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miércoles, 4 de enero de 2023

Sobre la película "Drácula"


(De mi muro de face, Agosto 2016)

Estos días me viene a la mente la película "Drácula" de Bram Stoker. (Aviso, spoilers) Según mis Guías, esta película en concreto (tan distinta a las anteriores que se hicieron sobre vampiros) es una fábula muy buena para simbolizar lo que sucede cuando un ser humano "corta" su conexión con Lo Alto o energías celestiales, y se queda únicamente con la parte animal y "de Abajo".

La parte de Abajo no es mala, pero la falta de conexión entre Abajo y Arriba produce monstruosidades y desequilibrios (también si alguien secciona su vínculo con Abajo y se limita a vivir lo Alto, porque entonces es el delirio) Lo que hace que un ser humano se deforme y pervierta es el desorden y la ruptura de relaciones (cortar vínculos) con alguna de sus partes y/o de las partes del universo en si mismo.



En la película se ve el gran vínculo con lo animal, lo visceral e instintivo que tiene Drácula, el protagonista. Su gran pasionalidad procede de esta gran animalidad. Pero como seccionó su vínculo con Dios asociado con "Arriba" (a raíz del sufrimiento del trauma sufrido) este ser humano no ve más allá de sus instintos primarios. No es malo ser animal si eres un animal, pero si eres un ser humano, ser "solo" animal es vivir un desequilibrio que trae enfermedad o sufrimientos.

El amor restaura todo, sin embargo... Pero este no es un amor cualquiera. La mera pasionalidad, aunque es lo que aparentemente más desea y busca Drácula, no lo sacia nunca. Sólo cuando se sana su trauma antiguo y se reconectan en él, gracias a la acción de su amada, el Cielo y la Tierra (la energía de Arriba y Abajo) ese ser humano vuelve a ser "él mismo". Por eso su rostro finalmente muestra la belleza, la paz y el esplendor que están en su verdadera naturaleza.

La gran animalidad es siempre atrayente y seductora, pero si no está unida a Lo Alto, o si el vínculo no está en buen estado, termina desencadenando sufrimiento y pesadilla. Todo se va emponzoñando con no se sabe qué, y hasta se ve amenazada la integridad de la persona amada (a punto de volverse vampira, ella también) En la película, una cruz de piedra agrietada en su corazón, es el símbolo de la unión rota entre ambas energías (abajo/arriba). Cuando la cruz se restaura, es porque el corazón de aquel hombre se restaura, y entonces la energía del Cielo puede descender hacia él otra vez.


La mujer amada le ayuda, pero no siguiendo a ciegas todos sus deseos, sino contrariándolos bastante y manteniéndose en su verdad todo lo que puede, a pesar de que lo ama. Está en un tris de convertirse en alguien "seccionado" como él, pero finalmente prevalece su amor y su deseo de mantener el vínculo intacto con Dios. Y eso salva a ambos. Si la mujer hubiera dejado de luchar contra la seducción, enseguida hubiera terminado "draculizada", convertida en otra bestia, y no hubiera habido sanación final.

Hay muchas moralejas que se pueden extraer de esta película, según mis Guías, como la necesidad de sanar traumas antiguos o de otras vidas, y cómo viven las diferentes facetas del ser humano un mismo amor; o cómo diferentes seres humanos eligen distintas facetas del amor (unos más racionales y comedidos, otros apasionados pero místicos, otros más pragmáticos, etc) O cómo algunas almas están unidas desde otros planos, mundos y tiempos, y sólo reuniéndose pueden sanar algunas cosas... "Nuestro amor es más fuerte que la muerte", dice Mina, la protagonista, al final.

También se puede ver cómo cierta vivencia de la religión es bestial y destructiva (al principio de la película) y no es verdadera espiritualidad; pero tambien se ve que, en el extremo opuesto, la renuncia e incluso la lucha contra la religión y la espiritualidad (incluso aunque sea por el rechazo hacia sus posibles errores conceptuales) tampoco es buena, pues amputa la parte más elevada del ser humano.

El hecho de que se mencione al dragón como animal de poder de Drácula (pues se explica que fue, en tiempos, un guerrero del dragón) refuerza la simbología y el mensaje antes explicado: el dragón es un símbolo de la energía vital. Cuando ésta no está bien unida con "Arriba", el dragón se convierte en una bestia incapaz de contenerse, que arrasa con todo y sólo toma, toma y toma para sí mismo lo que le apetece, enfureciéndose cuando no lo obtiene, o cuando se retrasa la satisfacción de sus apetencias. 

Cuando un dragón, en cambio, vive la unión perfecta y fluida con el Cielo, la energía vital vive la plenitud, su perspectiva es más completa y su amor trasciende la parte animal, yendo más allá. El ser humano ya no es un caballo desbocado, sino un guerrero que monta a caballo, con una perspectiva clara de adónde va, y llega lejos, mucho más lejos que cuando sólo era el animal.

Por supuesto, la sexualidad es otra clave de la película. Hay muchas maneras de vivirla: de manera solamente animal o... conectada con el Cielo, desde un amor profundo que va más allá del deseo físico (aunque sin excluirlo) Las bendiciones entonces se derraman (el beso y la imagen del ascenso en la escena final)




martes, 15 de octubre de 2013

"Cien" vidas pasadas y Anubis dando su opinión. (¿Quién soy?-3)


Años después de aquella regresión espontánea - y aislada- que viví mientras dormía, empecé a vivir toda clase de regresiones durante un proceso de terapia donde no se buscaba recordar "vidas pasadas" pero fue lo que empezó a sucederme sin querer. Durante meses realizamos sesiones terapéuticas semanales, y prácticamente en todas viví una regresión diferente. Después, empecé a "regresar" (¿o "regresionar"?) de manera espontánea, sin necesidad siquiera de estar en sesión terapéutica, relajada ni dormida. Sencillamente, me sucedía en cualquier momento y lugar, siempre que algo en esta vida detonara un recuerdo de "otra".

Llegué a vivir varias microrregresiones encadenadas en un mismo día. A lo mejor me detenía a "sentir" una sensación corporal, ésta me llevaba a unos recuerdos, y éstos, a su vez, me llevaban a otros y a otros, y así sucesivamente. Tomé muchas notas en aquel tiempo, pero nunca fueron exhaustivas y, además, un día me cansé de anotar tantas historias. Perdí la cuenta. 

En definitiva, no he llegado a contabilizar nunca las supuestas vidas pasadas que llegué a recordar, pero fueron muchas, muchísimas. He llegado a pensar que al menos fueron cien, teniendo en cuenta que la etapa en la que "regresaba" de manera espontánea fue bastante larga (unos dos años, luego terminó) y que además llegué a recordar diferentes vidas referidas a una misma época de la Historia (como por ejemplo en el Antiguo Egipto, del cual tenía al menos 4 memorias diferentes, o como con los indígenas de Norteamérica, con los cuales recordaba haber vivido dos vidas mínimo)

Muchas de estas regresiones me marcaron mucho en su día, otras no tanto. Fuera como fuera, todas surgían como "la causa" o la explicación de algunos de mis padecimientos o malestares físicos de ese momento, y todas eran, sin excepción, regresiones traumáticas. Por eso, mi terapeuta, al principio, estaba asustada. Temía que tanto dolor y tanta tragedia me hundiera en la desesperación, máximo teniendo en cuenta que la moraleja que se podía extraer de todos y cada uno de aquellos dramas era inquietante. 

