran tiernos botoncitos. Igualito.
Hemos aprendido (por repetición o condicionamiento de años) a vivir la amistad sólo para compartir el ocio, o para desahogarnos puntualmente en los baches de la vida. No hemos aprendido a convivir con amigos. De hecho, muchos de nosotros ni siquiera estamos satisfechos con la experiencia de convivencia familiar que hemos tenido, y (salvo excepciones) no disponemos de otros referentes exitosos o satisfactorios. E incluso en el caso de personas que, como yo, sí disponemos de experiencia en asuntos de convivencia con no-familiares; así como de haber formado parte de organizaciones humanas de algún tipo, no solemos saber ver qué elementos indujeron al éxito o fracaso de las mismas, porque, al ser la estructura tribal algo desconocido y no compartido por la mayoría, no se suele hablar de ello, ni existen libros que expliquen las pautas de cómo cultivar la tribu, ni nada por el estilo.
Por eso me estoy dando cuenta de que el cultivo de relaciones armoniosas es la clave en el éxito de cualquier iniciativa o sueño tribal que nos planteemos. Y cultivo es la palabra clave. Deberíamos aprender a relacionarnos de manera que seamos capaces de compartir algo más que el ocio, los desahogos o ciertas actividades cuando "nos apetecen". No hemos aprendido nunca ni a comunicarnos en círculo de manera sostenida, continuada, rutinaria, como se hace o hacía en las tribus indígenas, por ejemplo. Cada poco se sentaban y debatían, y cada uno exponía sus puntos de vista. La cantidad de horas empleadas en el cultivo de la comunicación mutua que muchas tribus empleaban, y el tiempo que les llevaba decidir ciertas cuestiones, nos parecería impresionante. Desde el aprendizaje o condicionamiento individualista que tenemos, podría parecer incluso una pérdida de tiempo. ¡Con lo fácil que es decidir las cosas uno solo! Tenemos dentro un niño que lucha por hacer lo que le da la gana. Está tan harto de décadas de escolarización forzosa y seguimiento a autoridades a veces estúpidas o insensibles, que no quiere ni oir hablar de sentarse a esperar a los demás, escuchar detalladamente sus puntos de vista, y ya no digamos hacer concesiones en aras de conseguir algo común. "¿Realmente es necesario tanto esfuerzo?"- se pregunta ese niño- ¡Bastaría con que me hicieran caso! ¿Por qué tiene que ser todo tan complicado? ¿Por qué no es tan simple como juntarnos con los colegas y marcharnos juntos a pasarlo bien por ahí?"
Sí, no tenemos otro aprendizaje salvo el de seguir a una autoridad x (lo aprendimos en las "clases") o la anarquía total, el dejar que cada cosa siga su curso sin intervenir lo más mínimo, por miedo a presionarnos, a resultar pesados, o defraudar al otro con cosas que parezcan exigencias o recriminaciones...Lógico, puesto que la mayoría padecimos demasiado autoritarismo de niños, y nos fuimos al otro extremo: que cada cual haga lo que le salga del...y vivamos felices sin presionarnos, que la vida son dos días. Y por eso, y dado que interiorizamos que las amistades eran algo sólo para pasarlo bien, no sabemos cómo resolver una ecuación en la que el factor "amigos" se conjugue con el factor "creación de proyecto de vida común", algo que es, por definición, laborioso, exigente, y que puede traer momentos y etapas de muchísimo estrés y desgaste, ¡como cualquier otro proyecto!
Así las cosas, da la sensación de que las convivencias, los intentos tribales o de proyectos, salen bien de p. casualidad, si hay suerte o la gente "congenia" sin más y ¡hale, qué suerte, coincidimos todos de repente en lo que queremos!. Lo cual explica la cantidad de anécdotas de fracasos y desengaños que he ido recopilando en estos años, mías y de otros.
Generalmente, si las circunstancias son muy propicias, las convivencias y proyectos se sostienen durante un tiempo. Los amigos se embarcan juntos en una nave, y sólo en las largas travesías, o en las más difíciles, descubren con aturdimiento y agobio que la experiencia se tuerce y no resulta como esperaban. Claro, como ni siquiera se sentaron las bases de adónde iba el barco, ni quién manejaba el timón, las velas, los remos... El miedo al autoritarismo nos impide vivir el liderazgo, no queremos roles de capitán ni de oficial ni de grumete. Nada. Solo espontaneidad y sin organizar nada, que eso es represor.
Así que los barcos comunes (proyectos tribales o comunitarios) a menudo son un caos que mientras la mar está tranquilota y el viento va a favor, va de p. madre y todos contentos. Qué guays somos, somos los más libres y los mejores, la crema de la humanidad. Pero cuando viene una tormenta o escasean las provisiones, se inicia el agobio, el sufrimiento, y se empieza a mirar mal al otro, y surje el "sálvese quien pueda".
En definitiva, en cuanto el estrés aprieta o se dan situaciones de "emergencia" o "crisis", las frágiles estructuras de estos ingenuos y bienintencionados grupos humanos saltan hechas pedazos, porque en realidad las relaciones no estaban correctamente cultivadas, ni los vínculos se afianzaban en algo más sólido que el "me apetece, y mientras me apetezca seguiré ahí, no puedo ni quiero prometer más, ni dar a entender que podáis esperar más de mí".
El agricultor, en cambio, está más allá del "me apetece/no me apetece". A veces disfruta con lo que hace, pero a veces no. Le toca las pelotas salir a regar algunos días, pero lo hace por no ver morir a las plantas, porque ama a su huerta, y además quiere comer los frutos. El ganadero, tres cuartos de lo mismo o peor: ha de dar de comer a sus animales día tras día, tanto si le apetece como si no, y encima limpiar sus cacas aunque huelan mal. Y un padre y una madre aún están mucho más allá de la "apetencia", o debieran estarlo, porque un hijo exige muchísimo más que una huerta o que un animal doméstico. ¿Se entiende lo que quiero decir...?
¿Qué implica, entonces, crear una tribu de personas afines porque sentimos que queremos compartir nada menos que el trabajo cotidiano, e incluso ayuda en la crianza de hijoS en plural? Tienes un hijo y te parece mucho trabajo, ¿vas a asumir tener dos niños, o tres, o cinco de golpe, que además no serán "tuyos"? Porque en una tribu de esas características, no puedes decir "este niño no es asunto mío, es cosa sólo de sus padres". No, vincularse con un niño, o con otros niños además de los propios, es algo más serio. Y siento usar esa palabra, "serio", porque sé que a muchos les da "yuyu", pero me refiero a que es mucha más responsabilidad que compartir el trabajo en una huerta, o el cuidado de unos animales. Porque los niños crean vínculos de afecto muy intensos, son mucho más dependientes cuando son pequeños, y esperan y necesitan muchas cosas de los adultos con los que crean vínculos familiares o tribales. Los niños, además, tienen necesidades muy diversas, específicas, continuas e insoslayables.
Por esa razón, no es de extrañar que elaborar un proyecto "tribal" que incluya el ayudarse con los niños resulte, a la hora de ponerse manos a la obra, una empresa titánica. Descubrimos, algunos, que era muy fácil y bonito decirlo, pero otra cosa es llegar a plasmarlo. Si llegar a tener un hijo a veces ya es difícil, por ganas que se tengan, llegar a reunirse varias... ¡familias!... de manera más o menos sólida, es un asunto de enjundia considerable. Casi casi una utopía.
Así que pienso que lo que toca, si se quieren coles o manzanas tribales, es cultivar primero las relaciones y abrir las perspectivas. De entrada hay que desbrozar (dialogando, compartiendo comunicación, tiempo y espacio) las hierbas y piedras que impiden la siembra de algo comúnmente acordado en el "terreno" de nuestra amistad. Porque claro, primero hay que estar de acuerdo en algo tan básico como que se quiere sembrar "con otros", y la clase de semillas que se quieren cuidar. Y luego se requiere un compromiso mínimo para cuidar de lo sembrado. ¿Se podría proyectar una tribu con personas que sienten urticaria ante la palabra compromiso? Mal asunto, casi tanto como tener un hijo con alguien dispuesto a abandonarte si siente que, de repente, le apetecen más otras hembras a su alcance, o descubre que le agota la rutina del esfuerzo diario que implica criar. Prepárate para el abandono cuando más ayuda necesites, o cuando peor te encuentres, porque el estrés y el agobio es lo que hacen "saltar" fuera del círculo a los que sólo siguen la ley de su apetencia porque "no quieren más represión".
Aplicado todo esto del cultivo a otros rasgos de lo tribal que muchos nos proponemos, hay otro factor de tremenda ingenuidad y falta de realismo que, me doy cuenta, pasa factura a muchos proyectos y sueños de tribus que nunca llegan a cuajarse. Somos, la mayoría, como jóvenes entusiastas que se enamoran de alguien y creen, ilusos de ellos, que sólo se van a comprometer con esa persona, y que su familia no importa, ni cuenta. Pero ¡ja!. En las bodas, aparecen las familias siempre, y sus relaciones con nuestra pareja terminan siendo mucho más determinantes en nuestra relación de lo que querríamos en principio, o esperábamos.
Pues bien, en los proyectos tribales las cosas también son así. No es realista pensarse como una comunidad o grupo humano de personas jóvenes y alternativas desvinculadas de padres, madres, tíos, tías y abuelos. En la foto grupal deberían salir ellos también, aunque sea en la retaguardia, advirtiéndonos de su presencia y peso. Y todo por la sencilla razón de que son nuestro origen y lo llevamos con nosotros, pero además, para muchos, esos vínculos y relaciones siguen vivos y tienen una importancia y valor considerables. Son, de hecho, parte de nuestra tribu, aunque por cuestiones ideológicas o emocionales no siempre (o rara vez) compartan nuestros criterios y sueños, y de ahí el hecho de que intentemos crear "más" tribu u otra tribu con personas "más" afines. Sea como sea, del mismo modo que cuando nos casamos nos vinculamos también con la familia de nuestra pareja, cuando creamos un proyecto tribal nos estamos vinculando a las familias de los otros. Y esto tiene una miga considerable.
Crear tribu sin raíces es relativamente fácil. Basta con esperar una confluencia de factores propicios, una primavera lluviosa y un poco de sol, y salen las flores como por arte de magia. ¿Una tribu con raíces, sólida y capaz de soportar etapas de crecimiento, crianza, desarrollo, cambios, y todo el estrés que ello pueda conllevar...? No basta, para eso, con esperar. Habrá que cultivar. Habrá que cuidar. Habrá que esforzarse más allá de la apetencia. Trabajar el asunto, ¡oh, temida palabra...! Pero claro, eso es sólo si lo quieres vivir. Si no, ni falta que hace tanto trabajo, porque fíjate: hay que aprender hasta a comunicarse adecuadamente. A sentarse juntos. A dialogar desde la horizontalidad amistosa. A decir la propia verdad, atreviéndose a ser sincero, honesto. A arriesgarse. A compartir algo más que cine y palomitas.
