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martes, 2 de agosto de 2016

ojos de ángel-2. Irradiar.







(Esto es un Mensaje de los ángeles de Lo Uno, tras haber escrito el post anterior sobre los Ojos de Ángel y el Juicio)

La siguiente función de unos ojos entregados a Dios es "prestárselos" para enviar al mundo a través de los ojos la energía de respuesta desde la divinidad.

Pero primero hay que haberlos entregado para que sean retransmisores hacia La Divinidad de la realidad, tal cual está a nuestro alrededor y en nuestro ser. Es decir: hay como dos pulsos de energía, dos funciones, dos impulsos en quien entrega sus ojos para que Dios los utilice en el mundo. Uno es pasivo, receptor de la energía y realidad del mundo, para enviársela al Mundo Superior (como una cámara que registra y envía de manera objetiva lo que capta) Otro es receptor de la energía divina, para irradiarla hacia el mundo. Es decir, este segundo pulso es pasivo ante Dios, pero activo hacia el mundo.

Uno no puede llenar sus ojos de Dios sin haberlos antes entregado y vaciado "del mundo". El orden es: humano, primero entrega tu carga al mundo "superior" y descansa; vacíate. Luego te podrás llenar de otra energía que no es pesada. La energía divina...

La función "cámara retransmisora" no os "llena", pero os puede sobrecargar si, en ese proceso, intentais aferrar la información que veis o percibis, manipularla o utilizarla para vuestros fines. Los ojos se saturan, así, de información/energía mortal, y pueden sufrir por ello. Pueden llegar a doler, a enfermar...


Si, en cambio, mirais sin aferraros, desprendiéndoos "hacia Dios", entonces se puede producir la otra función, que es como la otra cara de la moneda o la otra fase de una Respiración Divina que se da entre el mundo que conoceis y el mundo divino. Ahí sois llenados de una energía/conciencia "suerior", sagrada... que os impulsa a mirar al mundo irradiando "eso". Vuestros ojos no son pasivos hacia el mundo, ahora, sino activos. Pero no son activos desde vuestro "yo", sino desde Dios.

El mal de ojo primordial es una mirada activa hacia el mundo desde un "yo" lleno de rencores, o caprichos, o exigencias, o malhumores, o deseos superficiales... Mirais deseando, queriendo retener, usar, cambiar, modificar, destruir, construir... Esa mirada "actúa" porque irradia, pero esa energía puede resultar molesta, menoscabante, enfermiza, contaminante si no está alineada con lo que "debe ser". La bendición con los ojos SOLO se puede producir cuando alguien se los "presta" a Dios, porque entonces los ojos irradian lo que se necesita verdaderamente en un lugar o circunstancia.


En el camino de los ayudadores, hay una fase en la que se os puede llegar a pedir que prestéis vuestros ojos. Y si prestáis vuestros ojos, de repente os encontraréis viendo de otra manera. Y sintiendo de otra manera. Comprendiendo de otra manera. Porque ver, sentir y comprender están asociados.

Esto no significa ver de una "forma" u otra (colores, imágenes, formas). Tiene que ver con una visión espiritual, con una percepción y entendimiento del mundo que se desata SÓLO - e insistimos, sólo- cuando alguien presta sus ojos a Dios.

Esta manera de ver es temporal, porque ningún ser humano en el estado habitual puede sostener por demasiado tiempo semejante modo de percepción. Pero la temporalidad no es mala. Sólo es lo que debe ser mientras sois lo que sois, de carne y hueso, humanos en vuestro estado actual.

Es imposible codiciar el ver entregado, porque es muy exigente. Exige porque provoca o suscita un cambio interior muy grande, muy profundo...Así que cuando uno experimenta este "uso" de sus ojos, no se le ocurre codiciarlo. No se le pasa por la cabeza que vaya a ganar nada terrenal nada con ello.

La única cosa que puede hacer que alguien reitere su entrega, y repita la experiencia de dar o entregar sus ojos a Dios, es la pasión/amor que hace que esa persona desee fusionarse más y más con la divinidad, sin importarle ya las consecuencias, o las no-consecuencias. 