No parecía albergar, mi cuerpo, ni un destello de buenos recuerdos o ni siquiera de esperanza pues, aunque hubo regresiones que mostraron momentos bellos e idílicos de la historia, invariablemente se truncaban y acababan convertidos en una pesadilla con final espantoso. ¿Acaso no era capaz de recordar otra cosa que no fueran cataclismos, muertes, finales, desastres, horrores o fracasos? Sin embargo, y contrariamente a lo que ella temía, recordar tantos horrores me sanaba. ¡Me encontraba cada día mejor, y al cabo de los meses me sentía pletórica!

Algunas de esas regresiones trajeron aparejado un especial sentimiento de identidad que se iba abriendo camino en mí. No estaba segura de haber sido -literalmente- aquella sacerdotisa egipcia, aquella chamana indígena o aquella niña sanadora francesa (por ejemplo), pero... pero era capaz de recordar cómo era "ser ellas", era capaz de sentirme siendo "eso" y, por lo tanto -eso era fascinante- era capaz de acceder a parte de su conocimiento. Aún no sabía cómo expresarlo, cómo "tomarlo" en mis manos, pero lo notaba rebullendo en mi interior, pugnando por ser visto por mí, entendido, captado y quién sabe si utilizado de nuevo. Tal vez por eso cada vez me sentía más fuerte, más poderosa, más capaz.

¡Qué paradoja! Comparando mi vida con aquellas regresiones, yo no había tenido "grandes problemas", pero me había estado sintiendo una mierda. Sin embargo, ahora que había experimentado internamente lo que era acabar cien vidas en trágicas circunstancias, ¡me sentía mucho mejor!
Visto desde mi perspectiva de hoy, creo que aquello de "recordar" otras vidas tal vez me ayudó porque algunas de estas memorias traían aparejado un conocimiento fascinante de la vida. Y recordar otros modos de ser me dio la certeza de que había "mucho mundo ahí fuera", al alcance de mis manos, y que yo podía ser de otras maneras. En definitiva, dejé de sentirme atrapada en mi cárcel mental, y tal vez eso fue lo que me capacitó para cambiar mi vida poco a poco, pero esta vez desde dentro hacia afuera.

Por lo demás, ¿qué hacía con tantos recuerdos? Algunos los dejaba marchar, pero otros, lo admito, se quedaron conmigo durante un tiempo de manera muy intensa. Algunas vidas las sentía demasiado "mías" como para dejarlas pasar así como así. Los recuerdos habían sido demasiado vívidos, largos y detallados. Habían energido de mí con dolores y tensiones que abarcaban al cuerpo entero, y muchas -muchísimas- lágrimas, pero también con la sensación vertiginiosa de estar recordando algo de gran importancia, eventos que - al menos que yo supiera- nadie en la humanidad actual conocía, o perspectivas de la historia completamente opuestas a las que se dan por sentadas. 

Las voces, sensaciones y conocimientos de aquellas mujeres brotaban de mis células con una fuerza sobrecogedora pero además, una vez terminada la regresión, era como si se quedaran conmigo, flotando en mi ser, permitiéndome ver el mundo a través de sus ojos, desde su personalísima perspectiva (¡tan diferente de la mía!)

                             
(A la derecha, imagen de Gilbert Williams)

Así, durante un tiempo viví la "identidad egipcia" (antigua) junto a la mía, y llegué a pensarme como "una antigua sacerdotisa egipcia reencarnada". Más adelante, sin embargo, emergió con una fuerza brutal una anciana india de Norteamérica con una relación especial con los niños (nacimientos, encarnaciones) y entonces volví a sentirme "una india reencarnada". Pasó el tiempo, y entonces me pareció haber sido una desafortunada e imprudente maga europea que se metió en líos terriblemente oscuros, y durante un tiempo mi identidad se vio influída por la suya. Y así con todo, podría seguir repasando vida por vida para descubrir que la cantidad de identidades que he experimentado sería enorme.

Al final, tal y como me sucedió con la búsqueda de "mi gente", me sucedió con los recuerdos de vidas pasadas: hubo un día en el que ya no podía sentirme siendo esto o aquello, porque me era imposible elegir o preferir a una "identidad" por encima de las demás (ni siquiera a mi identidad actual) Con el tiempo, empecé a vivir las regresiones espontáneas sin intentar apropiarme de las identidades o historias, simplemente dejándolo salir todo y comprendiendo lo que hubiera para comprender ahí. (Porque, eso sí, cada regresión traía su lección)

El crack definitivo de mi ilusión de identificarme con alguno de aquellas "yoes" antiguas sucedió cuando recordé haber sido dos mujeres distintas en la misma época: la Segunda Guerra Mundial. Una de ellas, judía y embarazada, murió en un campo de concentración en medio de espantosos horrores. La otra, una niña, quedó huérfana en la guerra civil española y murió poco después. Oh, oh, ¿dos regresiones para una misma época? Tenemos un problema. 

Era obvio que yo no podía haber sido al mismo tiempo una joven judía que vive en un país de Europa y una niña española, pues aún considerando la idea de que el espíritu de la niña muerta se "reencarnara" enseguida en otro país, no había sufientes años de tiempo entre una vida y otra, ambas se solapaban. Más tarde, aún recordé otra vida: la de una joven americana (EEUU) de "familia bien" que sufrió un encierro a la fuerza en un sanatorio mental para ocultar un embarazo no deseado y el subsiguiente trauma del aborto que le practicaron sin darle elección, allá por los años 50. Pues bien: tampoco era posible haber sido esa joven y la madre judía, ya que la muerte de la madre en los campos de concentración (años 40) se solapaba con el crecimiento de la joven americana (si fue internada en los 50', en los 40 era una niña)
Entonces ¿cuál era la explicación? La verdad era que la memoria que más me marcó (y que, de hecho, se convirtió en parte de mi "sensación de identidad") fue la de la madre judía, pero a pesar de todo yo había recordado también las otras dos vidas o experiencias. Podía pensar que sólo una de ellas (la de la madre judía) fuera "mía", pero entonces eso significaba que de todos modos era posible recordar vidas que no eran propias. Vidas de muertos, ni más ni menos. 

Y esta perspectiva lo cambiaba todo, claro. Porque si podíamos recordar vidas ajenas, ¿Cuántos de mis recuerdos de "otras vidas" eran míos? ¿Y si me estaba identificando -y dejando influir por- memorias que no eran "mías"? ¿QUIÉN ERA YO? Oh, oh, la vieja pregunta volvía a emerger otra vez. Las regresiones, lejos de darme una respuesta, habían ampliado o modificado la perspectiva desde la cual surgía la pregunta.

Durante años había "regresionado" tanto, que había llegado a recordar vidas de una era pre-histórica y mítica. Me había sentido recordando "a Eva", es decir, llegando hasta el último origen de lo que llamamos humanidad, y aún más allá. (Incluso había llegado a tener algún recuerdo de supuestas o posibles vidas futuras, un tema que ya implica rizar el rizo, y del que hablaré tal vez otro día) 

Siguiendo la pauta descrita en los libros de moda acerca de la reencarnación, me había hecho la ilusión de que era posible rememorar la "historia de mi alma" en plan relato lineal, saltando de vida en vida, todo para descubrir ahora que tal vez muchas de esas memorias no eran mías. O mejor dicho, que tal vez ninguna de ellas lo era, porque si admitía la posibilidad de que una regresión me había llevado a sentir y recordar la vida de otra persona muerta hacía tiempo, ¿qué impedía que todo cuanto había experimentado fuera "ajeno"? 