En fin... No bastan los libros, porque éste, mucho me temo, es un terreno virgen. Encontraremos infinidad de libros sobre desarrollo personal, pero me atrevo a decir que ninguno sobre el cultivo de lo colectivo o comunitario, ni del cuidado de "relaciones armoniosas tribales". Si hay o hubo expertos en ello, no nos han retransmitido sus conocimientos, o no sabemos cómo dar con esa fuente de enseñanza. Así que ésta será una cuestión de exploradores y pioneros, o no será. He ahí nuestra "terra incognita", nuestro continente virgen y sin explorar: el tribal.
martes, 25 de marzo de 2014
Tribu y Territorio, un sueño muy lejano.
(Arriba, fotografía de Jimmy Nelson)
Llevo más de 10 años estudiando el asunto de las personas que, como yo, quieren o han querido dejar las ciudades para irse a vivir al campo, ya sea en casas aisladas, inmersos en pueblos o incluso en las llamadas ecoaldeas. Todo se detonó cuando hice mi primer Camino de Santiago (en el año 1999) No sabía bien qué clase de experiencia esperaba vivir, pero ya por aquel entonces había empezado a intentar seguir, deliberadamente, mi instinto animal, deseosa de integrarlo más en mi ser, tan intelectualizado en aquella época. Y mi instinto me pedía andar, echarme al monte.
Y fue curioso, pero lo de andar sin tregua por entornos mucho más naturales que mi gran ciudad, durante días, mirando al horizonte, me enganchó y me transformó por completo. En su día no supe explicar porqué, y asumí el evento casi como algo mágico. Mi sensación era la de haber recordado quién era yo. El primer día, recuerdo que entré en una especie de éxtasis y, llegando a unos altos, bajo un cielo azul limpio (no como el de mi ciudad) con esponjosa, inmensas y recortadas nubes blancas, rodeada de páramos solitarios, solté la mochila y casi me puse a bailar de felicidad. Me cayeron lágrimas de alegría, ¡me sentía tan bien! Y no paraba de preguntarme: ¿Cómo he podido olvidar esto? ¿Cómo he podido olvidarme de quién era yo?
Resultó que aquel paraje se encontraba en tierra leonesa, donde yo pasé la mayor parte de mi infancia, así que luego interpreté que lo que me pasaba era que estaba conectando con sensaciones infantiles olvidadas: el olor de la tierra y de las hierbas locales, el color brillante y limpio del cielo, la anchura del horizonte...Incluso el viento fresco que azotaba mi rostro, todo era tan...de mi infancia, que pensé que el paisaje era el que me había facilitado esa sensación de recordar quién era.
Sin embargo, a copia de repetir sucesivos Caminos de Santiago, y de realizar, luego, otros viajes y excursiones por muchos otros lugares, me he ido dando cuenta de que, aunque es innegable que los paisajes de mi infancia tienen mayor facilidad para conectarme con algo profundo de mi misma, no tienen la exclusiva para detonar ese recuerdo de identidad tan especial que sentí en aquel primer Camino de Santiago. Recuerdo, por ejemplo, el aluvión emocional que sentí hace un par de años en Liébana, Picos de Europa, contemplando el cresterío de picos desde la ermita de San Miguel. Fue una de esas ocasiones en las que sentí que estaba recuperando algo perdido de mi ser. Una parte de mi identidad profunda emergía con fuerza, y ésta tenía que ver con la admiración de la belleza natural y la necesidad de tenerla cerca. Tuve la incomprensible sensación (irracional, quiero decir) de que una parte de mí vivía languideciendo y a medio gas en paisajes, no diré feos, pero carentes de fuerza "natural", léase salvaje, intocada. Y que algo en mí necesitaba eso, y si pudiera tenerlo cerca...yo sería muy distinta, y mi vida entera rebrotaría con fuerza, como si a una planta de montaña la trasladas desde su maceta urbana al nicho ecológico donde su naturaleza le pide estar.
Bueno, ha habido otras ocasiones, otros lugares que han detonado impulsos completamente irracionales y animales en mi ser, todos ellos absolutamente llenos de vida e intensidad. Y al final, en estos meses de reflexión , llego a la conclusión de que me equivoqué aquella primera vez en el Camino de Santiago. La sensación de recordar quién era no tenía tanto que ver con el hecho de estar otra vez en tierra leonesa, sino con el hecho de ....ANDAR, como nómada, durante horas, días, semanas...Y claro, ahora lo veo obvio. De haber sido "sólo" la tierra leonesa quien pudiera detonar, en mí, el recuerdo de eso tan indescriptible como "sentir mi verdadera identidad", lo hubiera experimentado también en otros viajes que había hecho, en coche, por esos lugares. Viajes en los que disfruté, sí, pero en los que no viví , ni de lejos, la enorme transformación que me produjo caminar. El ser humano fue nómada o seminómada durante decenas de miles de años. ¿Cómo podría sernos indiferente, entonces, vivir sentados o vivir andando?
Pero no ha sido hasta que me convertí en madre que he reparado en esto del posible recuerdo genético o evolutivo que todos, hipotéticamente, tenemos dentro. Fue intentando entender mejor las demandas y llantos de mi hijo que dí con el libro "El Concepto del Continuum", de Jean Liedloff, y ahí encontré la primera pista sobre estas teorías que afirman que, puesto que el ser humano ha vivido cientos de miles de años siendo seminómada y organizándose en una tribu pequeña, y puesto que la evolución no es tan rápida como están siendo nuestros cambios en el modo de vida, naceríamos aún programados (o adaptados) a una serie de expectativas y necesidades, digamos, naturales, como la que plantea Jean Liedloff: ser llevado en brazos durante meses, casi todo el tiempo.
La reveladora pista de este libro, sin embargo, contuvo para mí un poso final de amargura. A fuerza de ir observando a mi hijo, que por aquel entonces tenía sólo dos años, comprendí que las madres que intentaran satisfacer las necesidades supuestamente "naturales" y puras de sus hijos, para que no sufrieran con el shock de encontrarse con un entorno y unos cuidados tan alejados de lo que su naturaleza instintiva les pide, estaban atrapadas en un callejón sin salida. Porque el asunto no se reduce, ni se puede reducir, a portear. Ser llevado en brazosy tomar el pecho no es, ni de lejos, todo lo que un bebé o un niño pequeño necesita para que su crianza sea, digamos, más "natural". En realidad, un niño pequeño reclama todo el modo de vida remotamente ancestral, antiguo, y...no se lo podemos dar, porque sencillamente, nosotras mismas no estamos ahí.
Peleándome con mi hijo porque insistía en dejar la manguera del agua abierta todo el rato (era verano, y le fascinaba regar el patio de casa), intenté conectar con lo que él sentía para convencerlo de cerrar el grifo (ya que el agua se pagaba cara allí donde vivíamos, y lo consideraba un desperdicio)
Y entonces comprendí que, desde su punto de vista, la contemplación absorta, indefinida en el tiempo, y sin medida, de los elementos naturales "libres" era una necesidad. Una verdadera necesidad. Claro, el ser humano ha vivido durante cientos de miles de años inmerso en la naturaleza, y nada ha impedido a los bebés y a los niños, durante esos milenios, quedarse absortos contemplando un reguero que corre, o una fuente. Explícale, ahora, a un niño de corta edad que el agua "es cara" o que "hay poca y se gasta". ¿Cómo lo va a entender? Le es imposible, porque él sólo siente lo que siente (necesidad de ver correr el agua) y ve lo que ve: que del grifo sale agua como si fuera una fuente. Conceptos tan sofisticados como "dinero" no entran en su cabeza, ni puede entender que esa agua se gaste, si no tiene modo de ver, también, el tamaño o volumen del agua disponible, como sucedería de manera fácil si viera una pequeña laguna o charca, en la cual se pudiera percibir que el agua es limitada. En otras palabras, para entender nuestro mundo necesitamos de un cerebro capaz de realizar infinidad de abstracciones, pero esa capacidad cerebral (dependiente del neocórtex) sólo está disponible a partir de cierta edad, y de hecho los científicos actuales afirman que no se completa hasta la adolescencia. ¡Como para pedirle a un bebé que entienda!
Todo aquello del grifo me hizo caer en la cuenta de que la mayor parte de angustias, preocupaciones y riñas que yo tenía con mi hijo, y conmigo la inmensa mayoría de madres del mundo civilizado, giraban entorno a cuestiones similares. Pero éstas no tendrían lugar en un entorno al que los niños estuvieran mucho más adaptados, y que concordara más con su naturaleza. Es más: intuí que la experiencia de criar, que tantos dolorosos esfuerzos me estaba costando, no tendría porqué ser tan "sacrificada" ni sufriente como la de tantas mujeres actuales que viven confinadas en pisos o casas, alejadas de lo que sería un entorno "natural" de criar. ¡Incluso podria resultar que la maternidad supusiera mucha más felicidad!
Eso sí, algo positivo hubo en esta toma de consciencia. Mi sentimiento de culpa por no estar sintiendo toda esa dosis de felicidad que, hipotéticamente, se supone que deberías vivir cuando cuidas de un niño, se esfumó al entender lo mediatizada que estaba mi experiencia por lo social. Y lo muy escasa de "culpa" que estaba mi pequeña persona. Yo era como una madre animal enjaulada. Como cualquier hembra de zoo, hacía lo que podía pero no se me daba excepcionalmente bien, que digamos. Porque incluso adquiriendo, a copia de un gran esfuerzo de investigación personal, el conocimiento intelectual de que otra maternidad es posible, no sabía o no podía materialmente realizarla, al estar fuera del contexto adecuado para ello.
Los bebés y niños pequeños nos muestran a qué estamos adaptados porque no han vivido aún la adaptación a la "cautividad" y a los entornos artificiales donde tantas cosas no se pueden tocar, tantas actividades no deben hacerse, y tantos peligros incomprensibles les acechan (electricidad, alturas, cristales, químicos de uso doméstico, electrodomésticos, coches, etc) Nos puede parecer que un niño primitivo estaría rodeado de peligros, y no diré que no, pero un niño actual está rodeado de mayores peligros aún. Lo que pasa es que lo contenemos y cercamos mucho mas, para que no se dañe.
Si uno observa bien, verá que a los niños se les dice que no prácticamente a todo, porque en los pisos y en las ciudades, realmente es muy poco lo que, de lo que querrían hacer (porque sienten el impulso natural de ello) pueden hacer. Así las cosas, resulta triste que el lugar al que muchos niños se acaban adaptando es el sofá y las pantallas de tv o juegos, o a actividades permanentemente controladas a toque de silbato (adulto) únicas acciones que teóricamente los mantienen alejados de todos los otros peligros, y con las cuales "no molestan" al resto de adultos. Es que por no poder, no pueden ni salir solos de casa, porque en una ciudad esto no es posible.