Cuando el amor, el anhelo de fusión sobrepasa los CÁLCULOS de la mente humana, el miedo, el deseo de control, el ansia de poder, el deseo de "efectividad", la medición pragmática del uso y los efectos de ese modo de ver... Solo entonces esa persona repite...y repite...y entrega y entrega y entrega...Y se vuelve como un parpadeo divino en el mundo.

Como no le es posible sostener el Estado de Ser que se produce al entregar sus ojos (porque, ya lo hemos dicho, esto es necesariamente temporal mientras sois lo que sois, de carne "normal") entonces se produce como un pulso, una respiración, un...parpadeo, sí: ahora sí, ahora no; ahora recibo/irradio; ahora descanso; ahora estoy aquí, ahora estoy allí...

Puede parecer una locura, un modo difícil de vida, pero ha habido y hay quien se acostumbra. Hay quien se vuelve eso, un parpadeo divino encarnado. Pero no vais a "conocer" realmente a nadie así.

No, porque quien haga esto, quien llegue a vivirlo, automática e inevitablemente sabrá que no es posible hablar de ello, ni mostrarlo, ni demostrarlo. Sencillamente, los demás no lo sabréis.

Pasar desapercibido, esconderse, es el último paso de aquellos que se vuelven Ojos de Dios en el mundo. Por eso se convierten en anónimos. Por eso las más grandes experiencias místicas no están escritas, ni siquiera narradas. La humanidad sólo puede acceder a ellas cuando alcanza el mismo estado de ser que permitió a esas personas "escondidas" vivir lo que vivieron. 

Entonces, y como hablamos de un estado de Unidad, se comparten como por ósmosis o resonancia las experiencias místicas...y uno puede vivir lo que otros vivieron...y así sucesivamente...hasta que la humanidad alcanza su plenitud total en algunas personas que viven una fusión TOTAL con El Todo, pero que, a su vez, ya NO son exactamente "personas". Son otra clase de ser.

Y esto es lo que venimos a decir, por si hay entre los lectores algunos que, sintiendo en algún momento que son llamados a entregar sus ojos, lo hagan sin miedo... pero sabiendo un poco más lo que hay, lo que sucede con esto.

Somos los ángeles. Somos átomos de la respiración de Dios. Dadnos vuestros ojos, prestádnoslos por un rato, para que se produzca el enlace entre vuestra parte del mundo y la nuestra hacia Dios. Permitid que el mundo sea "respirado" por Dios a través de los ojos humanos y todo cambiará.

sábado, 2 de noviembre de 2013

La sopa intoxicada y El Juicio del Alma sobre la infancia.

(Pintura de Vadin Chazov)

Se necesita la poesía para poder afrontar lo que quiero decir, para poder asumirlo y procesarlo. La poesía de Walt Whitman, que da en la diana (los subrayados son míos):

"Erase un niño que se lanzaba a la aventura todos los días,
y en el primer objeto que miraba y aceptaba 
con asombro, piedad, amor o temor, en ese objeto se convertía,
y ese objeto se hacía parte de él durante el día o una parte
del día...O durante muchos años o largos ciclos de años.
 
Las primeras lilas se hacían parte de este niño, Y la hierba y el dondiego de día, blanco y rojo y el trébol, blanco y rojo, y el canto del febe,(...)
Y los brotes de abril y de mayo se hacían parte suya... los retoños del grano en invierno, los del maíz amarillento y las raíces comestibles del huerto,(...)

Sus mismos padres, el que había impulsado la sustancia paterna durante la noche y lo había engendrado, y la que lo concibió en su útero y le dio a luz... ellos dieron a este niño más que eso, 
le dieron después cada uno de sus días... se hicieron parte suya.

La madre en casa poniendo plácidamente los platos en la mesa para la cena, 
la madre de palabras dulces... el gorro y el camisón limpios... 
su persona y ropas exhalando un olor sano cuando pasa;

El padre fuerte, seguro, viril, mezquino, colérico, injusto, 
el bofetón, la palabra rápida y violenta, el pacto estricto, la persuasión astuta, 
el trato familiar, el lenguaje, la compañía, los muebles... 
el corazón anhelante y henchido, el afecto que no será denegado... 
La sensación de lo que es real... la idea de si, en definitiva, todo será irreal, 
las dudas diurnas y las dudas nocturnas... 
el sí y el cómo extraños,

Si lo que parece ser así es así... o si no son más que destellos y manchas. (...)
El filo del horizonte, el cuervo marino en vuelo, la fragancia de la marisma y el cieno de la playa,
Todas estas cosas se hicieron parte de aquel niño que se lanzaba a la aventura todos los días y que se lanza ahora y se lanzará a la aventura cada día,

Y todas esas cosas se hacen parte de aquel o de aquella que ahora las lee atentamente."