(Mario Vázquez)

¿Y si me había pasado AÑOS recordando vidas de MUERTOS...? ¿Y si por eso sacar afuera todas esas emociones y pesos me había sanado, porque eran cosas muertas de muertos, y descargarme me dejaba "como nueva", literalmente? 

Ironías de la vida, fue mi capacidad de dialogar con la energía/consciencia a la que llamo Anubis, algo "adquirido" en parte tras haber recordado varias vidas egipcias (especialmente una), lo que vino a rescatarme en mi crisis de identidad. No deja de ser graciosa la mezcla que concurre en todas las cosas, y lo muy bien que podemos aprovechar cualquier experiencia, sacándole el máximo partido, al margen de lo que creamos sobre ella. Yo tenía dudas (y muy serias) acerca de la verdad de la reencarnación, y de hecho en cierto modo las sigo teniendo, pero...pero precisamente gracias a las regresiones aprendí a dialogar con "algo" llamado Anubis, quien tenía una perspectiva sumamente interesante sobre todas estas cuestiones.

Sin reprenderme por mi escepticismo, (de hecho, más bien muy contento por el mismo) el tremendo e inclasificable Anubis se encargó de abrir un poco más mi jaula mental, al sugerirme que, efectivamente, no sólo era perfectamente posible recordar vidas de otras personas...¡Sino que incluso podías recordar la vida de una persona que aún estuviera viva! De hecho, yo lo había hecho muchas veces, sin darme cuenta de ello, al "sentir" en mi ser las emociones, pensamientos y ecos que otras personas tenían respecto a algunos temas, o por ejemplo al realizar sesiones de terapia para ellos y acceder a recuerdos de sus vidas asociados a sus problemas actuales.

"¿Registros akashicos?"-se rió Anubis, respondiendo a una de mis preguntas sobre el acceso a conocimientos o hechos antiguos- "¡Cómo os gusta ponerle nombres sofisticados a todo y convertirlo en algo misterioso y elitista! ¡Es tan simple como que podéis entrar -y de hecho a menudo lo hacéis, sólo que sin saberlo- en la dimensión donde todos estais unidos! 

"Además, esto no es una capacidad exclusiva de unas pocas personas, sino algo que todas pueden experimentar en algún momento de sus vidas, y en general casi continuamente, solo que no sois conscientes de eso, ni sabéis cómo procesarlo cuando os sucede, y entonces las cosas se viven medio mal o con dosis de error de interpretación. Registros Akáshicos, ja, ja, ja (Y se seguía riendo de esa expresión)"

Así que según él, la cosa es más simple de lo que parece: en cierto nivel del ser todos estamos unidos, y por eso, al menos en la energía, lo compartimos todo. Los cuerpos son, digamos, más independientes, pero la energía va y viene de unos a otros y nos comunica constantemente. Lo hacemos sin palabras, sencillamente nos sentimos. En esa dimensión, lo que vive el otro nos afecta como si lo viviéramos en carne propia, y es entonces que podemos sentir con certeza que "somos él, o ella". (¡Justo lo que yo experimenté en aquella primera experiencia, en la cual me sentí siendo dos personas a la vez, yo y la mujer india agonizante que cantaba...!)

Claro que eso sólo se vive en determinado nivel del ser, y como es un nivel al que normalmente (por educación recibida) no sabemos accedor y cuando lo hacemos, no le prestamos atención, o lo interpretamos sin saber, nos confundimos mucho. Lo interpretamos todo mal, muy mal. Según la perspectiva de Anubis, la identificación con personalidades o "yoes" de otras vidas es normal (natural, digamos) al principio, cuando eres novato, pero no es recomendable alentarla, sino que lo ideal es trascender estas fijaciones porque, en realidad... no somos "eso".

Es más, desde los ojos de Anubis, es una pena fijarse sólo en lo muerto del pasado y otorgarle mayor importancia que a lo que somos y vivimos ahora. Dar tanto poder a los muertos, construirles mausoleos (internos o externos) es una práctica habitual en toda sociedad suficientemente desconectada del Espíritu Vivo como para tener mucho miedo al presente y sus incertidumbres. Se prefiere lo muerto porque parece una garantía, y porque, de hecho, en muchos casos el viejo conocimiento es eficaz. Pero no habría que confundir la recuperación o herencia de un conocimiento ancestral esencial y profundo, con la fijación por las personalidades muertas, querer repetir los estilos de vida en su parte exclusivamente formal, etc.

Por esa razón, Anubis aprobaba que yo "recogiera" de los muertos un legado, una herencia de conocimientos y lecciones esenciales, pero nunca me animó a identificarme con ninguna de aquellas personas que yo había recordado ser en el pasado. Por el contrario, lo mejor para ellas era ayudarlas a morir, a transitar. Y lo mejor para mí era centrarme en esta vida y seguir observando con los ojos del alma la gran pregunta: ¿Quién soy yo?

A esta pregunta, al final, se le cayó un poco el "yo", porque me di cuenta de que no se podía "ser" un "yo" de manera fija. El "yo" "iba siendo", cambiando, transitando, naciendo y muriendo, desapareciendo. Hoy soy un "yo", hace tiempo fui otro "yo", dentro de diez años, si sigo viva, seré otro "yo"...¿Quién soy, entonces? O incluso: ¿Qué soy? 

Ser capaz de preguntarse QUÉ es uno mismo ya es un gran cambio de perspectiva, e implica ser capaz de replanteárselo todo.



lunes, 14 de octubre de 2013

¿Quién soy yo?- 2

(Arriba, ilustración de Francene Hart)

Después de aquella extraña experiencia de haber "sido" simultáneamente dos personas a la vez, lo natural era acercarme a la idea de la reencarnación, y de hecho lo hice.  Me compré lo habitual en esa época: libros de Brian Weiss. Los leí, soñé, fantaseé y también reflexioné. 

Como la verdad descrita en esas páginas es maravillosa, me resultaba fascinante la posibilidad de que yo hubiera "recordado" otra vida. Sin embargo, no acababa de estar segura de haber vivido exactamente una regresión, ya que no encontré en ninguna parte, ninguna experiencia como la mía. Las regresiones descritas en esos libros hablaban de que uno "recordaba" o "revivía" cosas en estado de relajación o trance hipnótico, pero a mí me había sucedido algo muy peculiar: mis sentidos físicos habían literalmente oído afuera la voz de una mujer india cantando un lamento tristísimo. Y esto yo lo había escuchado de manera muy vívida y como si la voz estuviera fuera de mí, mientras mi consciencia permanecía en mi cuerpo real, mi cuerpo presente. De hecho, tardé un rato en "sentir" que la voz de aquella india que yo escuchaba de manera tan nítida era mi propia voz, pero al mismo tiempo, ese descubrimiento me dejó completamente descolocada, porque yo seguía sintiendo mi cuerpo en la cama, y notaba perfectamente que "yo" no estaba cantando.

