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lunes, 20 de diciembre de 2021

Las religiones son como especies botánicas.

 
 
(De mi muro de face) Setiembre del 2019. 

Llevo un tiempo pensando en las diferencias/similitudes entre religiones. Un tiempo largo, desde que leí "Autobiografía de un yogui" de Yogananda y empecé a darme cuenta de cosas que me resultaban inaceptables "desde mi punto de vista espiritual" y que sin embargo eran maravillosas para miles de personas. 

Luego me leí "La experiencia prohibida" del monje cristiano José Maria Verlinde (en la foto), y entendí más cosas aun. Ahora, que estoy estudiando aspectos religiosos del judaísmo, pues aún veo más cuestiones religiosas que antes se me escapaban.
 
Como muchas personas de mi generación, adopté hace un tiempo, sin casi darme cuenta, la perspectiva de que al final todas las religiones son básicamente la misma cosa, pues conducen a experiencias de lo Divino. Me pareció que las discusiones religiosas eran tonterías del pasado, y llegué a desdeñar y ridiculizar a los cristianos que protestaban por las influencias de religiones extrañas, o a los judíos empeñados en lo suyo, o a otros diciendo "¡¡pero lo nuestro es diferente!!".
 
Es decir, no me refiero solo a que desdeñara las peleas religiosas tipo "mi religión es la mejor" porque conduce a luchas sin sentido. Lo que además rechacé fue la idea de las diferencias. Entré en un modo de mirar el mundo donde las diferencias se diluían y todo "era lo mismo". Donde lo importante era estar unidos y no hacer diferencias. Todos iguales.
 
De manera consecuente con esa idea, las religiones mismas perdieron valor a mis ojos, ya que una religión es, por definición, una serie de creencias y ritos diferenciados. Si no hay diferencias, o éstas no importan, deja de tener sentido de hablar de religiones. Es más: las religiones se empiezan a ver como un estorbo, un envoltorio secundario y tonto, y entonces lo que importa es "la espiritualidad, así, en abstracto. Porque la "espiritualidad" se concibe como algo UNIVERSAL. 
 
Las religiones, en cambio, no son universales, se mire como se mire, porque están entramadas con las matrices culturales y sociales de los pueblos donde se practican. Y como no queremos diferencias, porque no queremos luchas, pues pasamos el rodillo de amasar y pensamos: todo es igual. 
 
Pero todo esto se me fue cayendo. Es lo que tiene "oir". Desarrollas escucha interior y resulta que los Guías que me tocaron en suerte son unos tiquismiquis de cuidado, que se pasan la vida diciendo: "Esto no es como aquello. Esto es distinto. Esto en cambio sí es igual".

Cuando leí un libro autobiográfico de Yogananda me poseyeron las furias, ja, ja, al leer algunos pasajes en los que el maestro o gurú le enseñaba a Yogananda que no debía hacer caso del sufrimiento de las personas durante la Segunda Guerra mundial, o a no hacer caso del sufrimiento de muertos que veía en sus sueños. Claro, imagínate: uno de mis guias primeros es Anubis, caracterizado por justo lo contrario: ir a rescatar sufrientes y enfocar los dolores y las atrocidades. 
 
Que una aprendiza del rescate de muertos lea en un libro que si sueñas con gente ahogándose o siendo bombardeada, tienes que "dejarlo pasar" porque todo es maya, pues es como intentar que un judío practicante se arrodille ante un altar con la estatua de un dios. Mal asunto. Hay un choque ahí, no hay modo. No puedes comulgar con ruedas de molino. Descubres ahí TU DIFERENCIA. 
 
Por supuesto, mis emociones enojadas ante las enseñanzas que se destilaban del libro de Yogananda, serían vistas desde el punto de vista de esa religión como un síntoma de tener un alma poco despierta, poco evolucionada, y con mal diagnóstico espiritual: probablemente me quede apegada a este mundo, no logre desasirme de este teatro ficticio, y aquí seguiré en los infiernos, sufriendo con todo quisqui, mientras los gurús más sabios, inteligentes y elevados, hace mucho que han volado a otra parte, desde la cual continuan impartiendo a los inferiores mortales sus enseñanzas anti.encarnación. No sientas, que es malo. Total, nada es real. 
 
Leer a Verlinde (un libro duro y explosivo, cristiano y católico sin concesiones) me hizo ir un poco más allá en todo esto. Fue revelador y aprendí mucho, aunque al mismo tiempo, en una parte de sus reflexiones en las que se arraiga en la doctrina de la Iglesia para algunos temas, yo no concordaba. Así fue como empecé a pensar: nunca podré ser de esos "trascendidos", y con la compasión cristiana resueno, pero católica tampoco soy. Mejor dicho: no soy ni así, ni así. Porque al final la verdadera religión no es la que uno adopta, sino la que uno descubre que es por dentro. La que su alma "es" o decide ser. 
 