(Walt Whitman, "Hojas de Hierba", 1855)

Lo que me gustaría decir es que somos porosos. Desde que somos concebidos hasta que morimos, somos seres permeables al entorno, y también reactivos al mismo. El entorno no sólo nos moldea debido a nuestras reacciones hacia el mismo (reacciones conscientes y deliberadas, o por el contrario inconscientes y automáticas), sino también debido a que se nos mete como por debajo de la piel. Porque lo olemos, lo respiramos, lo comemos, lo absorbermos.

De hecho, lo que sucede con la biología del cuerpo está relacionado y tiene un paralelismo con lo que sucede en nuestra energía y en nuestro psiquismo. Si la contaminación física del entorno puede afectarnos físicamente, esto también lo hace otra clase de toxinas a las que podríamos llamar psíquicas. Y viceversa: un aire saludable puede sanarnos, o al menos conservar nuestra salud en buen estado. Las partículas del aire que respiramos, del agua que bebemos o de la tierra en la que cultivamos nuestros alimentos, terminan formando parte de nosotros físicamente. Pero en el mundo de la energía sutil, en el mundo espiritual y en el mundo psíquico, se cumple la misma ley: no somos impermeables al entorno.

Y esto es aún más cierto para el niño. Un adulto puede discernir y elegir qué alimentos tomar, descartando sustancias nocivas, puede elegir escapar de un entorno altamente contaminado, o al menos paliar o contrarrestar los efectos nocivos de determinadas sustancias, pero el niño no. Del mismo modo, en términos psíquicos y/o espirituales, un niño está igualmente expuesto a la "contaminación", y es, de hecho, más permeable a la misma que cualquier adulto poseedor de un mínimo sentido crítico o cierto discernimiento. Los niños, sí, rechazan instintivamente algunas energías/contenidos del entorno porque les producen repulsa, incomodidad o desasosiego, pero este incipiente "instinto de discernimiento" es muy embrionario y por esa razón pueden ser engañados por las apariencias, o confundidos por un ambiente saturante.

Si ni siquiera el instinto animal es infalible, y nos encontramos con animales "engañados" por cebos y trampas, o por los mismos plásticos que inundan la naturaleza y que ellos devoran, creyendo que son comida, ¿cómo vamos a creer -con fe ciega- que el instinto de nuestros hijos va a salvarles de "ingerir" contenidos dañinos, ya sean materiales o energéticos? Así, un niño puede aficionarse a la comida basura porque ésta "engaña" a su inteligencia instintiva innata; pero también puede ingerir una nube de energía emocional agresiva y violenta del entorno, si ésta adopta una forma seductora o engañosa.


(pintura de Vadin Chazov)

Pero el poema de Walt Whitman señala algo más profundo y doloroso: la coexistencia, en un mismo punto del espacio y el tiempo, de dos energías de mensaje antagonista que inciden sobre el niño. El poema habla de una madre "sana" y bondadosa, y de un padre injusto, iracundo y golpeador, pero podría ser a la inversa, o también podría tratarse de otras figuras de autoridad, cuidadoras y referentes del niño. Sea como sea, el asunto es que, en un mismo punto espacio/ temporal, un niño se ve expuesto a una energía benéfica y a una dañina; a una energía amorosa y a otra dominada por el miedo y la agresividad.

¿Qué sucede, entonces? Comparemos este binomio "educativo" con un plato de sopa que el niño se come, y que incluye, entre sus ingredientes, cosas nutritivas junto con otras tóxicas. No le es posible, a nadie y menos a un niño, abrirse y cerrarse al mismo tiempo. Si comes, comes todo lo que hay en la sopa. Si no la comes, no comes nada en absoluto de la misma. 