En otras palabras, mi consciencia había percibido dos vidas a la vez, una pasada y una presente, fundiéndose en un único instante. No era como cuando "recuerdas" dentro de tí algo, o escuchar una voz interior. Eso hubiera sido un fenómeno ya descrito en la literatura de género. Pero...¿Escuchar con los oídos físicos otra voz que luego resulta ser la propia, y al mismo tiempo es la voz de "otra vida", casi como si yo hubiera estado en dos lugares y tiempos físicos a la vez? Eso era muy extraño, la verdad, y no sabía cómo encajarlo ni explicarlo. 

Al final opté por relegar en un segundo plano aquella experiencia, esperando entenderla con el tiempo, y descarté también todo el asunto de la reencarnación. Resultaba tentador intentar indagar qué vidas había vivido yo, si es que lo de reencarnarse era posible, pero no tenía ni idea de cómo lograrlo (no conocía a ningún "regresionador" en aquel entonces, año 2000 más o menos, pues en esa época no había la difusión actual de estos temas, gracias a la cual encuentras terapeutas regresivos a punta pala) 

Tampoco quería obsesionarme con ese tema, ni presionar a mis sueños en esa dirección, puesto que sabía por experiencia que, cuanto más libre dejara el espacio onírico, mejores eran mis sueños. Intentar ponerles bridas me sumergía en la grisez, y acababa dándome cuenta de que malamente podía mi "yo" saber qué dirección onírica era la mejor para mí. Los mejores resultados los obtenía entregándome antes de dormir en brazos del "Gran Espíritu" o "Espíritu Viviente", como yo lo llamaba (no sé ni recuerdo de dónde saqué esa expresión) y eso seguí haciendo.

No obstante, y sin hacer nada por lograrlo, volví a tener varios sueños con indígenas de Norteamérica en los cuales yo sentía que ellos eran "mi gente", y en los que experimenté catarsis emocionales y energéticas tremendamente sanadoras. Por eso llegué a plantearme, con el tiempo, la idea de viajar literalmente a Norteamérica para buscar a "mi gente", pero la empresa se me antojaba enorme ¿Por dónde empezar a buscar a "los míos"? ¡Como si América fuera pequeña! Y no sólo eso: dado que soñaba, también, con indígenas de otras zonas del planeta, y tenía de vez en cuando otros sueños en los que sentía que "mi gente" no eran indios, sino otros, al final me quedé completamente confusa respecto a la dirección de mi posible viaje.

¿Cuál era "mi gente" de verdad? ¿Debía viajar a Africa, tras las huellas de aquellos misteriosos grupos de mujeres silenciosas -y vestidas de flores- que me miraban de manera cómplice porque yo era de las suyas? ¿O era mejor que fuera a reunirme con los indios de México, que también se hacían presentes en mis sueños cíclicamente? ¿Y qué decir de mis recurrentes, intensos y especialísimos sueños con indígenas de Brasil? Pero no, espera, porque en sueños me había visto perfectamente integrada con los afrocaribeños de Haití. Ahora que, pensándolo bien, ¿cómo podía haber olvidado que en realidad yo pertenecía a una zona que había en algún lugar entre Siberia y Mongolia? ¡Lo había experimentado así en sueños más de una vez! ¡Yo era de allí! Pero ¡ay, un momento! Acababa de olvidar que, en uno de los sueños más impactantes que había tenido, yo formaba parte de un grupo de mujeres españolas que, en el norte de mi país, se reunían en círculo, en grandes prados y bajo la lluvia, para hacerle ofrendas florales a "Ella", una cosa o energía que yo todavía no entendía qué podía ser... Pero espera, porque en otro sueño...

¿Se entiende adónde quiero ir a parar? Yo no podía buscar a "mi gente" en ninguna parte, porque la respuesta escapaba a mi lógica. No sabía cuál era mi dirección "verdadera" ¡porque había muchas direcciones válidas, incluyendo una que me dirigía a mi propio país! Y si tenía tantas posibles tribus repartidas por todo el mundo (conste que he resumido), entonces seguía sin poder responder a la pregunta "¿Quién soy yo?", ya que, tal y como acertadamente la ciencia ha descubierto recientemente, nuestro "yo", nuestro sentido de identidad, no es algo fijo, sino que se construye gracias y a través de nuestras relaciones sociales. No hay nada como un "yo" totalmente independiente y aislado del entorno, por la sencilla razón de que nuestro cerebro nace "a medias" y no solo se desarrolla gracias a los vínculos con las personas del entorno, sino que queda totalmente marcado por los mismos.

Sí: lo que entendemos vulgarmente por ser humano es una construcción social. Se sabe, por los pocos y casi milagrosos casos de niños que han crecido en la naturaleza salvaje, adoptados por otros animales y sin ningún contacto con el ser humano, que lo que llamamos "yo humano" no se desarrolla sin relaciones humanas. Esos niños tienen, por supuesto un carácter y un espíritu, pero no tienen un "yo" como lo que nosotros entendemos por "yo humano", puesto que se identifican con el bosque o la selva, y se sienten animales parte de manadas de animales. No piensan en sí mismos como seres humanos. 

Con lo cual, nuestra sensación de "ser" esto o aquello no es, como muchos pensarían, algo que elijamos libremente, como quien elige ropa en un catálogo, sino que surge como el producto de todo lo que experimentamos en nuestra vida, y especialmente de nuestras relaciones afectivas más importantes. Se siente indio quien ha sido criado por indios y además siente afecto-apego hacia ellos, no hay vuelta de hoja, porque la sensación interna de identidad se forma gracias a las relaciones que tienen más peso emocional (no solo "intelectual") en nuestra vida.

Y claro, yo reflexionaba sobre estas verdades -y lo sigo haciendo- y me preguntaba: ¿Y entonces, cómo es posible que, aunque sí me siento española en cierto nivel del ser, también me siento de tantas otras partes a la vez, integrante de tribus con las que jamás he tenido relación directa, y de las que ni siquiera conozco el nombre? ¡Qué misterio! ¿Por qué en aquel sueño "bilocante", la respuesta a la pregunta "quién soy" había sido conectarme con la parte más trágica de las tribus indígenas de Norteamérica? ¿No debería haber sentido, directamente, que soy una nativa de suelo ibérico? ¿Qué tenían los indios que no tenía mi país, o mis compatriotas? Era para pensárselo. 

Abandoné la idea de viajar a América o a ningún otro país, pero ante mi incapacidad para definir mi identidad, también dejé de darle vueltas a aquel asunto. Y entonces fue cuando, de manera sutil y, siempre a través de los sueños, se empezó a formar una idea en mi mente: tal vez yo era una de esas "personas puente" de las que hablaban las tradiciones nativas de tantas partes del mundo. Tal vez mi identidad estaba, precisamente, en el medio de todos y en ninguna parte en concreto, porque mi esencia espiritual consistía en ser como el centro de una estrella en el cual toda la humanidad pudiera ser acogida y entendida, sintiéndose "como en casa". Una estrella con una misión: ser puente de luz/consciencia, a través de múltiples rayos, de unos seres hacia otros. 