Le di más vueltas al tema comparándolo con cuestiones del chamanismo, que es un tema aparte y demasiado ramificado como para tratarlo aquí, pero ahora que estoy con el judaísmo, me paso horas leyendo "diferencias". Porque si algo tienen los judíos, es que son muy de los matices y las diferencias. No les vengas con que todo es igual, porque te mirarán pensando que no estás en este mundo, o que les quieres vender algo. Personas que estudian letra por letra y hasta otorgan significado espiritual a la forma de las letras, y creen que el simple cambio de orden de una letra, puede modificar completamente el resultado, no nacieron para pensar que "todo es igual". 
 
El judaísmo me recuerda a la física y la química, a veces. Algo como muy de enfocar las cuestiones moleculares, las diversas mezclas, y observar resultados. Tal vez por eso el pueblo judío ha dado tantos científicos, no lo sé. Aunque también tiene su lado musical y si ves un grupo de religiosos rezando, flipas de lo pasionales y exaltados que se ponen... Al mismo tiempo es una religión muy centrada en materializar, en vivir la vida cotidiana, en estar en el cuerpo y hacer cosas con el cuerpo. 
 
El gran ideal de la religión judía es que la materia exprese lo divino, es decir: vivir el Cielo en la Tierra. Dentro de este marco de creencias, por lo tanto, todo lo que hacen los cuerpos se considera que tiene un efecto en el mundo espiritual, y viceversa. No hay separación, o no debiera haberla, y el trabajo espiritual es precisamente ir desbrozando lo que impide la vivencia de lo sagrado en lo cotidiano. Por eso los judíos no conciben una vida monacal o separada de las vivencias "naturales" de la humanidad. 
 
Son 3 pinceladas nada más, las que hago, saltando de Yogananda a Verlinde y luego a los judíos. (Me dejo a los chamanes por imposibilidad de elegir uno que los represente a todos, tendría que pensarlo mucho) Podría hablar bastante más de cada libro leído, pero este post sería infinito. El tema es que últimamente voy perfilando más todo esto y he tenido una claridad gracias a mis Guías quienes, dicho sea de paso, a veces se definen como "Jardineros" de la humanidad. 
 
Y es desde su óptica jardinera que me han dicho que es todo muy simple: las religiones SON LO MISMO solo en un sentido: contienen algo parecido a la savia de las plantas, que sería algo asociado con la "energía" (Dios) que nos da vida. Hay otras cosas que son universales en todas las plantas, como la necesidad de elementos tipo agua, sol, tierra y aire. Eso sería, entonces, lo universal a todas las religiones. Cada una habla de eso a su manera (aludiendo a la "luz" espiritual, y a distintas prácticas para vivirla) 

Pero el resto ya no es exactamente igual, y por el contrario, existen montones de diferencias o matices a realizar entre las religiones.
 
Un jardinero ¿qué es, sino un experto en especies vegetales? ¿Cree un jardinero que todas las plantas son iguales y que todo es lo mismo? Bueno, si creyera eso, no las podría cuidar adecuadamente, porque cada especie vegetal necesita unos cuidados específicos. A lo mejor el jardinero plantaba en el mismo sitio al cactus y al nenúfar, y mataba a las dos o les causaba SUFRIMIENTO. Por eso existe la religión del nenúfar y existe la religión del cactus, y entonces es bueno SEPARAR. Que cada una siga sus buenas prácticas, y así cada alma florece en su sustrato ideal. 
 
Es así como mis Guías me han mostrado su perspectiva sobre las religiones: no solo son útiles como caminos DIFERENTES que pueden atender necesidades DIVERSAS de las personas, sino que nunca pueden ser sustituidas por una "espiritualidad sin formas" o "universal". Salvo que entendamos que es mejor no estar encarnado y dejar todo en "el aire de las ideas". 

Porque en cuanto practicas algo, ya lo conviertes en religioso. Incluso aunque tu religión sea la tuya propia y no se parezca a ninguna de las "organizadas". 
 
 ...
 
Las religiones organizadas tienen sus pros y sus contras, sus virtudes y sus defectos, COMO TODO en esta vida de dimensiones limitadas, en el marco del espacio tiempo que conocemos. Quien busca la religión perfecta, es como quien busca la persona perfecta y si no la encuentra, entonces lo arregla diciendo que el amor es universal y ya está. Que mejor no apegarse a nadie concreto porque eso trae desengaños. 
 
Hay quien piensa: "Todas las religiones se equivocan en cosas, por lo tanto ninguna sirve de nada, mejor que desaparezcan". Bueno, este es un camino que no es jardinero. Las plantas tienen sed y sufren, pero miras a otro lado porque total, qué mas da. Que se adapten las plantas y vivan lo universal, y si se mueren qué importa, a fin de cuentas trascienden, ¿no?
 