El asunto es que si descartas la sopa por tener componentes que tu ser rechaza, no ingieres tampoco los que tu ser necesita y anhela. Cuando en tu crianza inciden, desde una misma fuente (por ejemplo, los padres o la escuela) lo amoroso y compasivo junto con lo frío, brutal e injusto, no puedes cerrarte a lo uno sin dejar fuera también lo otro. Y, como generalmente la necesidad de "comer" (y de ser cuidado, atendido y amado) es más imperiosa que la repulsión a ciertos elementos, los niños suelen aceptar todo el pack. Lo cierto es que rara vez tienen alternativa, por no decir nunca. Sólo en casos de extremo maltrato un niño elige rechazar todo ese conjunto, lo cual implica elegir la muerte. Se deja morir de manera indirecta, como por "inanición", o se quita la vida directamente.

Dependiendo del grado de toxicidad de la sopa envenenada que muchas infancias ingieren, los resultados se perciben a corto o largo plazo, y su intensidad varía. Pero, sea como sea, no se puede negar la intoxicación, el daño. Muchos adultos esgrimen como argumento defensor de la crianza "convencional" el tópico "A mí también me pegaban y no me ha pasado nada, no estoy traumatizado". 

Bien, tal vez su organismo fue más fuerte que el de otros, o tal vez el grado de intoxicación fue menor, o incluso puede que algunas otras vivencias hayan ayudado a esa persona a "desintoxicarse", o al menos a contrarrestar los efectos de los elementos perniciosos incluídos en su pack "educativo". Ahora bien, de ahí no se puede concluir que éstos sean inocuos. La ira desatada contra un niño siempre es dañina, al margen de lo evidentes que resulten sus efectos. 

¿Y porqué la ira y la agresividad son dañinas, y no sirven (tal y como algunas personas sostienen) como otra forma de amor, un amor "severo", pero "necesario", según el cual golpear a los hijos o gritarles cada dos por tres es bueno, pues "los educa"? Pues porque el amor se relaciona con todo un funcionamiento hormonal, psíquico y espiritual, y la agresividad iracunda con otro. Cuando sientes amor, y cuando te sientes amado, tu energía se expande, tu cuerpo se relaja y se vuelve receptivo al otro. Sientes deseos de dar, pero también te vuelves, de manera instintiva y automática, capaz de recibir. Esto se relaciona con una apertura en todos los niveles, desde el físico al espiritual. 

En cambio, ante actitudes carentes de empatía y llenas de agresividad e ira (gritos, burlas sarcásticas, amenazas más o menos veladas) uno se pone, irremediablemente, a la defensiva. La energía corporal, emocional y espiritual se retrae y contrae. El ser se cierra porque, con toda razón, quiere protegerse de eso, pues lo percibe dañino, demasiado duro y cortante, agresivo, doloroso.

Entonces, y volviendo a la poesía de Walt Whitman, un niño que es criado con dosis mezcladas de amor y agresividad, se ve enfrentado a un problema de funcionamiento interno: su instinto le exige cerrarse y al mismo tiempo abrirse; aceptar y al mismo tiempo rechazar la energía (y el trato, y la persona) que tiene delante. En otras palabras: estamos ante una sopa envenenada, pero ¿qué se puede hacer cuando ésta es toda la comida que se tiene? 

Lo dicho: generalmente, los niños tarde o temprano se abren y "comen" o absorben lo que hay. Lo hacen a desgana, y de hecho aprenden a permanecer con la energía "abierta" o receptiva pasando por alto las señales evidentes de alarma o rechazo que su cuerpo les envía. Con el tiempo, la mayoría se acostumbran a este modo de funcionar, a este "estar abierto aunque no se quiera", lo cual se vuelve tan habitual para ellos que se convierte en algo inconsciente.

Estos niños crecen y, siendo adultos, o bien han aprendido a cerrarse a todo (entrando en insensibilidad), o bien siguen abriéndose a todo, de manera excesiva. Literalmente ni seleccionan, ni disciernen. Se convierten en esponjas excesivas, en personas más permeables que la media. 

Un ser humano es poroso de manera "natural", pero esta permeabilidad tiene límites. Tenemos piel, existe una barrera que filtra el tránsito de contenidos entre nuestro ser y el entorno, por el bien de nuestra salud. Pero cuando un ser ha vivido en la infancia un maltrato mezclado con "buen trato", y sobretodo si esta mezcla ha sido especialmente intensa, se convierte en alguien incapaz de poner límites o de filtrar, a través de su piel invisible ("La piel del alma") los contenidos psíquicos externos, las energías, e incluso los pensamientos e ideas ajenos.