En cambio, los niños que vivían en pequeñas tribus de gente familiar y en viviendas pequeñas, a pie de tierra, y sin puertas peligrosas o herméticamente cerradas, entraban y salían de los espacios a placer, y gritaban y hacían ruido y corrían todo lo que querían y más, sin que molestaran a nadie porque oye, ancho es el mundo, espacio abierto y libre hay, y el griterío infantil, cuando no está todo el rato pegado a tu oreja, es muy agradable de oir. ¿Peligros? Sí, pero mucho más fáciles de aprender y de entender. Cosas del tipo "esto no se come", "el fuego quema" o "no provoques a los animales". Al lado de eso, la sofisticada peligrosidad de nuestro mundo es tremenda. ¡Y luego dicen que hay que poner límites a los niños! Yo siempre pienso, cuando leo consejos así: ¿Más limites aún? ¡Pero si ya tienen demasiados!
Fue una época triste para mí, aquella, porque perdí la esperanza de poderle dar a mi hijo la mejor experiencia de infancia, según mi criterio y sentido ético. Pues, aunque sabía cuál era ésta, no estaba en mis manos la capacidad de dársela, porque yo era un animal enjaulado más, limitado y además aislado. No vivía en tribu. Pasaba muchas horas a solas con mi hijo, en aquel patio... El no tenía compañeros de juego (por desgracia, además, los niños de aquel pueblo no fueron muy amigables con él), pero es que encima lo que él quería, lógicamente según su "memoria evolutiva", era estar a la sombra, ver el agua correr y, como mucho, regar con ella las plantas. No cruzar todo el pueblo para ir a un parque forrado con placas de caucho, sin arena ni hierbas, para ponerse a jugar con objetos metálicos extraños que se supone que son para jugar, pero que no le atraían ni la mitad que lo que estaba en su territorio, pegado a su casa: el agua, las piedras, la tierra, las hojas verdes de las plantas...
Por esa razón, me rendí y cedí. Dejé de reñirle por "malgastar" el agua y dejé de insistir para llevarlo al dichoso parque. Hice la vista gorda y me amoldé a las tardes en el patio. Me leía un libro mientras mi hijo pasaba horas muertas mojándose y mirando fascinado los hilos de agua esparcirse por la tierra hasta que salían las lombrices a pedir socorro. Eso sí, le puse un control y un tope al caudal de la manguera. Me daba tanta pena que mi hijo no tuviera lo que verdaderamente necesitaba, que por eso le concedí el sucedáneo, aún sabiendo que nos costaría un extra de dinero pagar la factura de agua del mes de agosto (y así fue, pero mira, más me hubiera gastado en pagar un viaje de fin de semana para que viera correr el agua libre en otra parte) En cuanto a educarle en el concepto "dinero" y "las cosas cuestan y se gastan", los dos años no son edad cerebral para intentar inculcar algo tan complejo. Para qué machacarle con ideas para él absurdas. Para que decirle "el agua es cara". Lo único que hubiera conseguido sería que él respondiera a mi enfado con miedo o con ira, perpetuando nuestro tira y afloja. Y tal vez en algún momento aflojaría, todo por verme contenta y ahorrarse el mal rato. Pero su necesidad atávica, genética incluso, de ver el agua correr en libertad quedaría insatisfecha, y mi frustración como madre sería el doble de la que ya era.
Así que me he ido convirtiendo en una madre "blanda", incomprensiblemente blanda para la mentalidad general. Pero es porque cada veo más nuestra situación de animales enjaulados y desnaturalizados, y no quiero sumar a mi hijo más represiones de sus necesidades naturales de las que ya acumula, porque son muchas. Pienso que a medida que crezca, le iré explicando las cosas, y que entenderlas entonces (su cerebro, más maduro, razonará mejor) le permitirá asumir sin tanta violencia interna la realidad y adaptarse a ella de otra manera. Porque claro, se adaptará como todos a lo que tenga, y esto no tiene vuelta de hoja. Pero hay modos y modos de adaptarse, y prefiero que lo haga desde más madurez mental, no cediendo por fastidio o por miedo a mi reprimenda o enfado, o con castigos, sino creciendo, entendiendo. Hoy, por ejemplo, ya empieza a controlar el tema del dinero. La vieja afición a ver el agua correr la sigue teniendo, pero ya no lo hace abriendo el grifo en casa, sino deteniéndose en la calle a ver correr el agua en la cuneta, cuando llueve, o -cuando vivimos en un pueblo- mirando los regueros, etc.
El tema de la maternidad, en este sentido, es y puede ser revelador en cuanto a que observar a un niño nos da muchas pistas acerca de nuestra naturaleza instintiva, y por lo tanto nos revela gran parte de nuestras verdaderas necesidades. Ahora bien, esto no es un asunto, en absoluto, que ataña exclusivamente a las madres. Porque los que leemos esto somos todos hijos de la humanidad civilizada, y por lo tanto hemos vivido una cantidad enorme de carencias en la infancia que han surgido no sólo de la limitación de nuestras respectivas madres y la artificialidad del entorno en el que nos hemos criado, sino también de la ausencia de esa "tribu" a la que el ser humano continúa estando adaptado, y que, con su instinto, sigue buscando cuando le falta. Porque la necesita.
Así que nuestra necesidad para ser humanos plenamente "naturales"se resumiría, según mi perspectiva, en dos cosas: tribu y territorio. Pienso que necesitamos, para desarrollar plenamente nuestro potencial, la vivencia profunda de los lazos tribales humanos, y la vivencia de estar de manera más o menos "libre" y satisfactoria en un paisaje del que podamos sentirnos parte. Porque esa es y ha sido otra necesidad humana natural, la pertenencia a un paisaje al que sentimos nuestra casa o territorio, pero al que también nos sentimos pertenecer. Esta necesidad o expectativa puede ser rastreada en nuestros más inexplicables sentimientos, y también cuando escuchamos el relato de tantos miembros de las últimas tribus primitivas que afirman que su identidad se liga a su paisaje, del cual se sienten no sólo habitantes, sino incluso guardianes.
Es tan distinta esta manera de pensar y de vivir a la que actualmente abunda más en nuestro mundo, que no es de extrañar que, cuando las primeras oleadas de hijos de la civilización han querido volver a la naturaleza, siguiendo su instinto animal y humano, han padecido toda clase de dificultades, físicas y psíquicas. Porque el conflicto es tremendo. Me siento capaz de decir que estamos ante un choque de civilizaciones o de mundos, pero éste acontece sobretodo en nuestro interior. Por eso, y en mi opinión, sólo se podrán resolver las dificultades existentes en la búsqueda de tribu y territorio que esas personas realizan (entre las que me incluyo) enfocando la vertiente mental, psicológica y emocional del asunto. Porque las dificultades prácticas, que son muchas ciertamente, no se pueden enfocar adecuadamente si carecemos de la comprensión de qué es lo que las provoca. Y resulta que lo que las provoca son, básicamente, ideas. Nuestras ideas, o las ideas de nuestra sociedad. Sea como sea, sólo con nuevas ideas podremos sortear las ideas obstaculizantes, propias o ajenas, con lo cual el trabajo que ahora mismo me veo por delante es, básicamente, mental.
Y es que además, como todos estamos privados de bastante libertad, y como no vivimos aún, ninguno, en un medio suficientemente "natural" (la mayoria carecemos de tribu, o de territorio, o incluso de ambas cosas a la vez), sufrimos una cantidad de tensiones, bloqueos y conflictos interiores nada despreciable. Y a los animales enjaulados, recordémoslo, no se les da muy bien salir adelante. Mayormente se deprimen o se atacan entre sí. Por eso deberíamos esperar sobretodo estas dos actitudes en todos nosotros cuando nos sentimos mal, aunque estén enmascaradas tras muchas otras teorías o explicaciones en las que, en nuestro intento desesperado por adaptarnos a nuestro medio, hemos convertido nuestros sentimientos e impulsos reales. Decimos que nos pasa esto o aquello, pero no suele ser cierto. Lo que nos pasa es distinto y bastante más profundo, sólo que no siempre sabemos verlo porque no tenemos con qué contrastar. Jean Liedloff vivió su particular revelación acerca de la crianza de bebés sólo porque pudo estar con tribus amazónicas. De haber vivido siempre en el mundo civilizado, su neocórtex la hubiera ayudado a elaborar otra teoría más sobre el difícil (!) carácter infantil, y quién sabe si hubiera creado nuevas maneras de intentar domesticarlo.
Porque en definitiva, de eso se trata: de que nos han domesticado mucho desde niños para lograr nuestra adaptación a una sociedad híper normativizada, cuando en realidad el ser humano tal vez no sea tan doméstico, ni necesite de tantas normas. Algunas sí, pero los extremos a los que ahora se llega son tremendos. En definitiva, el ser humano tal vez no necesite tanta represión y tanta adaptación a un medio que, de todos modos ¡ni siquiera es sostenible en términos naturales, o ecológicos, y terminará cambiando un dia u otro...!
Tal vez sólo creemos que "necesitamos" tratarnos mutuamente así, y educarnos así, porque es la única manera en la que hemos aprendido a sobrevivir enjaulados y sobredomesticados. Porque, o se ponen muchas normas en la jaula, o nos matamos demasiado rápido, o nos zampamos a la autoridad que usa a ratos el látigo, y a ratos nos da de comer. Pero si viviéramos de otra manera, no diré cien por cien libres, pero sí menos recortados como cuadrados para encajar en cajas, tal vez las cosas serían muy distintas. Nos bastaría correr monte a través para disipar el mal humor, nos bastaría con tantas cosas que no tenemos (aire puro, agua libre, amplitud y tiempo y vínculos de afecto mas sanos y seguros) para sentirnos simplemente bien. Pero como le hemos dado la vuelta a la tortilla, lo sencillo y natural es un lujo que hoy solo está al alcance de muy pocos.
¿Conseguirán reconquistar esa "vida natural humana" las oleadas de nuevos "colonos" que, partiendo desde las ciudades, intentan deshacer el rumbo que siguieron sus padres, sus abuelos o sus ancestros, para regresar al campo? Y me incluyo en esa pregunta, y digo: no lo sé. Empiezo a considerar en serio la idea de que personalmente tal vez no lo logre. De que a lo mejor somos como una manada gigantesca de animales que se empiezan a poner en marcha para cruzar la sabana, pero que van aturdidos, no hay entre ellos líderes naturales que conozcan el terreno, los efectos de la domesticación aún colean en su interior, y se mueven de manera errática, a trompicones, buscando sin cesar un camino, pero sin acertar siempre. Viéndolo así, desde la perspectiva animal, me empieza a parecer muy claro que no vamos a llegar todos, ni de chiste. Pero es que tal vez la mentalidad individualista, el preocuparse pensando en lograrlo "uno mismo", sea una de las cosas que por necesidad se va a perder en el camino. Porque, punto número uno, ningún animal gregario sobrevive a solas demasiado tiempo. Punto número dos, para la manada, lo importante es que llegue la manada o la especie. No un individuo en concreto.
Así que estoy pensando, estos días, que tal vez la obsesión o angustia por lograr "yo misma" la hazaña de experimentar la fusión de tribu y territorio, ha sido el peor obstáculo de mi camino. Me ha impedido vivir los episodios de este inmenso éxodo humano que, como a cuentagotas, y desde muchas partes del mundo civilizado, se está produciendo. Me he preocupado de "llegar" enseguida a algo que tal vez no será posible (ni para mí, y tal vez ni siquiera para mi generación) experimentar en vida.