Me doy cuenta de que mi visión y la enseñanza que mis Guías me dan, por lo tanto, es muy concreta y definida, y no es "universal". Porque Ellos tienen una opinión sobre las cosas que en lugar de relativizar, concreta. 
 
Tal vez no sea, por lo tanto, una visión objetiva. Porque tiene sesgo. Yo lo explico por compartir mi perspectiva y suscitar contrastes y reflexiones, no por nada más. Lejos de mí querer convencer a nadie. Soy muy poco objetiva, creo. 
 
Pero entiendo que tomando el ejemplo de la botánica, para algunas personas, lo mejor es creer otras cosas y "aferrarse al desapego", valga la paradoja. O entrar en caminos donde "todo es igual" porque tal vez esa es la parte de la existencia que necesitan enfocar o vivir.
A fin de cuentas, cada alma tiene su historia y sus momentos. 
 
Tal vez todo tiene que ver con el tiempo de cada alma y de cada cosa. En el marco de tiempo lineal de la existencia, importa mucho vivir cada cosa, en su orden. El embrión dentro del útero, el bebé que nacen, son deseo puro y su "bien" es vivir eso. Para eliminar su sufrimiento, cuando lo hay, el camino ideal es mejorar sus condiciones de vida con su madre. 
 
La sonrisa beatífica de un bebé dormido en el pecho de mamá, cuando todo va bien, se compara a veces con la sonrisa de un buda. Pero si nos fijamos, esa sonrisa de bebé se alcanza por la satisfacción profunda del deseo, por el bienestar físico, por la seguridad. Justo lo contrario que el camino del Buda.
 
Por lo tanto, el camino de ambos NO ES el mismo. Pero tal vez exista un momento adecuado para ser bebé y otro para decir: "Uf, bueno...voy a ver si trasciendo esto un poco". Edades distintas, etapas distintas. 

....
 
En mi opinión, el estudio de las diferencias es importantísimo, si queremos cuidarnos mejor unos a otros. Y si queremos respetar al otro. Porque aunque un número de personas buscan la unión en lo esencial, muchas otras necesitan y desean que se les respete y cuide en lo que tienen de distinto.
 
Cuanto más afinamos en el estudio de las especies botánicas, mejor tratamos a las plantas que cuidamos. Pero si nos obcecamos demasiado con las diferencias, podemos perder de vista el conjunto. Mirar lo esencial también es necesario y tiene su lugar.
 
Si me preguntan entonces cómo "elegir" religión o camino, diré: 

No se elige, se ama o no se ama un camino. 
Se es, o no se es. 
Eres la planta que eres.

Y aún diré más: estás en la etapa que estás y deseas lo que deseas. 
Conócete a ti mismo y sabrás. 
El resto es elucubrar.

 

sábado, 2 de noviembre de 2013

La sopa intoxicada y El Juicio del Alma sobre la infancia.

(Pintura de Vadin Chazov)

Se necesita la poesía para poder afrontar lo que quiero decir, para poder asumirlo y procesarlo. La poesía de Walt Whitman, que da en la diana (los subrayados son míos):

"Erase un niño que se lanzaba a la aventura todos los días,
y en el primer objeto que miraba y aceptaba 
con asombro, piedad, amor o temor, en ese objeto se convertía,
y ese objeto se hacía parte de él durante el día o una parte
del día...O durante muchos años o largos ciclos de años.
 
Las primeras lilas se hacían parte de este niño, Y la hierba y el dondiego de día, blanco y rojo y el trébol, blanco y rojo, y el canto del febe,(...)
Y los brotes de abril y de mayo se hacían parte suya... los retoños del grano en invierno, los del maíz amarillento y las raíces comestibles del huerto,(...)

Sus mismos padres, el que había impulsado la sustancia paterna durante la noche y lo había engendrado, y la que lo concibió en su útero y le dio a luz... ellos dieron a este niño más que eso, 
le dieron después cada uno de sus días... se hicieron parte suya.

La madre en casa poniendo plácidamente los platos en la mesa para la cena, 
la madre de palabras dulces... el gorro y el camisón limpios... 
su persona y ropas exhalando un olor sano cuando pasa;

El padre fuerte, seguro, viril, mezquino, colérico, injusto, 
el bofetón, la palabra rápida y violenta, el pacto estricto, la persuasión astuta, 
el trato familiar, el lenguaje, la compañía, los muebles... 
el corazón anhelante y henchido, el afecto que no será denegado... 
La sensación de lo que es real... la idea de si, en definitiva, todo será irreal, 
las dudas diurnas y las dudas nocturnas... 
el sí y el cómo extraños,

Si lo que parece ser así es así... o si no son más que destellos y manchas. (...)
El filo del horizonte, el cuervo marino en vuelo, la fragancia de la marisma y el cieno de la playa,
Todas estas cosas se hicieron parte de aquel niño que se lanzaba a la aventura todos los días y que se lanza ahora y se lanzará a la aventura cada día,

Y todas esas cosas se hacen parte de aquel o de aquella que ahora las lee atentamente."