Las heridas abiertas de la infancia se convierten en brechas a través de las cuales toda clase de contenidos externos pueden entrar y salir, sin orden ni discernimiento, de un ser humano. Y lo peor es que, a través de estas fracturas del ser, también se cuelan lo que podríamos llamar "infecciones oportunistas", energías sutiles dañinas equivalentes a virus o bacterias. 

(pintura de Vadim Chazov)

Estos seres humanos "rotos", con la piel abierta, viven un gran sufrimiento interno del cual intentan evadirse, precisamente, dejando de "sentir", porque lo que sienten les supone demasiado dolor. Así que viven entre dos extremos: sentir demasiado y sentir demasiado poco; acorcharse, acorazarse tras una placa de insensibilidad, y sentir demasiado intensamente las cosas...

Para restaurar este desequilibrio, esta herida, hay que vivir una purificación interna en la cual se pueda expresar lo que verdaderamente se sintió (y se siente) con algunas heridas. Ha de ser posible llamar a las cosas por su nombre, porque si no puedes decir, reconocer, o incluso gritar "¡Me han cortado, estoy sangrando!" no podrás reconocer tampoco que "eso" es un daño que hay que sanar, ni desde luego curarlo. 

Y es que para recibir una medicina, el primer paso es saberse enfermo, y el segundo diagnosticar el daño o enfermedad. Pero si te encuentras atrapado en un sentimiento contradictorio, a caballo entre la fidelidad, apego o incluso devoción hacia un padre o madre que era a veces afectuoso y genial, y la ira y el terror que te suscitaron sus agresiones esporádicas (o habituales), será mucho más difícil que reconozcas el origen de tu dolor. Hacerlo equivaldría, para tu subconsciente, a denunciar a tus padres ante la policía (los médicos del alma, en este caso), algo que te sientes incapaz de hacer porque, como por otro lado ellos eran tan buenos...No quieres perder lo bueno, y entonces no denuncias lo malo ni ante tí mismo.

Así que, en tu tribunal interior, único lugar donde se dirime todo proceso de Justicia autobiográfica, y único lugar donde se vive el Gran Juicio del Alma, tu voz no acertará a señalar al causante de tus heridas, porque es la misma persona que te ayudó en otras ocasiones, te alimentó y te dio cobijo. El Juicio, entonces, no se puede realizar. Se paraliza. Y, en esa parálisis "judicial", pueden transcurrir muchos años...en los cuales no se resuelve nada y, por lo tanto, no se puede producir la gran curación. La curación del alma.

martes, 19 de marzo de 2013

Las Personas Puente y su misión, hoy.



(Saber escuchar a los "otro mundos", propio de personas puente. Pintura de Víctor Crisóstomo Gómez)

El puente. Los científicos le llaman cuerpo calloso, y aún están empezando a entender cómo funciona esta conjunto de fibras neuronales que une ambos hemisferios. La cosa es que, sin el cuerpo calloso, o con él lesionado, la información entre hemisferios no se comparte o se comparte peor, lo cual produce situaciones extrañas y hasta disparatadas (como por ejemplo, dos manos intentando hacer cosas opuestas)

Pero eso no es todo: aunque "en general" el cuerpo calloso es imprescindible para la intercomunicación de nuestros dos hemisferios, y por consiguiente para nuestra eficacia como seres humanos, se da la circunstancia de que, a veces, algunas personas que nacen sin él (agenesia del cuerpo calloso, lo llaman) también inter comunican o sincronizan sus hemisferios. ¿Pero entonces cómo lo hacen, si no hay "puente" físico que los una? 

Esa es una gran pregunta, porque, obviamente, algún puente tiene que haber, solo que en este caso no se ve. Algunos científicos intentan responder a este enigma apelando a un posible "electromagnetismo" comunicador entre ambos hemisferios, pero inevitablemente esto también conduce a algunos a pensar en que esta armonización sea cosa de la "consciencia". Sí, la consciencia, esa realidad inasible que nadie sabe exactamente de qué está hecha, o cómo y dónde se ubica. 

En fin, la cuestión es sumamente fascinante (aquí un artículo sobre esto) y me sirve para continuar con mis reflexiones. Aunque nuestro cuerpo produzca parte de nuestra consciencia, tal vez la consciencia también moldee o dirija nuestra carne, y no sea una mera espectadora de todo esto.