¿Qué nos ha hecho pensar que podríamos lograrlo en pocos años, cuando se trata de deshacer un condicionamiento secular? Somos animales enjaulados por generaciones y por esa misma razón, nos hemos adaptado en parte a la jaula (no del todo, de ahí que aun pulsa la rebeldía de querer volver a la libertad). Y esta adaptación puede hacer que nos sintamos atrapados en el entorno natural si las circunstancias no son propicias. La pobreza, el no llegar a fin de mes, la carencia de vínculos amistosos fuertes en pueblos donde se te considera un extraño, todo eso incide en nuestro instinto animal generándonos sensaciones de alerta y hostilidad que pueden detonar de nuevo la vieja respuesta dual del cerebro primitivo: ataca o huye, agresividad o depresión. Con lo cual ¡estamos igual que al principio! Nuestra mente, en ese éxodo, es confrontada con paradojas tremendas, y no es sencillo resolverlas.
Pensémoslo. No contamos con ninguna ayuda externa que trabaje en pro de la reiserción del ser humano en su "medio" (ja y ja, qué chiste). Ningún etólogo humano nos va a ayudar a realizar el éxodo. Hay fundaciones para reinsentar animales cautivos a su medio natural, ero no ara reinsertar al ser humano al medio natural, porque no hay conciencia de nuestra oculta angustia como especie, ni de que necesitemos liberarnos así. Se enseña, más bien, que la libertad verdadera es adaptarse a la jaula, trascender las limitaciones físicas, evadirse con la mente de lo que sentimos en nuestros cuerpos, en nuestro sexto sentido animal, cuando dice "huye, aquí no se puede vivir bien".
No hay ningún "medio" esperándonos con los brazos abiertos, ni ningún experto zoólogo cuidando de enseñarnos cómo sobrevivir en el campo o en los pueblos, ni física ni psicológicamente. Somos como tigres criados en cautividad que intentan abrirse paso por la jungla del asfalto, atravesando carreteras, alambradas y cultivos masificados, todo con tal de llegar a ese lugar que nuestro instinto animal siente en su interior que existe, o que tendría que existir, y en el cual sentirá plenamente bien. Pero toda una sociedad tira en contra y empuja en otra dirección. No sólo no te ayuda nadie, sino que encima la propia manera en que está organizado todo el sistema económico te intenta devolver a la jaula. Y para más inri, no hay casi "medio" natural al que regresar. Casi todo está privatizado, medido, ocupado. Si ya es difícil reunirse con personas afines para crear tribu, más lo es "hacerse" con un territorio, encontrar un lugar en el que encajar mínimamente sin ser hostilizado, expulsado o ignorado.
Espero no parecer pesimista si digo que siento que este reto, este desafío, sólo algunos lo conseguirán. Pero... Por otra parte, ¿como especie, podemos negar lo que somos y dejar de intentarlo? Aún asumiendo la tremenda dificultad de realizar algo así, pienso y siento que, para algunos, intentarlo es irrenunciable. Si no has sentido todo esto, casi te diría que mejor para tí, porque vas a vivir más adaptado, y te ahorrarás muchas dificultades. Ahora bien, si ya has sentido en tus entrañas el grito, el impulso, no vas a tener vuelta atrás. Sólo con drogas, placebos o sucedáneos se puede dormir a la fiera que siente el llamado del monte y de la tribu y atontarla, despistarla para que se siga conformando con su cubículo gris y aislado.
Y todas estas reflexiones las comparto porque opino que, ya que tantos quieren intentar esta hazaña, mejor será emprenderla cuanto más preparados mejor. Mentalmente, quiero decir. Y por eso me sale decir: Si vas a intentar huir de la ciudad, antes debes saber unas cuantas cosas. Por ejemplo, que van a intentar devolverte a la jaula. Que tendrás que ser más prudente que nunca. Y que el territorio que ansías está, probablemente, mucho más lejos, en el tiempo y en el espacio, de lo que ahora te sientes en condiciones de aceptar.
Así que esto va a poner a prueba tu astucia pero también tu perseverancia. Piensa...y persiste. Pero si ni así lo logras, que sepas que al menos viviste tu naturalidad, y que no fuiste menos persona ni menos cuerdo por haberlo intentado. Al contrario. Por último, considera que tal vez el logro sea algo del colectivo. Tal vez tus acciones impulsen o ayuden a otros, como los gestos de un antílope más de la manada que por sí solo no alcanza nada, e incluso tal vez perezca en algún ataque de depredadores, pero que contribuye, uniéndose a la sinergia grupal de la humanidad, a que algunos lleguen... ¡algún día! Y así los antílopes que languidecían encerrados en fincas puedan volver a vivir, aunque sea fugazmente, una experiencia de vida en plenitud.
lunes, 24 de marzo de 2014
La rebeldia de querer vivir en un nicho ecológico "mejor".
(Arriba, miembros de la tribu samburu en su entorno "natural". Fotografía de Jimmy Nelson)
Ando estos
días a vueltas con el tema de los lugares. ¿Cuánta importancia
tiene para nuestra mente, emociones y espíritu, el lugar en el que vive alguien?¿Determina el espacio físico
en el que vivimos la calidad de nuestra vida interior?¿Hasta qué
punto influye el lugar en nuestra sensación de felicidad?
El tema
tiene su miga, y si lo estoy observando tan a fondo es porque mi
último intento de mejorar nuestra calidad de vida familiar mediante
un traslado a un entorno supuestamente más adecuado, acabó en
desastre. Un desastre tan desastroso que ha resultado traumático.
Por eso, ahora mismo me siento obligada a entender mejor el asunto
del lugar en el que se vive, porque de otro modo no me veo capaz de
tomar futuras decisiones al respecto. ¿Cómo elegir, de entre varias
opciones, la más adecuada? Pero sobretodo: ¿Tanto importa el lugar
para sentirse medianamente feliz o satisfecho?
En estos últimos años, no pocas personas me han dejado entrever que les parece que soy demasiado perfeccionista, que tal vez estoy buscando un paraíso que no existe, un lugar perfecto y mítico que es producto de mi mente y que, en realidad, lo que uno debe hacer es adaptarse a lo que hay. Resignarse, en suma, y abandonar esos sueños en cuya persecución nos hemos embarcado como familia y que tanto sufrimiento, al final, nos han reportado. Al menos en esta ocasión.
En estos últimos años, no pocas personas me han dejado entrever que les parece que soy demasiado perfeccionista, que tal vez estoy buscando un paraíso que no existe, un lugar perfecto y mítico que es producto de mi mente y que, en realidad, lo que uno debe hacer es adaptarse a lo que hay. Resignarse, en suma, y abandonar esos sueños en cuya persecución nos hemos embarcado como familia y que tanto sufrimiento, al final, nos han reportado. Al menos en esta ocasión.
El debate se
ha resumido finalmente en dos tendencias de opinión. Una, la que
sostiene que el lugar es no sólo importante, sino crucial en la
sensación de bienestar que un ser puede tener, y por lo tanto
constituye una influencia nada desdeñable en lo que llamamos
felicidad o "sensación de estarse realizando".
Dos, la que defiende la idea de que uno debe crecer y desarrollarse sin rechistar demasiado, donde sea. Porque lo sabio es aceptar. O, ya poniéndonos espirituales, que uno debe quedarse en el sitio donde "Dios le sembró".
Que si uno está donde está, es “por algo”, y que pelearse
contra ello y desdeñar la materia (el lugar material, en suma) que uno tiene al alcance de la
mano, es un error fruto de la soberbia, la ceguera o una especie de
infantilismo egoísta y pretencioso, completamente carente de
realismo y abocado al desastre. “Hay que adaptarse”, podria ser
el lema de la segunda opción.
He estado
dándole muchas vueltas a este dilema, porque personalmente he
estado, a ratos y a temporadas, en ambos bandos de opinión, y a los
dos les veo visos de sensatez y realismo a partes iguales. Creo incluso que es un error verlos como cosas excluyentes, y que todo depende de la combinación de factores que incidan en cada situación y momento personal.
Examinemos la primera opción. ¿No está más que comprobado que, para un animal, existe un
nicho ecológico ideal, y que cuando lo alejas del mismo el animal
sufre, independientemente de las razones morales o éticas que
acompañen a tal separación del bicho con su medio? Yendo más
lejos, los etólogos se han dado cuenta, sólo recientemente, que era
absurdo e inútil intentar definir el comportamiento de una especie
animal a partir de la observación de su conducta en cautividad
(zoológicos, por ejemplo), ya que las pautas de conducta animal se
ven muy alteradas cuando separas al animal no sólo de su
entorno, sino también de su libertad. Y ambas cosas van unidas, nótese esto, ya que si un animal hubiera sido libre siempre, ni borracho se hubiera dejado llevar hasta un zoo, no sé si me explico.
Y bien, los animales del zoo son lo que son. Un tigre encerrado sigue siendo un tigre, pero digamos que no es el mejor ejemplo de tigre que podamos observar para ver cómo es ese animal, en esencia y plenitud. Aunque
los cuidadores intenten imitar en esos espacios el entorno salvaje
del que proceden, esa realidad nunca pasa de ser un sucedáneo para
ellos, y mira, no terminan de realizarse. De ahí que les cueste un
horror algo tan simple, en teoría, como reproducirse. Y es que cuando a una especie le falla algo tan básico como la reproducción, apaga y vámonos, algo anda muy mal.
¿Pero tienen los animales un infantilismo pretencioso que les impide
contentarse con el lugar donde "Dios les sembró"? ¿Les falta la sabiduria la "aceptacion" ¿Son acaso sus ideales los que les hacen sufrir? ¿Se deprimen
en cautividad (o fuera de su medio ideal), llegando en casos
extremos a enfermar y morir, todo porque se agarran a una idea fija
de “su lugar ideal para vivir” que han creado en su mente? No, ¿verdad? Nadie
juzgaría mal a un dromedario si se deprimiera o sufriera viviendo en
Manhattan o en el Polo Norte. Lo entenderían y se esforzarían en
reubicarlo. Tampoco nadie se rasga las vestiduras si un perro
que vive encerrado en un piso todo el día, sobretodo si es un perro grande,
demuestra un comportamiento alterado. Se entiende y se hace lo posible
por “sacarlo”, e incluso se dice (porque se sabe) que esos
animales “no están hechos para vivir encerrados”.
Pondría
muchos más ejemplos de animales, pero de nada servirían para entender
lo que nos pasa como seres humanos, si no se asume que también somos
animales. Mientras pretendamos carecer de las memorias atávicas
animales (relativas a genes, adaptación y especie) y de instinto
(ese que hace que el animal busque caminos para huir de cualquier
cárcel, si puede), seguiremos juzgando a los individuos que se
atrevan a afirmar que no se sienten a gusto en el lugar en el que
viven, como personas demasiado inconformistas, o incluso erróneas y
defectuosas.