(Walt Whitman, "Hojas de Hierba", 1855)

Lo que me gustaría decir es que somos porosos. Desde que somos concebidos hasta que morimos, somos seres permeables al entorno, y también reactivos al mismo. El entorno no sólo nos moldea debido a nuestras reacciones hacia el mismo (reacciones conscientes y deliberadas, o por el contrario inconscientes y automáticas), sino también debido a que se nos mete como por debajo de la piel. Porque lo olemos, lo respiramos, lo comemos, lo absorbermos.

De hecho, lo que sucede con la biología del cuerpo está relacionado y tiene un paralelismo con lo que sucede en nuestra energía y en nuestro psiquismo. Si la contaminación física del entorno puede afectarnos físicamente, esto también lo hace otra clase de toxinas a las que podríamos llamar psíquicas. Y viceversa: un aire saludable puede sanarnos, o al menos conservar nuestra salud en buen estado. Las partículas del aire que respiramos, del agua que bebemos o de la tierra en la que cultivamos nuestros alimentos, terminan formando parte de nosotros físicamente. Pero en el mundo de la energía sutil, en el mundo espiritual y en el mundo psíquico, se cumple la misma ley: no somos impermeables al entorno.

Y esto es aún más cierto para el niño. Un adulto puede discernir y elegir qué alimentos tomar, descartando sustancias nocivas, puede elegir escapar de un entorno altamente contaminado, o al menos paliar o contrarrestar los efectos nocivos de determinadas sustancias, pero el niño no. Del mismo modo, en términos psíquicos y/o espirituales, un niño está igualmente expuesto a la "contaminación", y es, de hecho, más permeable a la misma que cualquier adulto poseedor de un mínimo sentido crítico o cierto discernimiento. Los niños, sí, rechazan instintivamente algunas energías/contenidos del entorno porque les producen repulsa, incomodidad o desasosiego, pero este incipiente "instinto de discernimiento" es muy embrionario y por esa razón pueden ser engañados por las apariencias, o confundidos por un ambiente saturante.

Si ni siquiera el instinto animal es infalible, y nos encontramos con animales "engañados" por cebos y trampas, o por los mismos plásticos que inundan la naturaleza y que ellos devoran, creyendo que son comida, ¿cómo vamos a creer -con fe ciega- que el instinto de nuestros hijos va a salvarles de "ingerir" contenidos dañinos, ya sean materiales o energéticos? Así, un niño puede aficionarse a la comida basura porque ésta "engaña" a su inteligencia instintiva innata; pero también puede ingerir una nube de energía emocional agresiva y violenta del entorno, si ésta adopta una forma seductora o engañosa.


(pintura de Vadin Chazov)

Pero el poema de Walt Whitman señala algo más profundo y doloroso: la coexistencia, en un mismo punto del espacio y el tiempo, de dos energías de mensaje antagonista que inciden sobre el niño. El poema habla de una madre "sana" y bondadosa, y de un padre injusto, iracundo y golpeador, pero podría ser a la inversa, o también podría tratarse de otras figuras de autoridad, cuidadoras y referentes del niño. Sea como sea, el asunto es que, en un mismo punto espacio/ temporal, un niño se ve expuesto a una energía benéfica y a una dañina; a una energía amorosa y a otra dominada por el miedo y la agresividad.

¿Qué sucede, entonces? Comparemos este binomio "educativo" con un plato de sopa que el niño se come, y que incluye, entre sus ingredientes, cosas nutritivas junto con otras tóxicas. No le es posible, a nadie y menos a un niño, abrirse y cerrarse al mismo tiempo. Si comes, comes todo lo que hay en la sopa. Si no la comes, no comes nada en absoluto de la misma. 

El asunto es que si descartas la sopa por tener componentes que tu ser rechaza, no ingieres tampoco los que tu ser necesita y anhela. Cuando en tu crianza inciden, desde una misma fuente (por ejemplo, los padres o la escuela) lo amoroso y compasivo junto con lo frío, brutal e injusto, no puedes cerrarte a lo uno sin dejar fuera también lo otro. Y, como generalmente la necesidad de "comer" (y de ser cuidado, atendido y amado) es más imperiosa que la repulsión a ciertos elementos, los niños suelen aceptar todo el pack. Lo cierto es que rara vez tienen alternativa, por no decir nunca. Sólo en casos de extremo maltrato un niño elige rechazar todo ese conjunto, lo cual implica elegir la muerte. Se deja morir de manera indirecta, como por "inanición", o se quita la vida directamente.