Sea como sea, de lo que se trata es de que en nuestro cerebro no existe exactamente la dualidad, sino sólo una fuerte tendencia hacia la misma cuando nos olvidamos de la existencia del puente o unión entre ambos hemisferios. En algunas sociedades (como la nuestra), y en algunos tiempos, se ha fomentado mucho el desarrollo o uso del hemisferio izquierdo. En otras, se fomenta mucho el del derecho. Por eso, los conflictos que hay en nuestro mundo entre sociedades tecnológicas (ese concepto de progreso que hemos interiorizado tanto) y sociedades "primitivas", pueden ser vistos también como un conflicto entre diferentes hemisferios. Todo por el olvido del puente, o por la dificultad de encarnarlo, de vivir sus virtudes, o incluso de ensalzarlo como un valor a fomentar y una herramienta valiosísima.
 
 Pero centrándonos en nuestra sociedad actual, algunas personas se identifican mucho con un hemisferio, y desarrollan aptitudes o actividades que le son propias. Tenemos, así, a una gran variedad de vocaciones racionales y pragmáticas, y también otras de índole más artística, mística, intuitiva, etc.
Por supuesto, nadie vive sólo centrado en un hemisferio, porque entonces no estaría ni siquiera vivo, y por muy racional (o místico) que sea uno, siempre necesitará siquiera unos gramos del otro hemisferio para vivir, porque en el caso contrario sobreviene la asfixia. Una sociedad saludable, de hecho, tendría un número equilibrado de miembros afines a un lado y otro. Esta sociedad sería algo así como el símbolo del yin y el yang: en ella existiría un movimiento fluído constante entre una tendencia y otra, pero, sobretodo, cada tendencia incluiría en su seno un poquito de lo contrario (ese puntito negro en el interior del color blanco, y viceversa)

Ahora bien, si lo interpretamos así, incluso este símbolo se quedaría corto para representar una sociedad donde no existiera una dualidad tan interiorizada en la mente de sus individuos. ¿Por qué? Pues porque, por muy equilibrado que sea el yin/yang, falta en él un espacio para el tercer grupo de personas que nacen de manera espontánea, y que son aquellos cuya mayor afinidad es el famoso puente. Ni blanco, ni negro, sino otra cosa que no puede ser representada como un extremo de luz/sombra; vacío/lleno; pasivo/activo. 

Una persona puente no podría corresponder a ninguno de los dos extremos (por mucho que incluyan al contrario), sino al círculo completo. Pero necesitaríamos, además, que el símbolo integrara todos los colores.
                                  
                                               (Arriba, mandala de Paul Heussenstamm)

Las personas que nacen con vocación de puente ¿cómo son? Pues como un círculo de arco iris que, además, incluye los tonos del blanco al negro, porque su corazón conecta con todo y lo incluye todo

Por lo tanto, estas personas son, generalmente, unas incomprendidas, porque vivimos en un mundo altamente dualizado. Se espera que uno sea "o esto, o aquello". Que defienda unos valores u otros, que sea activo o pasivo, que sea pro- o contra "algo". Las expectativas habituales de las personas no incluyen que alguien no se posicione "claramente" en las eternas luchas que surgen en las sociedades dualistas. Por eso, las personas puente se suelen convertir, tarde o temprano, en sospechosas. Los demás no se terminan de fiar de ellas porque no saben qué pensar: ¿De parte de "quién" estarán?

Y lo cierto es que estas gentes desconfiadas tienen razón, porque una auténtica persona puente nunca se sabe qué postura adoptará, y además, generalmente, dirá una de cal y una de arena. Y no porque quieran marear la perdiz, escaquearse vilmente de una batalla que los demás consideran "necesaria", o rehuir un compromiso activo con las grandes causas que promueven las sociedades dualizadas, sino porque, realmente, las personas puente (al menos las auténticas) están en el medio, escuchando y observando a las dos partes enfrentadas, y captando en cada una de ellas su gloria y su decadencia, sus vicios y virtudes, sus aciertos y sus errores. Al final, puede que se posicionen (y a menudo, lo hacen), pero no suelen hacerlo de manera predecible. 