Porque mucho me temo que nuestros deseos de buscar un lugar “mejor” no siempre parten de ideas preconcebidas acerca de un ideario "mental" que hemos aprendido en alguna parte, sino de una verdadera comezón interior, animal, instintiva y muy poco racional, que nos insta a intentar conseguir vivir en nuestro nicho ecológico idóneo. Lo que sucede es que este nicho es algo tan alejado de los entornos urbanos en los que acostumbramos a vivir, que cuando sentimos ese impulso de abandonarlos somos señalados precisamente como bichos raros. Y tal vez lo seamos, al menos tanto podría serlo un animal nacido en el zoo que decidiera escaparse para volver, no a su Africa natal, sino al Africa de sus ancestros. Porque él nació en el zoo, claro.
Porque mucho me temo que nuestros deseos de buscar un lugar “mejor” no siempre parten de ideas preconcebidas acerca de un ideario "mental" que hemos aprendido en alguna parte, sino de una verdadera comezón interior, animal, instintiva y muy poco racional, que nos insta a intentar conseguir vivir en nuestro nicho ecológico idóneo. Lo que sucede es que este nicho es algo tan alejado de los entornos urbanos en los que acostumbramos a vivir, que cuando sentimos ese impulso de abandonarlos somos señalados precisamente como bichos raros. Y tal vez lo seamos, al menos tanto podría serlo un animal nacido en el zoo que decidiera escaparse para volver, no a su Africa natal, sino al Africa de sus ancestros. Porque él nació en el zoo, claro.
¿Se juzgaría
este instinto como algo desviado o inconveniente, o por el contrario se admiraría, tomándolo como una milagrosa
supervivencia del impulso animal genuino frente a la adaptación a
la cautividad? Ahora bien, tampoco hay que ser un científico
brillante para saber lo que hasta la gente de la calle sabe
cada vez más: que un animal que ha sido gestado y criado en
cautividad tiene pocas posibilidades de llegar por sí solo a su
medio ecológico “natural” o “ideal”; y aunque por azares de
la vida lograra realizar semejante éxodo heroico sin perder la vida en el intento,
también necesitaría mucha ayuda para adaptarse a lo que significa la vida
salvaje, porque al no haber sido educado o criado para sobrevivir en
ese medio, no sabría ni cómo desenvolverse en el mismo, y duraría muy poco en él. Y eso, por
mucho que su instinto le dictara que estar ahí es lo mejor para él.
Así pues,
considero que existe una parte instintiva, animal y profunda en el
ser humano que puede sobrevivir en nuestro interior, y que estaría
impulsándonos a buscar lugares “mejores”, o a tener determinadas
experiencias vitales que esa parte animal siente necesarias e
imprescindibles, pero que tal vez no se ve capaz de realizarlas en el
entorno en el que vive, porque el cuerpo “no se lo pide” o su
energía acaba siempre enfocada y dispersa en otras cuestiones. Tal vez anhele la experiencia de vivir inmerso en la naturaleza, por ejemplo, aunque sea a ratos. O la de caminar libremente y sin impedimentos durante horas, en espacios naturales... O la de amar, reproducirse y criar en espacios "más" naturales, y definitivamente más abiertos y libres que los edificios en los que vivimos...
Pero
tenemos el súper cerebro complejo que tenemos, con ese neocórtex
que nos distingue de los demás animales (al menos, en parte) y en el
cual, sí, se gestan y generan ideales, abstracciones y filosofías
varias. El neocórtex es lo que nos hace inventar religiones,
filosofías o partidos políticos. Es lo que nos hace componer
sinfonías musicales, realizar obras de arte diversas o ser capaces
de debatir durante meses y años teorías matemáticas. O lo que nos hace inventar novelas o comedias para reirnos de nosotros mismos o dramatizar hasta el infinito con nuestras manías, filias y fobias. Ningún animal hace todas estas cosas, somos únicos en ese sentido.
También es
lo que, me parece, nos permite elaborar complejas teorías mentales
para forzarnos (o ayudarnos) a adaptarnos a contextos nada ideales desde el punto
de vista de nuestra animalidad, "trascendiendo" la sensación de
malestar visceral, irritación o depresión, y convirtiendo una
experiencia que hubiera sido penosa en el mundo animal, en una
ocasión para ejercitar la virtud y "crecer como personas". Ahí están los ejemplos extremos
de individuos que han sido encarcelados y han padecido toda clase de
infortunios, pero que en lugar de seguir el camino recto hacia el
autoabandono, la enfermedad y la extinción de la esperanza, han
superado de manera misteriosa todo ese innegable sufrimiento, e
incluso lo han utilizado para hacer, con él, algo interesante,
fructífero y de ayuda a otras personas. Eso, según los científicos,
sería gracias a la sinergia del neocórtex con el resto del cerebro.
El tal
neocórtex o “cerebro superior”, pues, sería lo que
posibilitaría nuestra súper adaptación no tanto física, como
sobretodo mental, a condiciones de vida a veces infames. Puede que
nuestro cuerpo aún se rebele a vivir en determinados lugares o circunstancias
y nuestra parte animal aún tire de nosotros hacia el monte... pero el cerebro superior a lo mejor ya está
elaborando sus teorías para hacer del encierro y limitaciones inherentes a la "vida urbana moderna" una
virtud, o algo provechoso.
Y esto tiene ventajas e inconvenientes. La
parte buena es que, con tanto pensar, sobrevivimos a veces a
condiciones muy adversas que habrían liquidado a cualquier otro animal
en nuestras circunstancias. Somos tremendamente sofisticados en nuestra mente, y eso nos hace ser creativos hasta para buscar arreglo y soluciones a situaciones que ningún otro animal toleraría sin extinguirse por depresión o por agresividad mutua. La parte negativa es que... A ver cómo
lo digo sin que escueza: ¿Es realmente saludable adaptarse a toda clase de condiciones de
vida, inclusive a las peores? Es decir, en términos individuales, es obvio que parece mejor
sobrevivir con entereza a una situación horrorosa que no hacerlo, pero ¿qué pasa cuando es
todo un colectivo, o incluso la misma especie humana, la que, gracias
o debido a su pensamiento “superior” se va adaptando o
acostumbrando a condiciones de vida cada vez más insalubres desde el punto de vista del "nicho ideal", y que incluso (yendo más allá)
son insostenibles desde el punto de vista ecológico?
Es decir, ¿qué pasa
si, como colectivo, hemos asumido como formas normales e incluso ideales de vida unas
que a largo plazo no nos benefician en nada sostener o continuar, no sólo como individuos sino como especie? ¿Cuáles son las
consecuencias naturales y ecológicas (a largo plazo) de esto? Nuestro cerebro es capaz de mucho. Imaginemos que padecemos mucho dolor físico y que, para sobrevivir al mismo, nos desconectamos de esa sensación y ampliamos más y más nuestro umbral del dolor. Esto es una ventaja, pero sólo hasta cierto punto, ya que sin el aviso del dolor podemos llegar a ir más allá de nuestros límites físicos y pagarlo con la vida. ¿No podría estar sucediéndonos lo mismo con el "olvido" o desconexión de nuestro instinto animal, todo para no sufrir como animales enjaulados que somos? ¿Hasta qué punto este olvido es una ventaja evolutiva...? ¿No nos puede conducir (y de hecho, tal vez lo esté haciendo) a sobrepasar ciertos límites, más allá de los cuales sólo queda la extinción de la actual humanidad por delante, porque toleramos grados de contaminación cada vez mayores y nos acostumbramos a formas de vida cada vez mas artificiales?
El olvido de
nuestra animalidad puede resultarnos muy caro en
muchos sentidos. Porque otra de sus consecuencias es la desconexión con el resto del medio
natural, y la construcción, cada vez más elaborada, de modos de
vida que se proyectan como al margen de la naturaleza salvaje,
desentendiéndose de la misma e incluso requiriendo de su
destrucción para ser realizados. Porque cada vez vivimos más en el piso de arriba de
nuestro cerebro, y menos en el de abajo, justo el que nos conectaría
más con la tierra y nos situaría en una órbita de mayor sensatez.
Como colectivo, hemos perdido la prudencia animal y hemos caído en
la fantasiosidad grandilocuente de esa parte del cerebro cuando actúa demasiado en solitario, una parte de nuestra mente que incluso
se ve capaz de hacer filigranas con el sufrimiento y luego exponerlas
como obras de arte.Y así, llevadas las cosas a un extremo, podemos llegar a ver
como ideales situaciones que no lo son en absoluto.
Dejamos de ver la adaptación al sufrimiento y su superación como una consecuencia de-, la convertimos en causa, ¡y llegamos a pensar que sin sufrimiento no habría creatividad artística...! De ahí a todas esas teorías que afirman que sin sufrimiento no hay aprendizaje, y que necesitamos sufrir para sacar lo mejor de nosotros mismos, no hay mas que un paso. Pero sinceramente, a mi me parecen las teorías de una especie que ha asumido el masoquismo como modo de adaptarse a algo insoportable que no sabe como solucionar. A los defensores de la dignidad animal no se les ocurre decir que los animales necesiten sufrir para ser mejores o para evolucionar". ¿Por que se supone tan alegremente que el ser humano es distinto, y que para él es necesaria otra cosa -sufrir- para ser mejores?
Dejamos de ver la adaptación al sufrimiento y su superación como una consecuencia de-, la convertimos en causa, ¡y llegamos a pensar que sin sufrimiento no habría creatividad artística...! De ahí a todas esas teorías que afirman que sin sufrimiento no hay aprendizaje, y que necesitamos sufrir para sacar lo mejor de nosotros mismos, no hay mas que un paso. Pero sinceramente, a mi me parecen las teorías de una especie que ha asumido el masoquismo como modo de adaptarse a algo insoportable que no sabe como solucionar. A los defensores de la dignidad animal no se les ocurre decir que los animales necesiten sufrir para ser mejores o para evolucionar". ¿Por que se supone tan alegremente que el ser humano es distinto, y que para él es necesaria otra cosa -sufrir- para ser mejores?
Por eso
afirmo que en nuestra sociedad, nadie está, hoy, en condiciones de
saber qué significa ser humano, ni cómo es el ser humano en
realidad. Lo que se ha descrito como modo de ser humano, me temo que a menudo no es más
que el patrón de comportamiento de seres humanos adaptados a formas
de vida muy alejadas de su nicho ecológico ideal, a saber: un entorno
medianamente “natural”, en el que los humanos se organizan en
pequeños grupos de clanes o tribus y nomadean y/o se asientan por
el paisaje más o menos libremente, más o menos temporalmente,
dependiendo de sus necesidades de sustento y de lo que el entorno con
su climatología y posibilidades les ofrezca. Porque ese es el nicho
ecológico original del ser humano, y de hecho es el contexto en el
que vivimos, como especie, durante cientos de miles de años. Muchos de nosotros tuvimos abuelos que aún vivían en pequeños pueblos, y por lo tanto en unas condiciones más cercanas a las "originales" que a las nuestras. Al lado
de esa magnitud de centenares de miles de años, un par de generaciones (menos, en algunos casos) empleadas en cambiar modos de vida no son casi
nada, y es comprensible que en una parte de nuestro ser surja la
incomodidad, la depresión o la irritación, todo porque se siente
confinada o atrapada en un entorno que, incluso sin saber bien por
qué, no termina de satisfacerle.