Tal vez fuí india en alguna ocasión, ¿quién sabía?, y eso suponía una marca muy fuerte en mi ser, pero hoy había nacido en España, justo en el país del cual surgió la Conquista. ¿No era curioso? ¿Y no podía tener, aquello, un sentido profundo, como por ejemplo entender desde dentro la génesis del "mal" que asoló las tierras de América (la codicia, la rigidez dogmática, etc)? ¿Y si resultaba que había nacido donde había nacido para ayudar a sanar las heridas resultantes de aquella tragedia, o incluso...para ayudar a los nativos de mi país a sanar sus propias cegueras? Tal vez yo ni siquiera era la única viviendo algo así. ¡A lo mejor existían cientos, miles de personas que, como yo, eran "indias" por dentro y vivían en suelo imperial o civilizado, y la cosa tenía un sentido oculto, un significado...

("Maat" de Josephine Wall)

Han pasado los años, y esa idea ha ido evolucionando en mi interior, tomando forma en ciertas direcciones, aunque ha cambiado mucho en otras. Pero la meditación acerca de qué o quiénes son Anubis y Miguel, mis guías principales, o incluso a qué representan, me condujo a una confirmación de mi esencia y vocación espiritual: Mi lugar está en el eje de la balanza. 

Soy, de hecho, como ese eje que constantemente une a diferentes platillos en los cuales se sopesan y se miden cosas para obtener una comprensión, un juicio correcto. A menudo me identifico con uno de los lados, y entonces creo ser él; luego me identifico con el otro, y me siento siendo ello. 

Error, siempre error, porque no soy eso. Soy "la que observa", soy "la que escucha". Soy, ya últimamente y precisamente por eso, "la que escribe". Porque tal vez no soy más que una escriba de la vida. No invento nada, no hago novelas, ni improviso guiones. Me limito a retransmitir lo que "veo", lo que "oigo", lo que "siento". 

Y, como soy eje de balanza, persona-puente, y mujer-estrella, veo, oigo y siento muuuuchas cosas distintas, procedentes de diferentes direcciones, y de ahí la riqueza y profusión de mis escritos. Son lo que son porque dejé de querer ser "esto o aquello". "Oigo" lo que oigo porque dejé de preferir, de censurar, de tapar la boca a las "voces", sensaciones o visiones que no encajaban con mi sensación primaria de identidad. 

Y por eso, aunque alguna vez llevé colgantes con formas étnicas, o cruces egipcias, o decoré mi habitación con imágenes de indígenas, o de dioses, o de ángeles, hoy deliberadamente ya no llevo nada, ni decoro mi casa con nada que recuerde a ninguna tradición, ninguna tribu, ningún lugar específico. Tampoco me visto conforme a una moda, un estilo o una personalidad. Llevo ropa de segunda mano que me regalan, y si tengo que comprarme algo, compro algo asequible a mi bolsillo y que me sirva, así que muchas veces ni siquiera elijo. No tengo "estilo". Lo tuve hace tiempo, ahora mi estilo es "sin estilo". 

Me desdibujo, me deshago, me vuelvo una con mi entorno, cada vez me parezco más a las mujeres mayores de los pueblos donde vivo, perfectas anónimas. Me importo cada vez menos, me convierto en parte del paisaje sin poderlo evitar, pero tampoco sin quererlo evitar. Y cuando miro atrás, me sorprende ver lo distinta que soy ahora de lo que fui antes, tanto físicamente como internamente. Y, aunque a veces aún echo algunas cosas de menos, en general casi siempre me alegro. Porque en el fondo, este acto de desdibujarme lo vivo como un alivio, una liberación.

Y entonces pienso que, al margen de las posibles vidas en otros siglos, existe la reencarnación sin duda: yo la he vivido. Con un mismo cuerpo he sido otras "yoes" y todas han muerto. Y seguramente la "yo" que soy ahora morirá también y otra ocupará este mismo cuerpo que cada vez está más viejo. Pero ya no me importa dejar de ser "yo", porque no soy un yo. Soy, en verdad, otra cosa indefinible que queda cuando lo demás se esfuma. Un hálito de vida tal vez, un soplo que simplemente siente y observa...y que ni siquiera procede de sí mismo, eso es lo más fuerte, lo más impactante, lo más anonadante. 
Uf.

















domingo, 13 de octubre de 2013

¿Quién soy "yo"?



(Arriba, pintura de Howard Terpning)

Los indios de Norteamérica también han jugado un papel crucial en mis reflexiones acerca de la identidad. "¿Quién soy yo?" es la gran pregunta que muchas personas se hacen, y yo no he sido distinta a los demás. Sin embargo, la respuesta no es tan sencilla...

Durante años soñé con los indios, especialmente con los de Norte América, mucho tiempo antes de siquiera imaginar que el chamanismo y yo tuviéramos nada que ver, y desde mucho antes que estuviera interesada por cuestiones, digamos “de la energía” o temas llamados "espirituales". Lo único que yo buscaba en aquella época eran respuestas, ayuda, guía interior para mejorar mi vida y enderezarla, y por eso observaba mis sueños. Intentaba encontrar en el mundo onírico pistas psicológicas para ayudarme. Sentía que mi vida era errónea, discordante por algún lado. Si hubiera sido música, habría dicho que mi vida emitía ruidos chirriantes y desasosegadores que me hacían daño. Sufría internamente por muchas cuestiones, pero tal vez la más extraña de todas era que, desde hacía un tiempo, tenía la persistente sensación de que necesitaba saber quién era. 

Sí, eso era muy, muy raro para mí, pero tenía que admitir la condenada y terrible sensación de que no sabía quién era "yo", y que me sentía más perdida que…que un lobo en la planta 22 de un rascacielos en medio de Manhattan, ni más ni menos. Aparentemente, tenía muy clara mi identidad, y mi vida social se construía alrededor de una imagen, de unas actividades, un círculo de relaciones…También aparentemente no tenía mayores problemas. Pero en realidad sí los tenía.

Por dentro me crecía esa extraña sensación de pérdida, de no estar dándome cuenta de algo verdaderamente importante, algo que se me escapaba. Era un misterio. Por eso empecé a leer cosas sobre los sueños y su práctica, porque sabía que, en ellos, se manifiestan aspectos escondidos del subconsciente o del ser, y eso, el universo psicológico, era lo que más se acercaba a mi idea acerca de la "identidad personal". Empecé a participar en un foro sobre sueños y, con el tiempo, empecé a lograr cierta lucidez onírica, es decir, a darme cuenta de que estaba soñando. Aunque aquello no era algo nuevo en mi vida, pues ya lo había experimentado de niña, me resultó muy valioso iniciar ese reencuentro con los sueños y volver a valorarlos.

Entonces, cuando vivía -en sueños- uno de esos momentos de lucidez, intentaba aprovecharlo para preguntar, investigar, aprender. No me interesaba verdaderamente nada más. Pronto me aficioné mucho al asunto de soñar. Tenía sueños que me parecían fascinantes, en los cuales aprendía cosas, y al mismo tiempo se me presentaban más y más enigmas, y todo me pareció tan interesante que planifiqué toda mi vida de manera que pudiera dormir adecuadamente. Hasta me organicé para dejar de trabajar algunas cortas temporadas, todo con la finalidad de poderme permitir el lujo de dormir largas siestas durante la mañana o la tarde, pues sabía -por experiencia- que en esos momentos era mucho más fácil entrar en un estado de sueño especialmente lúcido.