Dependiendo del grado de toxicidad de la sopa envenenada que muchas infancias ingieren, los resultados se perciben a corto o largo plazo, y su intensidad varía. Pero, sea como sea, no se puede negar la intoxicación, el daño. Muchos adultos esgrimen como argumento defensor de la crianza "convencional" el tópico "A mí también me pegaban y no me ha pasado nada, no estoy traumatizado". 

Bien, tal vez su organismo fue más fuerte que el de otros, o tal vez el grado de intoxicación fue menor, o incluso puede que algunas otras vivencias hayan ayudado a esa persona a "desintoxicarse", o al menos a contrarrestar los efectos de los elementos perniciosos incluídos en su pack "educativo". Ahora bien, de ahí no se puede concluir que éstos sean inocuos. La ira desatada contra un niño siempre es dañina, al margen de lo evidentes que resulten sus efectos. 

¿Y porqué la ira y la agresividad son dañinas, y no sirven (tal y como algunas personas sostienen) como otra forma de amor, un amor "severo", pero "necesario", según el cual golpear a los hijos o gritarles cada dos por tres es bueno, pues "los educa"? Pues porque el amor se relaciona con todo un funcionamiento hormonal, psíquico y espiritual, y la agresividad iracunda con otro. Cuando sientes amor, y cuando te sientes amado, tu energía se expande, tu cuerpo se relaja y se vuelve receptivo al otro. Sientes deseos de dar, pero también te vuelves, de manera instintiva y automática, capaz de recibir. Esto se relaciona con una apertura en todos los niveles, desde el físico al espiritual. 

En cambio, ante actitudes carentes de empatía y llenas de agresividad e ira (gritos, burlas sarcásticas, amenazas más o menos veladas) uno se pone, irremediablemente, a la defensiva. La energía corporal, emocional y espiritual se retrae y contrae. El ser se cierra porque, con toda razón, quiere protegerse de eso, pues lo percibe dañino, demasiado duro y cortante, agresivo, doloroso.

Entonces, y volviendo a la poesía de Walt Whitman, un niño que es criado con dosis mezcladas de amor y agresividad, se ve enfrentado a un problema de funcionamiento interno: su instinto le exige cerrarse y al mismo tiempo abrirse; aceptar y al mismo tiempo rechazar la energía (y el trato, y la persona) que tiene delante. En otras palabras: estamos ante una sopa envenenada, pero ¿qué se puede hacer cuando ésta es toda la comida que se tiene? 

Lo dicho: generalmente, los niños tarde o temprano se abren y "comen" o absorben lo que hay. Lo hacen a desgana, y de hecho aprenden a permanecer con la energía "abierta" o receptiva pasando por alto las señales evidentes de alarma o rechazo que su cuerpo les envía. Con el tiempo, la mayoría se acostumbran a este modo de funcionar, a este "estar abierto aunque no se quiera", lo cual se vuelve tan habitual para ellos que se convierte en algo inconsciente.

Estos niños crecen y, siendo adultos, o bien han aprendido a cerrarse a todo (entrando en insensibilidad), o bien siguen abriéndose a todo, de manera excesiva. Literalmente ni seleccionan, ni disciernen. Se convierten en esponjas excesivas, en personas más permeables que la media. 

Un ser humano es poroso de manera "natural", pero esta permeabilidad tiene límites. Tenemos piel, existe una barrera que filtra el tránsito de contenidos entre nuestro ser y el entorno, por el bien de nuestra salud. Pero cuando un ser ha vivido en la infancia un maltrato mezclado con "buen trato", y sobretodo si esta mezcla ha sido especialmente intensa, se convierte en alguien incapaz de poner límites o de filtrar, a través de su piel invisible ("La piel del alma") los contenidos psíquicos externos, las energías, e incluso los pensamientos e ideas ajenos.

Las heridas abiertas de la infancia se convierten en brechas a través de las cuales toda clase de contenidos externos pueden entrar y salir, sin orden ni discernimiento, de un ser humano. Y lo peor es que, a través de estas fracturas del ser, también se cuelan lo que podríamos llamar "infecciones oportunistas", energías sutiles dañinas equivalentes a virus o bacterias. 

(pintura de Vadim Chazov)

Estos seres humanos "rotos", con la piel abierta, viven un gran sufrimiento interno del cual intentan evadirse, precisamente, dejando de "sentir", porque lo que sienten les supone demasiado dolor. Así que viven entre dos extremos: sentir demasiado y sentir demasiado poco; acorcharse, acorazarse tras una placa de insensibilidad, y sentir demasiado intensamente las cosas...

Para restaurar este desequilibrio, esta herida, hay que vivir una purificación interna en la cual se pueda expresar lo que verdaderamente se sintió (y se siente) con algunas heridas. Ha de ser posible llamar a las cosas por su nombre, porque si no puedes decir, reconocer, o incluso gritar "¡Me han cortado, estoy sangrando!" no podrás reconocer tampoco que "eso" es un daño que hay que sanar, ni desde luego curarlo. 