Y si tenemos
en cuenta que la vida “civilizada” de las últimas décadas ha
vivido una revolución tecnológica sin precedentes, y que estamos
sumergiéndonos a marchas forzadas en entornos y estímulos muy
alejados de aquello a lo que estamos adaptados como especie, es
natural, creo yo, que algunos individuos, al menos, sintamos cierta
inquietud que no siempre sabemos como definir o explicar. Adaptarse es relativamente sencillo: basta con usar el
cerebro superior y resignarse a encontrarle la virtud o “parte
positiva” a lo que “nos toca vivir”. Lo difícil es conservar
el instinto humano básico. Y ya no digamos, ser un humano de verdad, un
ser humano pleno, hoy, en el contexto más habitual del mundo "civilizado". Eso es algo casi tan imposible como lo sería,
para cualquier animal criado en cautividad, actuar como le sería
propio en libertad y en su medio natural.
Por lo tanto
¿qué sabemos de lo que significa ser humano real y natural? Poco,
salvo que nos enfoquemos en la observación de las escasas tribus seminómadas y “salvajes” que aún quedan en el planeta.
Curiosamente, algunas de ellas se autodenoniman “seres humanos” y
llaman “mutantes” o “distintos” a los demás. Nos ven como inferiores o infradesarrollados. No
les hace falta leer libros para ver algo que, para ellos, debe de ser evidentísimo: que
toda nuestra tecnología no nos ha humanizado más, ni nos ha hecho mejores como personas. Somos los mismos de hace tiempo, sólo que con juguetitos más caros o con armas más eficaces. En cuanto a nuestras ciudades, a sus ojos no deben ser más
que horribles montoneras de jaulas apiladas unas encima de
otras. Eso sí, con aire acondicionado y relucientes griferías por
las que sale agua a pedir de boca. Pero jaulas al fin y al cabo. No
las sentimos así, nosotros, y en cuanto a nuestra persona, la
sentimos bien humana, pero está claro que todo depende de los ojos
desde los que se mira. Es decir, somos como el tigre enjaulado. Es un tigre en cuanto a su cuerpo, pero sus experiencias vitales e incluso su vida interior, se parecen muy poco a las de los tigres libres.
En fin, que
la inquietud por encontrar un lugar “mejor” para vivir que muchas
personas “civilizadas” están teniendo en estas últimas décadas, y que las mueve a intentar organizarse de otra manera, (más tribal),
volviendo a un medio rural o más natural, para intentar vivir de otra manera, da mucho
de sí. Cabría preguntarse si lo que todas esas personas (entre las
que me incluyo) no están buscando, a fin de cuentas, es experimentar
siquiera por un tiempo corto lo que significa ser humano de veras y en
plenitud.
martes, 11 de marzo de 2014
¿Ayudar (a morir) a la Tierra?
Recuerdo un sueño que tuve hace años, en el cual me encontraba con un grupo de gente, y entre todos intentábamos curar a una tortuga. La tortuga era muy bella, pero había sido pasada de mano en mano, entre gentes ignorantes y poco cuidadosas, y se les había caído al suelo y se le había roto el caparazón. Yo la llevaba entre mis manos y lloraba, porque entendía que su herida era fatal. Sabía que la tortuga ya no podría recuperarse, porque estaba como partida en dos y ya no podía protegerse de nada. La herida llegaba a mucha profundidad, no tenía arreglo. ¡Y todo por que unas personas no fueron cuidadosas...! No la habían roto adrede, había sido sin querer, pero el caso es que estaba rota, rota sin remedio.
En ese instante lloré mucho más aún, porque oí, en el sueño, una voz que decía que esa tortuga era La Tierra, y que las acciones de humanos carentes de cuidado habían roto su caparazón (o estropeado el equilibrio de su capa viva, y más superficial) Con lo cual su vida actual se terminaba, y no tenía remedio. Tardaría más, o tardaría menos, pero era el fin de lo que conocíamos, la muerte de la tortuga. Yo me moría de pena, pero la voz me dijo: "Tú, como muchas otras personas, viniste para eso. Naciste para ayudar a la Tierra a realizar su tránsito adecuadamente. Pues es muy importante cómo se vivan los finales. Sucede como con una persona: es muy distinto morir en paz, que morir entre tormentos interiores". En ese momento me desperté, con una tristeza horrorosa.
Han pasado no menos de 6 años desde ese sueño, he tenido otros con un mensaje similar, y también visiones en estados de meditación, pero sigo negando lo que, incluso para muchos biólogos y científicos, ya es evidente. Que esto se acaba. Que la Tierra como planeta aún tiene cuerda para rato, pero que la biosfera actual está herida de muerte, y la vida tal y como la conocemos se termina, y vive una crisis que podría parecerse a alguna de las anteriores extinciones masivas terrestres (eras de dinosaurios, etc), de las cuales quedaron muy pocas especies supervivientes.
Ayer tuve una visión medio en sueños que volvió a redundar en lo mismo. Una entidad semidivina del mundo natural, el Rey Ciervo, me pedía que les ayudara a "guardar", en forma de concentrados de energía, la memoria de lo que ha supuesto su vida sobre la tierra y nuestra coexistencia como especies. Que condensara, desde mi corazón y entre mis manos, la energía/consciencia de lo que esto ha sido, y lo entregara a las rocas (los huesos de la tierra) para que éstas lo guardaran y custodiaran para un futuro x, un tiempo que no se sabe cuándo será, pero en el cual la memoria de esta vida, y de la consciencia realizada en ella, pueda integrarse con otras y ser de utilidad y ayuda a otros seres.
Entendí, entonces, un mensaje que lleva tiempo repitiéndose. Mientras negamos al moribundo la realidad de su estado, no le estamos ayudando. Al moribundo le ayuda más saber que eres fuerte y vas a estar ahí, a su lado, preparado para hacer lo necesario. Tal vez un enfermo grave se sane, o tal vez no. En todo caso, cuando un ser (cualquier ser) percibe o intuye que su fin se acerca, lo que quiere es preparasrse. Y nada le consuela más que sentir que puede poner sus "asuntos" en orden, dar su herencia, sanar los conflictos, atar cabos sueltos, liquidar temas pendientes y, también, asegurarse de que alguien va a cuidar de su cuerpo y su memoria una vez muerto. Que alguien dirá una oración, o tendrá un pensamiento cariñoso y bello para él. Que su vida no habrá sido en vano y deje un rastro útil, benéfico. Un buen recuerdo. Algo.
El Rey Ciervo de mis sueños me ha enseñado que no sólo las personas, sino también el mundo natural espera esto de nosotros, o al menos de muchos. Y que no hablar nunca de la muerte de la biosfera, del desmoronamiento de tantos sistemas ecológicos vivos, y del sufrimiento real que ésto produce a muchos seres, no es una buena opción para todos aquellos que se precian de amar al mundo natural e, incluso, de ser (o querer ser) chamanes que sanan los espíritus del mundo vivo. No sólo los humanos. Chamanes que cantan para ellos, que sueñan con ellos y trabajan, en una labor íntima y callada, para ayudar a tantas consciencias dolientes como en este planeta, ahora mismo, hay.
Hace un tiempo vi un documental de chamanismo siberiano. En él, salía una señora ya mayor, de una aldea, que se dedicaba, entre otras cosas, a hacer ritos de curación para ayudar al medio natural. Iba a las fuentes y cantaba para ellas, quemaba hierbas para limpiar espacios...La buena señora no recibía ni un duro por aquel trabajo continuado, callado, íntimo, y de hecho era lo que diríamos pobre. Pero entregaba gran parte de su existencia a esa labor. En sus trances, entablaba conversación con los espíritus del mundo natural, les prestaba atención, resonaba con sus problemas y los acogía. No sé si sus ritos cambiaban gran cosa en la materia. Dudo mucho que si, por ejemplo, hubiera algún vertido tóxico en un río de aquella Siberia rural, los cantos de la buena señora pudieran revertirlo. Pero tal vez sí servían para ayudar al espíritu, al interior de las cosas y los seres. Para ordenar en la consciencia lo que sucedía. Para comprender e integrar emociones. Para ayudar, en definitiva, a transitar a todo lo que es y siente, piensa y padece (o disfruta, dependiendo del caso)
Supe entonces que ese era mi camino. Siempre lo había sentido así, pero nunca había visto un referente externo de lo mismo, un ejemplo, un testimonio de otra persona que estuviera en "mi" mismo camino. Pensé en lo diferente que era esta senda de otros caminos chamánicos que se venden y publicitan, únicamente enfocados a la adquisición de poder personal para seres humanos individuales. Y en la cantidad de personas que enfocan al chamanismo como un modo de "ganarse la vida". Como los seres de la naturaleza "no pagan", o no lo hacen con dinero, ¿quién querría andar, en nuestra sociedad capitalista, un camino como ése? Y sin embargo ¡es tan necesario...!
En los primeros años de mi camino chamánico, muchas veces me quejé en mi interior, a mis Guías, diciéndoles que no podía "trabajar" en lo que me pedían porque nadie me pagaba. Necesitaba mantenerme con algo, y sin embargo el trabajo chamánico me llevaba muchísimo tiempo y energías. Descubría, consternada, que vivía en una sociedad completamente de espaldas a la realidad del mundo espiritual natural. No existe una red de apoyo tejida en torno a los chamanes que trabajan ayudando a "lo invisible", como sucede en otras culturas, donde la gente ayuda o apoya a los hombres y mujeres que se entregan a estas labores. Si yo fuera una monja cristiana, muchas personas me ayudarían, e incluso me sustentarían con donativos. Si, en cambio, soy una especie de "monja" servidora de los espíritus, de las voces y los ecos de "lo invisible", mi opción de vida resulta incomprensible, inviable o incluso vista como síntoma deposible locura. Como mucho, podria montarme en el carro de los chamanes que cobran por dar talleres de sanación personal, empoderamiento individual y tal, lo cual sería una opción, pero...¿y si no es mi camino, al menos de momento?
Cada vez que me quejaba de mi trabajo y amenazaba con dejarlo para dedicarme a asuntos que pudieran reportarme dinero, oía la voz de unos seres, u otros, que decían: ¿Y quién nos escuchará y prestará atención? ¿Quién mediará en nuestros conflictos? ¿Y quién contará nuestra historia al mundo?
Ah, su eterna petición siempre ha sido: "Cuenta nuestra historia al mundo". Y eso empecé a hacer. Me convertí en escritora por esa razón, ni más ni menos. Porque acepté ser testigo íntima de muchas resoluciones de conflictos, de historias que nadie más parecía ver ni oir, y éstas querían ser contadas. Sus protagonistas consideraban que era necesario que su experiencia vital no se perdiera, porque podría ser de utilidad a otros...
Con el tiempo, he aprendido a ir sorteando obstáculos económicos, aunque sigue siendo mi gran asignatura pendiente. Siendo realistas, sé que en mi sociedad sólo me queda la opción de dedicarme al chamanismo en lo oculto, casi de tapadillo, mientras me dedico mayormente a otras labores entendibles y que sí pueden reportarme un dinero, ya que tengo que vivir y aquí hay que pagar para todo (con dinero, y no con oraciones o abrazos o comida o labores). Y ya no me lamento por eso. Simplemente, las cosas son como son y mi contexto material es así.