Además, por aquel entonces vivía sola, lo cual mejoró muchísimo la calidad de mi vida onírica. Vivía todo a mi ritmo. En mi casa todo iba acorde con mi energía, y todo estaba ordenado con la intención de que mi espacio fuera un reducto de tranquilidad, un lugar de descanso. Mi habitación estaba totalmente vacía, excepto por la cama y la mesita de noche. Las paredes estaban pintadas de blanco, todo era blanco, hasta mis sábanas. No quería distracciones, ni colores, ni estampados, ni cachivaches… Quería sumergirme en un lugar casi sagrado, limpio como un papel inmaculado, como una pantalla en blanco. Cuando llegaba la hora nocturna de acostarme, me sentía como una exploradora que va a utilizar, una noche más, una "nave espacial" onírica, mi cama, a la que llamaba "la nave del soñar". Estaba emocionada con ese nuevo campo de aprendizaje que se abría ante mí, por misterioso e indescifrable que pareciera.

En esa etapa de mi vida, y durante una de esas cortas temporadas en las que estaba en un parón laboral deliberado, una mañana en la que estaba en casa y me sentía especialmente tranquila, decidí acostarme y dormir un rato. Así por que sí. Pensé, como siempre que decidía acostarme: “A ver si sueño algo interesante”. Y nada, me zambullí en la blancura de mi “nave para soñar”. Luego me dormí, y al poco rato me "desperté" en el sueño, es decir, cobré consciencia de que estaba dormida y soñando. 

Entonces me levanté (en sueños, se entiende) y me encontré de pie frente a la pared de mi habitación. En ese instante, sin que nada pareciera motivarlo, me asaltó una emoción hondísima y vino a mí el recuerdo de una melodía india de un CD étnico (el que enlazo abajo del párrafo), titulada "Who am I?", como si estuviera flotando en el ambiente. Me encontré soñando y despierta, de pie ante la blanca pared de mi habitación, y resonaba en mí no sólo esa melodía, sino que además surgió de mi con una fuerza desgarradora, desde todo mi ser, la pregunta: ¿Quién soy? 


Soñando y lúcida a la vez, levanté los brazos hacia lo alto, me apoyé sobre la muda y vacía pared como si ésta fuera un espejo de mi propio enigma interior, y grité a todo el Universo con toda mi potencia, consciente de que Algo me oiría: ¿Quién soy?

El anhelo por saber era tan intenso en ese momento que se me saltaron las lágrimas. Sentí que no podía vivir más sin saber eso, o sin tener, siquiera, una pista, un acercamiento. Mi esfuerzo, en la energía, debió de ser enorme, porque acto seguido volví a encontrarme tumbada en la cama. Seguía dormida y lúcida, pero ya no tenía fuerzas para estar en pie. Rendida, decidí dejarme llevar por el sueño aunque perdiera la lucidez. Pero no llegué a perderla, ni a meterme en ningún sueño común, sino al contrario.

En ese momento, sentí un dolor terrible en el vientre. Fue exactamente como si algo me lo cortara de arriba abajo con un cuchillo. El “cuchillo” parecía haber tocado todas mis vísceras y me sentía como si la energía se me escapara por ahí, muriéndome. Y de repente, mi consciencia estuvo en dos lugares y tiempos a la vez. 

Perpleja y anonadada, empecé a oir la voz de mujer indígena, y era como si yo la cantara, o como si saliera de dentro de mí. Pero no lo oía como una voz interior, sino que escuchaba a la mujer india cantando como si estuviera de verdad ahí, fuera de mí, y al mismo tiempo saliendo de mí, porque yo era la que cantaba. La "yo" que conocía de mi misma no entendía nada, pero la experiencia era abrumadora por lo poderosa, por lo intensa, y no pude menos que rendirme a ella y contemplarla y escuchar la canción, expectante.

La voz cantaba y era una melodía tristísima. Es más, toda yo empecé a padecer una tristeza gigantesca, enorme, apabullante. Todo mi ser era tristeza y empecé a llorar entre convulsiones, como si la pena y el llanto salieran de mi vientre desgarrado. Realmente no podía soportar tanta pena. Yo cantaba porque toda mi gente había muerto y porque todo mi mundo se moría. Cantaba porque me estaba despidiendo de todo cuanto de bello había conocido. Cantaba porque sabía que nunca más volvería a ver a los míos, y porque sabía que mi mundo terminaba. No habría más de aquello a lo que yo amaba tantísimo. Era como estar viviendo el tremendo FIN de toda una era.

Sentir aquello fue un enigma para mí. Mi consciencia habitual, mi "yo" de aquel momento, regresaba por instantes a la sensación de estar tumbada en la cama y se decía: “Pero yo soy ésta, estoy en mi cama, esto es un sueño...”. Sin embargo, al mismo tiempo oía esa voz que salía de mi…lamentándose…Porque mi canto era un lamento, sí. También me estaba muriendo. 

De hecho, a mi alrededor estaba mi gente, muerta y tirada por el suelo, y yo estaba desangrándome por el vientre. Agonizaba, tras haber sobrevivido durante unas horas a un ataque en el que los "blancos" nos habían masacrado a centenares, y ahora me despedía. Me despedía de mis amigos y familiares, muertos a mi alrededor, de la Tierra que amaba, de los árboles, de la hierba, de todo. Y no podía soportar tanta pena. Pero la cantaba. Me iba cantando… Mi espíritu escapaba de mi cuerpo a través del lamento cantado de mi voz.

En el mismo instante en que cesó el dolor de mi vientre, el canto se apagó. Se esfumó la visión. Tal vez acababa de morirme en ese otro tiempo, en ese otro espacio... Entonces me desperté aturdida por mis propios sollozos, por la pena que me salía de dentro. Incluso despierta, no podía dejar de llorar. Y al mismo tiempo, ahora entendía mucho menos mi vida que antes. Porque había preguntado: ¿Quién soy yo? Y... ¿ésa era la respuesta? ¿Qué clase de pista onírica era aquella? 

Me quedé profundamente impactada por esta experiencia. Sin saberlo, había experimentado mi primera regresión espontánea en una época en la que ni siquiera me planteaba la existencia de la reencarnación (mi perspectiva de todo era, ya lo he dicho, casi exclusivamente psicológica) Le dí muchas vueltas a lo que me había sucedido porque realmente no sabía cómo interpretarlo, ni tenía a nadie conocido a quien consultarle al respecto.

Entonces recordé algo que me sucedió en la adolescencia, y que me había parecido tan absurdo y difícil de interpretar como lo que acababa de experimentar. Sucedió cuando estrenaron aquella película, “Bailando con lobos”. Yo había visto mil películas de indios sin haber sentido nada especial, y por eso no estaba preparada para lo que me sucedió en el cine. ¡Casi no pude soportar la visión de la película! Me moría de pena, pero, atención, no tanto por lo trágico del argumento, sino por la descabellada y loca sensación (eso me pareció, al menos) de que había un error gigantesco y garrafal en mi vida: sin duda yo había nacido en un lugar equivocado y entre la gente equivocada. Porque yo no era de aquí. De existir Dios, se tuvo que confundir conmigo. Yo era de esos paisajes, yo era de los indios. ¿Qué hacía, entonces, en Barcelona...?