¿A qué otra cosa se parecen las personas puente? Se parecen a Anubis, situado en el eje de la balanza del Juicio de los Muertos, con una mirada que, de entrada, nadie sabe si es amistosa u hostil, porque representa, en esos instantes, a la consciencia observante más objetiva que uno pueda imaginar. Anubis, un testigo imparcial de los actos de nuestra vida, permanece ahí, impertérrito, mezclando idénticas dosis de medición implacable y compasión. Se limita, él, a poner el corazón en la balanza junto con la pluma "de la verdad" y mirar para ver lo que sucede. 

La pluma, como su nombre indica, es verdad, es pureza. El corazón no simboliza emociones y sentimientos (esa es nuestra interpretación actual, pero para los egipcios el corazón simbolizaba "lo que impulsa la vitalidad", un compendio de actos con su intencionalidad incluída)

Así que si el corazón y la pluma estaban equilibrados, significaba que uno había vivido su vida con honestidad, que había sido verdadero, íntegro. Y eso era lo que significaba "pasar bien" el juicio. 

La Balanza también es un símbolo perfecto para el cerebro con sus dos hemisferios y el puente calloso. No es casual que sea el símbolo del Juicio del Alma, porque ¿no decimos de alguien equilibrado que es muy "juicioso" o que tiene "muy buen juicio"? Existe una relación directa entre el equilibrio de los dos hemisferios, nuestra capacidad para estar en el medio, sopesando, y el hecho de ser personas más o menos juiciosas. Yendo más allá, eso es, ni más ni menos, ser alguien justo. La verdadera justicia es la que surge del estado de ser donde actúa el cerebro trino.

                                            (Abajo, "Maat" según Lisa Iris)
                               
El elemento que permite que una balanza funcione, es precisamente el eje y nexo que une ambos platillos. Las personas con vocación de puente son, por lo tanto, imprescindibles en una sociedad saludable. Hay que dejarlas ser. Hay que dejarlas desarrollar su vocación. Hay que fomentar, incluso, el desarrollo de esa enigmática imparcialidad, de esa dificultad para posicionarse en un debate enfrentado, junto a uno de los dos bandos. Porque necesitaremos siempre de esos testigos, de esos nexos entre opuestos. 

Pero, ¡cuidado!, no estoy diciendo que una persona puente sea mejor o peor que una que esté en el lado izquierdo o derecho. Sólo digo que es necesaria para que ambos bandos puedan moverse, interactuar y hacer algo más que intentar eliminarse mutuamente. Porque el puente de la balanza une y separa al mismo tiempo, oxigenando las comunidades, permitiendo que haya espacios diferentes. La energía de las personas puente es lo que permite que una sociedad respire, y no enloquezca hasta el punto de intentar aniquilarse entre sí. Una sociedad donde el ser puente es una opción perseguida o sofocada, es una sociedad condenada a la Guerra Civil, ya sea explícita o encubiertamente.

Anubis es un símbolo de esas personas puente, pero hay muchos otros. De hecho, los chamanes genuinos, en la versión más pura de esta tradición universal, son personas puente por excelencia. El hecho de que dominen la entrada en los estados de consciencia propios del hemisferio derecho, y de que tengan visiones, sueños especiales, experiencias de trance, etc, no significa que un chamán sea alguien más afín al hemisferio derecho. No: un chamán ideal es puente, lo que pasa es que, para serlo, debe conocer y dominar mínimamente los estados de cada uno de los dos hemisferios. 

Por esa razón, los chamanes genuinos han sido siempre tan hábiles en el uso de la razón como en la vivencia de lo místico. Si uno lee, en los libros de antropología, las descripciones de chamanes que fueron reconocidos en sus tribus, a menudo verá que podían ser las personas más pragmáticas del mundo,  trabajando y viviendo en la tierra como todos los demás, para acto seguido (cuando las circunstancias lo exigían) adentrarse en el "Otro Mundo" y volverse los más irracionales, los más incomprensibles y enigmáticos. 

Esa integración de los aparentes contrarios era lo que rompía esquemas precisamente a las personas más dualizadas, pero también era la señal de que el chamán transitaba "el camino del medio". Ocasionalmente nos parecerá que la balanza prefiere la izquierda, o la derecha, porque pesa más uno de los dos platillos. Pero en realidad la balanza es los dos platillos, más el eje y nexo que los une. Lo mismo sucede con un chamán.