También he ido entendiendo que contar historias de seres que "fueron", narrar sus sueños, sus conflictos y sus esperanzas, es sanador para todos. El poder de narrar es muy fuerte, y está aún por entenderse y reconocerse en todo su justo valor. Yo he vivido sanaciones internas profundas gracias a mi acto de narrar, pero también las han vivido otros, al escucharme o leerme. El poder de la palabra no es pequeño. Tampoco el poder del canto, aunque ése es más difícil de compartir, en principio, para mí.
Si la biosfera se está muriendo, al menos en grandes espacios del planeta, entonces es justo y necesario que muchos chamanes o gente "del espíritu" ayudemos en ese tránsito. Dejemos de negar lo que sucede. No hagamos como esas personas que, al visitar a un moribundo, y recibir su petición de hacer testamento, arreglar sus asuntos o sanar rencillas pasadas, le tapan la boca y le dicen: "No digas eso, no te vas a morir". Porque así no le estamos ayudando. Así dejamos al moribundo a solas con su intuición del final inminente, y con su angustia de no saber cómo ordenar, en su interior, lo que debe ser ordenado. Dejémosle hablar y expresarse. Dejemos que su consciencia se libere. Si después vive una curación casi milagrosa ¡perfecto! Pero si no lo hace, que transite en paz.
Y en todo caso, ¿podría ser posible curarse de manera tan milagrosa y radical sin haber podido procesar e integrar los peores conflictos experimentados en vida? No sabemos qué puede suceder en el interior de los moribundos, ni qué consecuencias puede tener, para ellos, escucharles sin reprimir su expresión ni juzgarla como inadecuada. Lo que sí podemos saber es que es bueno acompañarlos desde el corazón, hacer que no se sientan solos, que son importantes al menos para nosotros, y que alguien se ocupará de cerrar sus ojos con cariño cuando su espíritu ya no esté más aquí.
Tratar con amor al cuerpo que muere tal vez sea la mejor prueba, y la definitiva, de nuestro amor por la vida, y por ese ser que ya no está más aquí. Pero lo que rige para los seres humanos, debería ser válido también para el mundo natural.
jueves, 6 de marzo de 2014
De las necesidades del yo, a la expresión del Ser esencial.
Estos días reflexiono acerca de los conflictos que surgen alrededor de decir lo que uno verdaderamente siente o no. O cómo decirlo. Aunque a
veces, aunque lo digas perfectamente "bien", vas a herir, preocupar o
molestar al otro, pues contraría sus expectativas acerca de lo que
espera o "necesita" vivir contigo.
No estamos enseñados para expresar nuestros sentimientos, pero tampoco para escuchar los de los demás. Somos seres tan necesitados y hambrientos, que nos sentimos, a menudo, amenazados por la expresión de los demás, si acaso va "contra" lo que necesitamos de ellos. Así que solemos vivir en un mundo de ansiedades soterradas donde sólo en ocasiones encontramos personas con las que vivir una conexión carente de estrés. Porque por casualidsad coincidimos en una etapa y necesidad idénticas, y ya está.
Leí no hace mucho un libro sobre Comunicación No Violenta (de Marshall Rosenberg) que me resultó muy interesante. Enseña a expresarse en base a las propias necesidades, y a escuchar al otro expresando las suyas. Está bien en ese sentido, y es revelador, pero estos días me doy cuenta de que nuestros problemas de comunicación, convivencia y relación, no parten sólo de no saber expresar/escuchar las necesidades. ¡Qué va! La raíz es más profunda.
De hecho, muchas veces uno toma por necesidad algo que no es su verdadera necesidad, y dice "necesito esto" cuando en realidad está queriendo decir otra cosa (sin darse cuenta hace una petición desplazada) Y de todos modos, en realidad el meollo del asunto no es el "yo necesito que..." sino el hecho de que a veces nos sintamos tan carentes y necesitados, que seamos capaces de sacrificar a otro u otros para satisfacer nuestra "necesidad". Y miremos hacia otra parte cuando el otro se parte el alma por complacernos, y viceversa.
Hablar de necesidades es un paso interesante, y desde luego mucho mejor (y no violento) que no hacerlo, pero debe ser muy puesto en un contexto sanador y terapéutico, o de otro modo se convierte en otro detonante de violencia: si tú necesitas desierto y yo nieve, y no hay más debate, se deduce que solo la separación o el sacrificio es el camino; yo voy al desierto por tí/yo voy a la nieve por tí....o nos separamos, pero nos sentimos mal porque hubiéramos querido que...Generalmente funcionamos así. Pero ¿y si hubiera otra forma mejor aún de solucionar nuestras ansias, nuestras incomodidades internas...? ¿Y si algo se nos está escapando...?
No somos tan simples como animales que necesitan comer y se van, necesitan dormir y duermen. Tenemos vínculos muy complejos, y algunas necesidades que no son tan básicas (para nada. Por ejemplo, las creativas, y todas las que surgen del cerebro superior o neocórtex)
Cuando sales del "yo" al nosotros, el "yo" vive su muerte porque entonces empieza a contar el querer grupal. Y tal vez en ese querer la necesidad de un "yo" no pueda ser satisfecha. Pero este es un camino igualmente delicado, que puede llevar a la peor violencia (la anulación personal presente en sectas o grupos demasiado exigentes) o a la mejor armonía y trascendencia. Y no estamos enseñados para este camino colectivo, así que cuando quieres andarlo con consciencia empiezas a darte cuenta de que va a ser más lento y complicado de lo que pensabas. De entrada, ni siquiera sabemos siempre quiénes son esos "nosotros", porque partimos de un estado del ser desestructurado y repleto de carencias, que muchas veces ve espejismos, y otras no es capaz de reconocer lo que tiene delante en su verdad.
En fin, que me doy cuenta de que para la realización del ser la pregunta clave no es "qué necesito" y qué pueden aportar los demás a mi "necesidad" (Y viceversa, qué les aporto yo a ellos) sino QUIEN SOY. Y si se encuentra ese "quien" o ese "Ser", entonces uno puedo empezar a plantearse lo que elige hacer con él. Ahora bien, para una vida más...normal, que no aspira a tanta trascendencia, tal vez baste con hacer pactos mutuos que garanticen el respeto y la satisfacvción mutua de necesidades. Eso esquiva la guerra y ayuda a la paz, como los acuerdos mercantiles que se respetan y donde todos están contentos porque perciben los beneficios esperados.
El mejor don y el más sagrado que se puede hacer a otros es el don de uno mismo. Pero esto no se puede producir si:
1- No te conoces, no sabes quién eres, o no estás aceptando y viviendo tu identidad o tu realidad.
2- Los demás no aceptan a tu verdadero ser, porque en sus expectativas (las que surgen desus profundas carencias) serías mejor de otra manera, ya que así completarías o satisfacerías más sus "necesidades".
Por lo tanto, hablar de las necesidades y escucharlas, intentando satisfacerlas en un debate armonizado, sería algo correcto...Pero también podría conducir a sacrificios personales, sufrimiento y perpetuación de más necesidades que se espera que los demás resuelvan. El meollo del asunto, pues, es ir a la esencia del ser. Ir al ¿Quién soy? ¿Qué soy? ¿Donde vibra mejor mi alma y en qué caminos quiere y puede DARSE mejor a la vida, al mundo, a los demás? Entonces todo se reajusta en un orden distinto. El molde impuesto por el ansia se rompe, y el sueño se perfila de otra manera, apuntando en una dirección que abarca al ser total, no SOLO al espectro que surge de nuestras heridas y las necesidades que de ellas se derivan. Es decir, el sueño del Ser que somos, con mayúsculas, abarca también la sanación de nuestra herida, pero bva mucho más allá de la misma y, por lo tanto, no empieza ni termina en la satisfacción de necesidades que ahora podamos percibir, o de las que seamos conscientes.
No estamos enseñados para expresar nuestros sentimientos, pero tampoco para escuchar los de los demás. Somos seres tan necesitados y hambrientos, que nos sentimos, a menudo, amenazados por la expresión de los demás, si acaso va "contra" lo que necesitamos de ellos. Así que solemos vivir en un mundo de ansiedades soterradas donde sólo en ocasiones encontramos personas con las que vivir una conexión carente de estrés. Porque por casualidsad coincidimos en una etapa y necesidad idénticas, y ya está.
Leí no hace mucho un libro sobre Comunicación No Violenta (de Marshall Rosenberg) que me resultó muy interesante. Enseña a expresarse en base a las propias necesidades, y a escuchar al otro expresando las suyas. Está bien en ese sentido, y es revelador, pero estos días me doy cuenta de que nuestros problemas de comunicación, convivencia y relación, no parten sólo de no saber expresar/escuchar las necesidades. ¡Qué va! La raíz es más profunda.
De hecho, muchas veces uno toma por necesidad algo que no es su verdadera necesidad, y dice "necesito esto" cuando en realidad está queriendo decir otra cosa (sin darse cuenta hace una petición desplazada) Y de todos modos, en realidad el meollo del asunto no es el "yo necesito que..." sino el hecho de que a veces nos sintamos tan carentes y necesitados, que seamos capaces de sacrificar a otro u otros para satisfacer nuestra "necesidad". Y miremos hacia otra parte cuando el otro se parte el alma por complacernos, y viceversa.
Hablar de necesidades es un paso interesante, y desde luego mucho mejor (y no violento) que no hacerlo, pero debe ser muy puesto en un contexto sanador y terapéutico, o de otro modo se convierte en otro detonante de violencia: si tú necesitas desierto y yo nieve, y no hay más debate, se deduce que solo la separación o el sacrificio es el camino; yo voy al desierto por tí/yo voy a la nieve por tí....o nos separamos, pero nos sentimos mal porque hubiéramos querido que...Generalmente funcionamos así. Pero ¿y si hubiera otra forma mejor aún de solucionar nuestras ansias, nuestras incomodidades internas...? ¿Y si algo se nos está escapando...?
No somos tan simples como animales que necesitan comer y se van, necesitan dormir y duermen. Tenemos vínculos muy complejos, y algunas necesidades que no son tan básicas (para nada. Por ejemplo, las creativas, y todas las que surgen del cerebro superior o neocórtex)
Cuando sales del "yo" al nosotros, el "yo" vive su muerte porque entonces empieza a contar el querer grupal. Y tal vez en ese querer la necesidad de un "yo" no pueda ser satisfecha. Pero este es un camino igualmente delicado, que puede llevar a la peor violencia (la anulación personal presente en sectas o grupos demasiado exigentes) o a la mejor armonía y trascendencia. Y no estamos enseñados para este camino colectivo, así que cuando quieres andarlo con consciencia empiezas a darte cuenta de que va a ser más lento y complicado de lo que pensabas. De entrada, ni siquiera sabemos siempre quiénes son esos "nosotros", porque partimos de un estado del ser desestructurado y repleto de carencias, que muchas veces ve espejismos, y otras no es capaz de reconocer lo que tiene delante en su verdad.