Y es que para recibir una medicina, el primer paso es saberse enfermo, y el segundo diagnosticar el daño o enfermedad. Pero si te encuentras atrapado en un sentimiento contradictorio, a caballo entre la fidelidad, apego o incluso devoción hacia un padre o madre que era a veces afectuoso y genial, y la ira y el terror que te suscitaron sus agresiones esporádicas (o habituales), será mucho más difícil que reconozcas el origen de tu dolor. Hacerlo equivaldría, para tu subconsciente, a denunciar a tus padres ante la policía (los médicos del alma, en este caso), algo que te sientes incapaz de hacer porque, como por otro lado ellos eran tan buenos...No quieres perder lo bueno, y entonces no denuncias lo malo ni ante tí mismo.

Así que, en tu tribunal interior, único lugar donde se dirime todo proceso de Justicia autobiográfica, y único lugar donde se vive el Gran Juicio del Alma, tu voz no acertará a señalar al causante de tus heridas, porque es la misma persona que te ayudó en otras ocasiones, te alimentó y te dio cobijo. El Juicio, entonces, no se puede realizar. Se paraliza. Y, en esa parálisis "judicial", pueden transcurrir muchos años...en los cuales no se resuelve nada y, por lo tanto, no se puede producir la gran curación. La curación del alma.

lunes, 14 de octubre de 2013

¿Quién soy yo?- 2

(Arriba, ilustración de Francene Hart)

Después de aquella extraña experiencia de haber "sido" simultáneamente dos personas a la vez, lo natural era acercarme a la idea de la reencarnación, y de hecho lo hice.  Me compré lo habitual en esa época: libros de Brian Weiss. Los leí, soñé, fantaseé y también reflexioné. 

Como la verdad descrita en esas páginas es maravillosa, me resultaba fascinante la posibilidad de que yo hubiera "recordado" otra vida. Sin embargo, no acababa de estar segura de haber vivido exactamente una regresión, ya que no encontré en ninguna parte, ninguna experiencia como la mía. Las regresiones descritas en esos libros hablaban de que uno "recordaba" o "revivía" cosas en estado de relajación o trance hipnótico, pero a mí me había sucedido algo muy peculiar: mis sentidos físicos habían literalmente oído afuera la voz de una mujer india cantando un lamento tristísimo. Y esto yo lo había escuchado de manera muy vívida y como si la voz estuviera fuera de mí, mientras mi consciencia permanecía en mi cuerpo real, mi cuerpo presente. De hecho, tardé un rato en "sentir" que la voz de aquella india que yo escuchaba de manera tan nítida era mi propia voz, pero al mismo tiempo, ese descubrimiento me dejó completamente descolocada, porque yo seguía sintiendo mi cuerpo en la cama, y notaba perfectamente que "yo" no estaba cantando.

En otras palabras, mi consciencia había percibido dos vidas a la vez, una pasada y una presente, fundiéndose en un único instante. No era como cuando "recuerdas" dentro de tí algo, o escuchar una voz interior. Eso hubiera sido un fenómeno ya descrito en la literatura de género. Pero...¿Escuchar con los oídos físicos otra voz que luego resulta ser la propia, y al mismo tiempo es la voz de "otra vida", casi como si yo hubiera estado en dos lugares y tiempos físicos a la vez? Eso era muy extraño, la verdad, y no sabía cómo encajarlo ni explicarlo. 

Al final opté por relegar en un segundo plano aquella experiencia, esperando entenderla con el tiempo, y descarté también todo el asunto de la reencarnación. Resultaba tentador intentar indagar qué vidas había vivido yo, si es que lo de reencarnarse era posible, pero no tenía ni idea de cómo lograrlo (no conocía a ningún "regresionador" en aquel entonces, año 2000 más o menos, pues en esa época no había la difusión actual de estos temas, gracias a la cual encuentras terapeutas regresivos a punta pala) 

Tampoco quería obsesionarme con ese tema, ni presionar a mis sueños en esa dirección, puesto que sabía por experiencia que, cuanto más libre dejara el espacio onírico, mejores eran mis sueños. Intentar ponerles bridas me sumergía en la grisez, y acababa dándome cuenta de que malamente podía mi "yo" saber qué dirección onírica era la mejor para mí. Los mejores resultados los obtenía entregándome antes de dormir en brazos del "Gran Espíritu" o "Espíritu Viviente", como yo lo llamaba (no sé ni recuerdo de dónde saqué esa expresión) y eso seguí haciendo.