Por esta razón, el camino chamánico auténtico implica dominar lo verbal y lo intelectual tanto como lo instintivo; la razón y la intuición; lo cotidiano más burdo (amasar el pan, arar la tierra, cazar, etc) con lo más sublime (cantos sagrados, sueños, éxtasis). Y -lo más interesante de todo- el camino chamánico implica tender puentes no sólo entre los seres humanos y "otros mundos" no tangibles, sino también entre distintos mundos o grupos humanos y palpables. 

Así que tal vez uno de los retos mayores que tengan hoy los chamanes ante sí es tender puentes entre las sociedades más tecnológicas (y desconectadas de la Tierra y los seres vivos) y las sociedades tildadas de "primitivas" o no tecnológicas, esas que aún viven integradas en los paisajes salvajes.

Pues esto, quienes mejor pueden hacerlo, son las personas puente. Se necesita que florezcan, que adquieran consciencia de sí mismos, de su vocación, que se alegren de ser personas fronterizas que conocen mínimamente ambos mundos, capaces de hacerse entender tanto por uno, como por otro, porque dominan sus respectivos lenguajes y símbolos. ¡Que despierten ya, tantos chamanes que aún andan despistados, y entiendan que, más que apegarse a los estados propios del hemisferio derecho, o a un lado del conflicto, su misión es ser un puente entre ambos mundos y modos de ver la vida!  

***

Un Chamán es, al menos potencialmente, un traductor entre realidades, un aproximador entre sociedades, un mediador en conflictos. Por esa razón, su papel es más necesario que nunca en tribus, familias y sociedades altamente dualizadas y enquistadas en guerras, aunque también es, admitámoslo, quien tiene más las de perder en un conflicto enfrentado. Porque una de las reacciones típicas de la dualidad es tirarle piedras al que no es ni carne ni pescado, ni blanco ni negro, ni de izquierdas ni de derechas, ni salvaje ni civilizado, ni indígena "tribal", ni "occidental típico". 

Así que otra cosa que pueden vivir los chamanes, cuando nadan en sociedades tan dualizadas en su mente, es una soledad humana bastante intensa. Se preguntan a menudo: ¿De dónde soy, dónde está mi gente? Y descubren que nadan entre dos aguas, que viven siempre a caballo entre dos mundos. La sociedad los necesita (¡y mucho!) pero al mismo tiempo suele atacarlos, y a veces esto se produce desde los dos bandos. Sobretodo cuando lo que se quiere es... la guerra.

A mí me ha costado años darme cuenta de esta particularidad del camino chamánico, pero cuando por fin lo he entendido, me he reconciliado con algunos de mis rasgos menos... hum, convencionales...Con mi historia personal, tan llena de extremos, en la cual he estado viviendo no sólo en diferentes lugares, sino también adentrada en micro mundos muy diferentes, a veces opuestos los unos de los otros. También he entendido mejor de dónde venía mi eterna "manía" o predisposición a meterme en medio de conflictos, terminando verbalmente atacada muchas veces por haber dicho "sí, pero no"; por no haberme casado con un poder litigante, o con otro; por no haberme posicionado "claramente" en un lado de la guerra; por haber defendido a maltratadores o haber defendido a víctimas que no estaban bien vistas.

Hablando en términos chamánicos, diré que voy en contra de muchos manuales, al escuchar no sólo a las energías espirituales maravillosas, bondadosas y dulces, sino también a las que están llenas de odio, resentimiento, ira y ganas de reventarlo todo a patadas, porque se sienten jodidas. Siempre me pareció muy lógico "escuchar a todos", porque entendía que era la mejor manera de formarme "un buen juicio" sobre algo, pero he ido comprobando que, lo que para mí era tan natural, para otros era visto como una aberración o algo sospechoso.

Para muchas sociedades indígenas el símbolo por excelencia de la Unidad, y el puente entre los mundos espirituales y éste, era el arco iris. Esto se debía no sólo a su forma semi circular (que unía a la Tierra con el Cielo) sino también a que integra en su seno todos los colores del espectro, y lo hace además con un degradado tan sutil, tan difuminado, que es imposible "separar" visualmente de manera tajante un color de otro. Porque están fusionados entre sí.