En fin, que me doy cuenta de que para la realización del ser la pregunta clave no es "qué necesito" y qué pueden aportar los demás a mi "necesidad" (Y viceversa, qué les aporto yo a ellos) sino QUIEN SOY. Y si se encuentra ese "quien" o ese "Ser", entonces uno puedo empezar a plantearse lo que elige hacer con él. Ahora bien, para una vida más...normal, que no aspira a tanta trascendencia, tal vez baste con hacer pactos mutuos que garanticen el respeto y la satisfacvción mutua de necesidades. Eso esquiva la guerra y ayuda a la paz, como los acuerdos mercantiles que se respetan y donde todos están contentos porque perciben los beneficios esperados.
El mejor don y el más sagrado que se puede hacer a otros es el don de uno mismo. Pero esto no se puede producir si:
1- No te conoces, no sabes quién eres, o no estás aceptando y viviendo tu identidad o tu realidad.
2- Los demás no aceptan a tu verdadero ser, porque en sus expectativas (las que surgen desus profundas carencias) serías mejor de otra manera, ya que así completarías o satisfacerías más sus "necesidades".
Por lo tanto, hablar de las necesidades y escucharlas, intentando satisfacerlas en un debate armonizado, sería algo correcto...Pero también podría conducir a sacrificios personales, sufrimiento y perpetuación de más necesidades que se espera que los demás resuelvan. El meollo del asunto, pues, es ir a la esencia del ser. Ir al ¿Quién soy? ¿Qué soy? ¿Donde vibra mejor mi alma y en qué caminos quiere y puede DARSE mejor a la vida, al mundo, a los demás? Entonces todo se reajusta en un orden distinto. El molde impuesto por el ansia se rompe, y el sueño se perfila de otra manera, apuntando en una dirección que abarca al ser total, no SOLO al espectro que surge de nuestras heridas y las necesidades que de ellas se derivan. Es decir, el sueño del Ser que somos, con mayúsculas, abarca también la sanación de nuestra herida, pero bva mucho más allá de la misma y, por lo tanto, no empieza ni termina en la satisfacción de necesidades que ahora podamos percibir, o de las que seamos conscientes.
domingo, 12 de enero de 2014
Morir sin haberlo logrado. (Conocimiento guerrero)
Sollocé mientras contemplaba el resplandor naranja de las llamaradas que ascendían hacia el negro cielo de la noche, sintiendo una pena desgarradora. "Es el final del Norte. Se acaba una era, se acaba mi mundo" Y la nostalgia de un Norte que conocí, en el que fui parte de sus piedras, su nieve, sus aguas, su verde y su silencio, me atenazó el corazón. Ya no habría más de eso. Me había muerto tras una batalla que, además, había perdido la esencia genuina del Norte. Aquel mundo, que había sido el mío, se acababa.
Entregarme a la muerte, pues. No me quedaba otra. Dejar que mi cuerpo inerte fuera llevado por las plácidas aguas, sobre aquella barca, dejando atrás la devastación, la memoria, mi tierra, mi horizonte conocido...todo.
Finalmente llegué al mar. Allí me esperaba la niebla, flotando sobre las aguas. Su espesor húmedo y helado me envolvió. Un silencio absoluto, una quietud, y mi cuerpo ahí, estirado y amortajado sobre cubierta. Más entrega (y qué remedio)
Es duro ser guerrer@ y morir sabiendo que no sólo no lograste proteger o restaurar tu tierra, sino que nadie mas de tu generación lo va a hacer, porque la guerra ya se ha perdido y el nuevo poder, contrario a lo que era la esencia que defendías, se lo ha comido todo.
Hoy, muchos libros de autoayuda hablan del ser guerrer@, y dicen "No importa cuantas veces te hieran, o cometas errores. Lo que importa es levantarse cada vez". Son libros falsos y ficticios, no aptos para la guerra de verdad, porque no expresan la posibilidad de que mueras sin haberlo logrado. Insisten en que siempre se logra, inculcan la creencia de que no existe la posibilidad de no lograrlo al final. De que un día no puedas levantarte otra vez, y todo lo que te quede es entregarte a la muerte. Y de que, yendo más lejos aún, todo tu pueblo pierda la guerra, y además no quede nadie vivo capaz de recoger el legado espiritual, ni de reiniciar la defensa, la protección de lo que era justo y bueno preservar.
Perdimos el Norte. Y ya está. Y una "yo" que fui, murió en esa guerra.
Otros tienen al Norte en su poder, hoy. Otros se disfrazan de Norte y hacen ver que son eso, cuando no es verdad. Solo los muertos lo sabemos, claro. Los que morimos intentando detener aquello, lo sabemos. Hoy, muchos hablan del Norte sin saber que en realidad no lo están viendo, ni conociendo. Solo pueden describir a los que usan el poder del Norte a su manera, sin ser ni hijos del Norte, ni mucho menos sus amantes. Pero ¿acaso puedes conocer aquello a lo que no amas?
Amé tanto al Norte... Un dia fuimos uno. Ahora permanezco sol@, flotando en estas aguas, más muert@ imposible, esperando lo que sea que venga. Menos mal que yo sí pude recibir verdaderas enseñanzas guerreras, porque en éstas se me habló no sólo de la posibilidad de perder la vida sin haber logrado mi propósito, sino de que incluso se perdiera la batalla que luchaba mi tribu entera, y la batalla por mi Tierra.
Perdimos el Norte. Y ya está. Y una "yo" que fui, murió en esa guerra.
Otros tienen al Norte en su poder, hoy. Otros se disfrazan de Norte y hacen ver que son eso, cuando no es verdad. Solo los muertos lo sabemos, claro. Los que morimos intentando detener aquello, lo sabemos. Hoy, muchos hablan del Norte sin saber que en realidad no lo están viendo, ni conociendo. Solo pueden describir a los que usan el poder del Norte a su manera, sin ser ni hijos del Norte, ni mucho menos sus amantes. Pero ¿acaso puedes conocer aquello a lo que no amas?
Amé tanto al Norte... Un dia fuimos uno. Ahora permanezco sol@, flotando en estas aguas, más muert@ imposible, esperando lo que sea que venga. Menos mal que yo sí pude recibir verdaderas enseñanzas guerreras, porque en éstas se me habló no sólo de la posibilidad de perder la vida sin haber logrado mi propósito, sino de que incluso se perdiera la batalla que luchaba mi tribu entera, y la batalla por mi Tierra.
De esta manera, avisada y preparadaa, me ha costado menos afrontar la realidad. He vivido las peores posibilidades que como guerrera se puede vivir, los capítulos más amargos, pero esto entraba dentro de lo posible, eso es todo. Volvería a hacer lo que hice. Volvería a intentarlo, porque así es mi esencia, así es mi vocación. ¿Podría haber llamado vida a una serie de actos contrarios a mi naturaleza? Sólo puedo ser lo que soy, amante del Norte, guerrera, hija y esposa del mismo.
Por fin, del silencio, el agua, la negrura y la niebla, surge la forma del Guardián de la Muerte. Se abre un vórtice, un remolino de aguas que empiezan a succionar mi barca y, por supuesto, a mí con ella. El Guardián me dice: "No temas, entrégate". Hace bien en recordarme que está ahí, porque su presencia me tranquiliza un poco ante la perspectiva del remolino. Es duro asumir que vas a ser tragado por un caos de aguas y oscuridad, cuyo resultado es incierto.
El remolino me traga. La barca se rompe en pedazos, mi cuerpo queda libre en las negras aguas. No veo absolutamente nada. Floto en los abismos y abro mis brazos en un gesto de entrega última, dejándome llevar. (De nuevo me digo: ¿Y qué le vamos a hacer? Cuanto antes me entregue del todo, mejor)
Silencio. Oscuridad. Mi cuerpo es succionado aún más profundamente, aguas adentro. Ya no siento nada. Todo desaparece.
...
Cuando abro los ojos otra vez, veo un águila con el cuerpo oscuro y la cabeza blanca. Estoy en otra parte, en una tierra muy lejana del Oeste, en un gran cañón de tierra rocosa y rojiza. Hay unas vistas impresionantes. El águila se fusiona con mi espíritu y abro los brazos, pero esta vez es para volar. Sobrevuelo el cañón, aunque estoy algo desconcertada, porque no entiendo por qué estoy aquí, ni dónde estoy. Pero me dejo llevar. A fin de cuentas, ¿no estoy ya muerta?
Entonces oigo una voz que dice: "Y ahora vas a recuperar tu espíritu". Me pongo en pie sobre un saliente del cañón y me muevo siguiendo gestos con los que reclamo, de manera silenciosa, a mi espíritu. Siento que voy a recuperar algo de alguna parte, aunque no imagino qué podrá ser.
Y aquí se diluye toda visión. Abro los ojos otra vez y se termina todo eco de otras realidades y de otro mundo. Lo nuevo está sin escribirse, y mientras espero que venga a mí lo que tenga que venir, estoy vacía. Inmensamente vacía.
Por fin, del silencio, el agua, la negrura y la niebla, surge la forma del Guardián de la Muerte. Se abre un vórtice, un remolino de aguas que empiezan a succionar mi barca y, por supuesto, a mí con ella. El Guardián me dice: "No temas, entrégate". Hace bien en recordarme que está ahí, porque su presencia me tranquiliza un poco ante la perspectiva del remolino. Es duro asumir que vas a ser tragado por un caos de aguas y oscuridad, cuyo resultado es incierto.
El remolino me traga. La barca se rompe en pedazos, mi cuerpo queda libre en las negras aguas. No veo absolutamente nada. Floto en los abismos y abro mis brazos en un gesto de entrega última, dejándome llevar. (De nuevo me digo: ¿Y qué le vamos a hacer? Cuanto antes me entregue del todo, mejor)
Silencio. Oscuridad. Mi cuerpo es succionado aún más profundamente, aguas adentro. Ya no siento nada. Todo desaparece.
...
Cuando abro los ojos otra vez, veo un águila con el cuerpo oscuro y la cabeza blanca. Estoy en otra parte, en una tierra muy lejana del Oeste, en un gran cañón de tierra rocosa y rojiza. Hay unas vistas impresionantes. El águila se fusiona con mi espíritu y abro los brazos, pero esta vez es para volar. Sobrevuelo el cañón, aunque estoy algo desconcertada, porque no entiendo por qué estoy aquí, ni dónde estoy. Pero me dejo llevar. A fin de cuentas, ¿no estoy ya muerta?
Entonces oigo una voz que dice: "Y ahora vas a recuperar tu espíritu". Me pongo en pie sobre un saliente del cañón y me muevo siguiendo gestos con los que reclamo, de manera silenciosa, a mi espíritu. Siento que voy a recuperar algo de alguna parte, aunque no imagino qué podrá ser.
Y aquí se diluye toda visión. Abro los ojos otra vez y se termina todo eco de otras realidades y de otro mundo. Lo nuevo está sin escribirse, y mientras espero que venga a mí lo que tenga que venir, estoy vacía. Inmensamente vacía.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