                                (Arriba, pintura de  Howard Terpning)

La sensación fue tan tremenda que me sumió en un gran sufrimiento. Primero, porque pensaba que aquel sentimiento no tenía pies ni cabeza. En aquellos días ni siquiera había oído hablar de la teoría de la reencarnación. Mi educación había sido católica y tradicional, y por eso en mi mente, sencillamente, esas cosas de haber vivido otras vidas no existían. 

Segundo, porque aunque quisiera hacerlo, no podía solucionar aquel error: miles de km nos separaban a mí y a los indios y yo era, sencillamente, hija de otra tierra y de una cultura muy lejana, diferente, extraña. Tenía 19 años. Aunque me empeñara en trabajar y ahorrar para viajar a América para ver a los indios nunca sería india. Nunca me aceptarían. Siempre sería una mujer blanca, hija nada menos que del enemigo blanco y europeo. Y además, tampoco los indios de ahora viven como vivían…aunque (me decía yo) algo quedaría de cómo fueron, ¿no? Bien, la verdad es que no tenía ni idea.

¿Qué gran error cósmico se había cometido conmigo? ¿Cómo era posible estar tan cambiada de sitio? Me resultaba insoportable, después de haberme dado cuenta de esta verdad, seguir viviendo donde vivía: en una gran ciudad, lejos, incluso, de los paisajes que más me gustaban. Lejos de praderas verdes, lejos de arboledas, lejos de las montañas. Y con una gente que se me antojaba extraña, llevando una vida que…Uf, ahora percibía que aquella gente con la que compartía mi vida en aquellos momentos -me había ido de casa, compartía proyecto vital con gente laica de la Iglesia- nunca funcionaría para mí. Porque la suya no era una vida india. Por lo tanto, nunca sería feliz allí, con ellos.

Fue horrible sentir eso y deducir, con mi pobre lógica de aquel entonces, que si esta era la verdad de mi identidad, la felicidad estaría siempre lejos de mi alcance. Tendría que conformarme con lo que pudiera arañar de “mi estilo de vida” a hurtadillas, viviendo en un lugar ajeno y entre una gente extraña a mi verdadera naturaleza. Mi destino era cruel: había descubierto en unos instantes dónde estaba mi gente, mi lugar, y acto seguido tenía que olvidarme de ello, porque no era posible vivirlo. Me sumí en una sensación de fatalidad, de dolor. Yo era muy simple entonces, muy inocente, y no supe reaccionar de otro modo.

Ironías de la vida, me habían invitado al cine los amigos con los que compartía proyecto vital. Hasta aquel día, ellos me habían parecido lo más interesante del mundo, pero de repente sabía, con una certeza desesperante y aplastante, que no eran mi gente, y peor aun, supe que en lo profundo yo no tenía nada que ver con ellos. Gente con buena intención eran, tal vez, pero eran “otros”, tenían otro espíritu, otra manera de sentir, pensar, percibir el mundo, actuar. 

Había entrado en el cine siendo "yo", pero salía siendo otra "yo" que, valga la paradoja, era la "verdadera yo". Al entrar en el cine, había sido natural en todo, pero al salir fingí, disimulé. Hice ver que era la de siempre, pero ya no lo era. Y sabía que ninguna de aquellas personas que me acompañaban, y que me habían regalado la entrada y la experiencia, me hubieran entendido. Llegué a casa como pude, disimulando mi tristeza, y, cuando estuve sola, me deshice en un llanto desesperado. Juro que casi gritaba. Me daban ganas de golpear las paredes, de desesperación. 

Lo pasé tan mal, surgió un conflicto tan grande en mí, que al final lo borré de mi mente. Corrí un espeso velo sobre lo sucedido aquel dia, porque tener esa verdad frente a mi consciencia me hacía sufrir demasiado. Me dije a mí misma que todo no había sido más que una autosugestión alucinada, fruto de una película con guión conmovedor. Vas al cine y mira lo que pasa, te identificas con alguien que no eres, y sales creyendo tonterías inútiles. Caso cerrado. 

Seguí adelante sin mirar atrás, ni volver a pensar jamás en los indios. Cuando, un año después, abandoné a aquel grupo de gente (con los cuales, efectivamente, descubrí con el tiempo que yo no tenía nada que hacer), ya ni recordaba lo que había experimentado al ver la película "Bailando con lobos". Pero 10 años después, había lanzado al aire la pregunta ¿Quién soy? y el asunto indio regresaba a mí.

Sin embargo, todo era un enigma, porque no comprendía el mecanismo de la regresión. ¿Cómo había podido oírme a mi misma cantar con tanta nitidez de sonido, aquel lamento tristísimo, aquella despedida, mientras al mismo tiempo me oía respirar en mi cama, dormida? Claro que entonces ya no tenía 19 años sino cerca de 29. Y estaba decidida a saber, a investigar, a aprender lo más posible de otras perspectivas.

Así, ayudada por investigación y lecturas, la hipótesis de la reencarnación se abrió camino: ¿Y si yo había sido india en otra vida? Pero, aún considerando esa posibilidad: ¿Qué clase de respuesta era ésta a mi pregunta? ¿De qué me servía saber que “fui” india en otro tiempo? ¿Y hoy? ¿Qué era yo "hoy" y qué podía hacer yo con eso hoy? Porque mi vida y mi contexto seguían siendo opuestos a los de los indios. 

Tal y como hacía con los sueños más especiales, tomé nota de aquella experiencia. Esta vez no la descarté o censuré por absurda, como había hecho con la vivencia de "Bailando con Lobos". Guardé mi experiencia onírica como si fuera un enigma precioso, un momento de sabor intenso y contenido misterioso que esperaba que, algún dia, se me desvelara...

(Continua en la siguiente entrada)

miércoles, 20 de marzo de 2013

La nuez partida y ruptura entre sexos. (Conspiranoia total)





Voy a seguir con el tema de los hemisferios cerebrales, pero ahora lo haré con historietas chamánicas de mi cosecha personal, que para eso también soy contadora de historias.

En cierta ocasión me encontraba haciéndole una sesión de sanación a un amigo. Tuvo una especie de regresión catártica en la que recordó haber sido víctima de un sacrificio humano. El no creía en vidas pasadas,  y yo no lo tenía del todo claro, pero eso era lo que salía de su cuerpo dolorido: una memoria brutal y dolorosa de haber sido "sacrificado" de adolescente a algún "dios" exigente de carne y sangre. 
O no, porque igual el tal dios no exigía nada o ni siquiera existía como tal, y eran los humanos los locos obsesionados por "agradar" a no se sabe qué energía cósmica, a base de darle vida joven, sangre derramada. 