No obstante, y sin hacer nada por lograrlo, volví a tener varios sueños con indígenas de Norteamérica en los cuales yo sentía que ellos eran "mi gente", y en los que experimenté catarsis emocionales y energéticas tremendamente sanadoras. Por eso llegué a plantearme, con el tiempo, la idea de viajar literalmente a Norteamérica para buscar a "mi gente", pero la empresa se me antojaba enorme ¿Por dónde empezar a buscar a "los míos"? ¡Como si América fuera pequeña! Y no sólo eso: dado que soñaba, también, con indígenas de otras zonas del planeta, y tenía de vez en cuando otros sueños en los que sentía que "mi gente" no eran indios, sino otros, al final me quedé completamente confusa respecto a la dirección de mi posible viaje.

¿Cuál era "mi gente" de verdad? ¿Debía viajar a Africa, tras las huellas de aquellos misteriosos grupos de mujeres silenciosas -y vestidas de flores- que me miraban de manera cómplice porque yo era de las suyas? ¿O era mejor que fuera a reunirme con los indios de México, que también se hacían presentes en mis sueños cíclicamente? ¿Y qué decir de mis recurrentes, intensos y especialísimos sueños con indígenas de Brasil? Pero no, espera, porque en sueños me había visto perfectamente integrada con los afrocaribeños de Haití. Ahora que, pensándolo bien, ¿cómo podía haber olvidado que en realidad yo pertenecía a una zona que había en algún lugar entre Siberia y Mongolia? ¡Lo había experimentado así en sueños más de una vez! ¡Yo era de allí! Pero ¡ay, un momento! Acababa de olvidar que, en uno de los sueños más impactantes que había tenido, yo formaba parte de un grupo de mujeres españolas que, en el norte de mi país, se reunían en círculo, en grandes prados y bajo la lluvia, para hacerle ofrendas florales a "Ella", una cosa o energía que yo todavía no entendía qué podía ser... Pero espera, porque en otro sueño...

¿Se entiende adónde quiero ir a parar? Yo no podía buscar a "mi gente" en ninguna parte, porque la respuesta escapaba a mi lógica. No sabía cuál era mi dirección "verdadera" ¡porque había muchas direcciones válidas, incluyendo una que me dirigía a mi propio país! Y si tenía tantas posibles tribus repartidas por todo el mundo (conste que he resumido), entonces seguía sin poder responder a la pregunta "¿Quién soy yo?", ya que, tal y como acertadamente la ciencia ha descubierto recientemente, nuestro "yo", nuestro sentido de identidad, no es algo fijo, sino que se construye gracias y a través de nuestras relaciones sociales. No hay nada como un "yo" totalmente independiente y aislado del entorno, por la sencilla razón de que nuestro cerebro nace "a medias" y no solo se desarrolla gracias a los vínculos con las personas del entorno, sino que queda totalmente marcado por los mismos.

Sí: lo que entendemos vulgarmente por ser humano es una construcción social. Se sabe, por los pocos y casi milagrosos casos de niños que han crecido en la naturaleza salvaje, adoptados por otros animales y sin ningún contacto con el ser humano, que lo que llamamos "yo humano" no se desarrolla sin relaciones humanas. Esos niños tienen, por supuesto un carácter y un espíritu, pero no tienen un "yo" como lo que nosotros entendemos por "yo humano", puesto que se identifican con el bosque o la selva, y se sienten animales parte de manadas de animales. No piensan en sí mismos como seres humanos. 

Con lo cual, nuestra sensación de "ser" esto o aquello no es, como muchos pensarían, algo que elijamos libremente, como quien elige ropa en un catálogo, sino que surge como el producto de todo lo que experimentamos en nuestra vida, y especialmente de nuestras relaciones afectivas más importantes. Se siente indio quien ha sido criado por indios y además siente afecto-apego hacia ellos, no hay vuelta de hoja, porque la sensación interna de identidad se forma gracias a las relaciones que tienen más peso emocional (no solo "intelectual") en nuestra vida.

Y claro, yo reflexionaba sobre estas verdades -y lo sigo haciendo- y me preguntaba: ¿Y entonces, cómo es posible que, aunque sí me siento española en cierto nivel del ser, también me siento de tantas otras partes a la vez, integrante de tribus con las que jamás he tenido relación directa, y de las que ni siquiera conozco el nombre? ¡Qué misterio! ¿Por qué en aquel sueño "bilocante", la respuesta a la pregunta "quién soy" había sido conectarme con la parte más trágica de las tribus indígenas de Norteamérica? ¿No debería haber sentido, directamente, que soy una nativa de suelo ibérico? ¿Qué tenían los indios que no tenía mi país, o mis compatriotas? Era para pensárselo. 

Abandoné la idea de viajar a América o a ningún otro país, pero ante mi incapacidad para definir mi identidad, también dejé de darle vueltas a aquel asunto. Y entonces fue cuando, de manera sutil y, siempre a través de los sueños, se empezó a formar una idea en mi mente: tal vez yo era una de esas "personas puente" de las que hablaban las tradiciones nativas de tantas partes del mundo. Tal vez mi identidad estaba, precisamente, en el medio de todos y en ninguna parte en concreto, porque mi esencia espiritual consistía en ser como el centro de una estrella en el cual toda la humanidad pudiera ser acogida y entendida, sintiéndose "como en casa". Una estrella con una misión: ser puente de luz/consciencia, a través de múltiples rayos, de unos seres hacia otros. 

Tal vez fuí india en alguna ocasión, ¿quién sabía?, y eso suponía una marca muy fuerte en mi ser, pero hoy había nacido en España, justo en el país del cual surgió la Conquista. ¿No era curioso? ¿Y no podía tener, aquello, un sentido profundo, como por ejemplo entender desde dentro la génesis del "mal" que asoló las tierras de América (la codicia, la rigidez dogmática, etc)? ¿Y si resultaba que había nacido donde había nacido para ayudar a sanar las heridas resultantes de aquella tragedia, o incluso...para ayudar a los nativos de mi país a sanar sus propias cegueras? Tal vez yo ni siquiera era la única viviendo algo así. ¡A lo mejor existían cientos, miles de personas que, como yo, eran "indias" por dentro y vivían en suelo imperial o civilizado, y la cosa tenía un sentido oculto, un significado...

("Maat" de Josephine Wall)

Han pasado los años, y esa idea ha ido evolucionando en mi interior, tomando forma en ciertas direcciones, aunque ha cambiado mucho en otras. Pero la meditación acerca de qué o quiénes son Anubis y Miguel, mis guías principales, o incluso a qué representan, me condujo a una confirmación de mi esencia y vocación espiritual: Mi lugar está en el eje de la balanza. 

Soy, de hecho, como ese eje que constantemente une a diferentes platillos en los cuales se sopesan y se miden cosas para obtener una comprensión, un juicio correcto. A menudo me identifico con uno de los lados, y entonces creo ser él; luego me identifico con el otro, y me siento siendo ello. 

Error, siempre error, porque no soy eso. Soy "la que observa", soy "la que escucha". Soy, ya últimamente y precisamente por eso, "la que escribe". Porque tal vez no soy más que una escriba de la vida. No invento nada, no hago novelas, ni improviso guiones. Me limito a retransmitir lo que "veo", lo que "oigo", lo que "siento". 

Y, como soy eje de balanza, persona-puente, y mujer-estrella, veo, oigo y siento muuuuchas cosas distintas, procedentes de diferentes direcciones, y de ahí la riqueza y profusión de mis escritos. Son lo que son porque dejé de querer ser "esto o aquello". "Oigo" lo que oigo porque dejé de preferir, de censurar, de tapar la boca a las "voces", sensaciones o visiones que no encajaban con mi sensación primaria de identidad. 

Y por eso, aunque alguna vez llevé colgantes con formas étnicas, o cruces egipcias, o decoré mi habitación con imágenes de indígenas, o de dioses, o de ángeles, hoy deliberadamente ya no llevo nada, ni decoro mi casa con nada que recuerde a ninguna tradición, ninguna tribu, ningún lugar específico. Tampoco me visto conforme a una moda, un estilo o una personalidad. Llevo ropa de segunda mano que me regalan, y si tengo que comprarme algo, compro algo asequible a mi bolsillo y que me sirva, así que muchas veces ni siquiera elijo. No tengo "estilo". Lo tuve hace tiempo, ahora mi estilo es "sin estilo". 

Me desdibujo, me deshago, me vuelvo una con mi entorno, cada vez me parezco más a las mujeres mayores de los pueblos donde vivo, perfectas anónimas. Me importo cada vez menos, me convierto en parte del paisaje sin poderlo evitar, pero tampoco sin quererlo evitar. Y cuando miro atrás, me sorprende ver lo distinta que soy ahora de lo que fui antes, tanto físicamente como internamente. Y, aunque a veces aún echo algunas cosas de menos, en general casi siempre me alegro. Porque en el fondo, este acto de desdibujarme lo vivo como un alivio, una liberación.

Y entonces pienso que, al margen de las posibles vidas en otros siglos, existe la reencarnación sin duda: yo la he vivido. Con un mismo cuerpo he sido otras "yoes" y todas han muerto. Y seguramente la "yo" que soy ahora morirá también y otra ocupará este mismo cuerpo que cada vez está más viejo. Pero ya no me importa dejar de ser "yo", porque no soy un yo. Soy, en verdad, otra cosa indefinible que queda cuando lo demás se esfuma. Un hálito de vida tal vez, un soplo que simplemente siente y observa...y que ni siquiera procede de sí mismo, eso es lo más fuerte, lo más impactante, lo más anonadante. 
Uf.