En fin, no lo puedo saber, porque eran mis primeros tiempos como chamanita en prácticas y no llegué a tanta averiguación, ni tuve tanta claridad. De hecho, el asunto se fue tornando turbulento y confuso en escala ascendente. Era como ir tirando del hilo de una emoción y sensación física, del cual iban saliendo historias encadenadas en diferentes tiempos y lugares, todas con el denominador común del "sacrificio" (ser sacrificado en aras de algún dios) Mi amigo flipaba porque era la primera vez que sentía algo así, pero yo también me estaba viendo afectada. (De hecho, casi siempre soy enormemente afectada por cualquier sesión realizada a otra persona, o incluso por el hecho de escuchar su historia o dialogar con alguien sobre determinados temas)

Y bueno, en esa "afectación", empecé a sentir que mi mente entraba en una especie de nebulosa y espesor. Me empecé a sentir extraña, como si fuera a perder el sentido de lo real, o me estuviera desorientando de alguna manera, y oí que mis Guías me decían que mi estado se debía a que se estaba removiendo, también en mí, una memoria muy profunda que afectaba a mi cuerpo de energía. Debía dejar mi rol activo en la sesión, tumbarme en otra cama (mi amigo ya estaba tumbado, con los ojos cerrados y relajado) y permitir que los Guías "trabajaran" con nuestra energía liberando los ecos de algo enquistado en nuestro ser, gracias a la sinergia que se había creado entre mi amigo y yo.

Así que me tumbé, cerré los ojos y en cuanto puse en segundo plano mi rol terapéutico y me puse receptiva a la sanación que yo también debía recibir, viví por mi parte una regresión extrañísima que explicaba la momentánea desorientación y nebulosa padecida. En ese "recuerdo", experimenté durante instantes fugaces cómo fue vivir en una época y mundo donde existía una armonía perfecta entre los dos sexos, es decir, entre hombres y mujeres. Había una comunicación plena entre ambos, no se producían esos problemas de comprensión mutua y respectivo desconocimiento a los que hoy estamos tan acostumbrados. Casi que nos entendíamos sin palabras y actuábamos unidos, sincronizados, sin chirridos ni disonancias. Pero entonces, una noche, sucedió "la distorsión".

Sí, suena extraño incluso para mí, hoy, decirlo así: ¡En una sola noche...! Ni siquiera estoy segura de que lo que recordé fuera literal. No sé si reviví una especie de resumen encriptado de una verdad más compleja o profunda. Pero, sea como sea, recordé que una noche hubo algo así como una "onda" de energía (¿electromagnética? ¿o de qué tipo?) recorriendo la faz de la Tierra y, al despertar, las mujeres y los hombres ya no estaban sincronizados ni armonizados. ¡De repente, y sin saber por qué, sintieron desconfianza mutua! Y surgieron los primeros malentendidos.

Recordé la primera angustia que conllevó sentir la súbita dificultad comunicativa, y lo que vino luego: las discusiones de pareja entre hombres y mujeres, las conversaciones absurdas o en bucle, que no conducían a ninguna parte. Recordé la "sensación de recordar", siendo una humana antigua, que "antes" nos entendíamos, y recordé el esfuerzo desesperado que hice por recuperar "lo de antes". Esa armonía que teníamos.

Al mismo tiempo, también sentí que ese recuerdo era medio inconsciente y ninguno de los dos sexos podíamos verbalizarlo claramente. Sabíamos algo, recordábamos algo, pero no podíamos expresarlo con palabras. Era como intuir un no se sabe qué o intentar traer a la consciencia algo que se te escapa una y otra vez. La frustración, entonces, nos dominaba, nos superaba, y acabábamos muy a menudo pagándolo con el otro: "¡No me entiendes! ¡No me escuchas! ¡Ya no te importo!¡Sólo piensas en tí!" etc.

Así surgieron los primeros llantos de impotencia y tristeza porque, asociada a la distorsión comunicativa, surgió por primera vez la sensación de soledad. La mujer empezó a sentirse sola junto al hombre, y viceversa. Enseguida se crearon los primeros conciliábulos de mujeres con mujeres para desahogar su frustración y criticar a los hombres, y de hombres con hombres haciendo lo mismo hacia las mujeres. 

Hasta entonces era normal que las mujeres estuvieran juntas muchas veces, pero no existía esa sensación de "sólo entre nosotras nos entendemos", y lo mismo había sucedido con los hombres. Había sido natural que hombres y mujeres formaran a veces grupos aparte, pero de ahí a reunirse para reforzarse haciendo complicidad "contra" el sexo opuesto había un trecho. Antes, por el contrario, el hombre y la mujer encajaban entre sí como las dos mitades de algo cuya naturaleza consistiera en fundirse suavemente entre sí, sin esfuerzos, pero tampoco sin reticencias. Y nada podía superar la complicidad que surgía entre ambos.

Yo estaba asombrada y a la vez acongojada por lo que estaba recordando, y no pude menos que gritar a los Guías (en silencio, para no estorbar el proceso personal de mi amigo) una pregunta: ¿Qué sucedió? ¿Qué estaba recordando yo exactamente? 

La respuesta me horrorizó: "Una manipulación". La imagen que acompañaba a esta respuesta era la de una especie de "espina" o cuña afilada introduciéndose sibilinamente entre nuestros dos hemisferios cerebrales. ¡Zas! Esa cosa de energía, finísima y afilada, había hendido nuestro puente calloso y había alterado para siempre la sincronización y armonía entre los dos hemisferios. En consecuencia, había introducido la división en el mundo, sobretodo entre lo masculino y lo femenino.

La repercusión que yo estaba recordando, esa especie de muro de distancia e incomprensión entre sexos, en realidad sólo era una de las diferentes consecuencias de la manipulación. Porque esa espina hiriendo nuestra unidad cerebral estaba distorsionando nuestra percepción y convirtiendo lo que veíamos en una eterna competencia, lucha y tensión entre dos bandos, y además lo estaba haciendo para siempre... Porque esto se iba a retransmitir de padres a hijos, y por lo tanto a perpetuar, salvo que uno llegara a "recordarlo", a "verlo" y así, consciencia mediante y con la ayuda de los Guías (símbolo y representación de las consciencias despiertas que viven más cerca de la Unidad), desintalara la maligna "espina" y se deshiciera de su efecto pernicioso.

No era casual, pues, que aquel tema hubiera surgido al ayudar a un amigo con quien, además, yo había tenido una relación afectiva en el pasado (aunque no prosperó) Estábamos constelando un drama antiguo porque, debido a nuestras diferencias y a nuestra historia común, estábamos en una situación idónea para hacerlo. 

¿Y por qué el tema había surgido a raíz de su regresión relativa a sacrificios humanos? Pues porque una idea tan aberrante como el sacrificio de un ser humano "para agradar a los dioses" o "a Dios", sólo pudo surgir en el ser humano una vez que éste perdió la comunicación plena y empezó, literalmente, a desvariar en su percepción del "otro", pero también de Dios y de Lo Sagrado. 


En fin: recordar la armonía perdida y la distorsión divisoria me mareaba. Realmente, lo más adecuado era permanecer tumbada en la cama y sin mover un dedo, porque pasé por unos minutos de total confusión en los que me parecía que había perdido el norte, las coordenadas, el sentido del tiempo. Sentía todo extrañísimo. Menos mal que oía a los Guías como a lo lejos, diciéndome: "No tengas miedo, respira, pronto se habrá terminado". Era como si me estuvieran "operando" en la energía y yo, tumbada en una camilla y medio anestesiada, estuviera sintiendo que mi cerebro era puesto del revés, removido, recosido, limpiado... qué se yo.

Luego pensé: "¡Qué bien, ahora mi entendimiento con el sexo opuesto será instantáneo, ya no viviré más distorsiones!". Y me imaginé viviendo de un modo beatífico, desconocido hasta el momento, sintiendo una comprensión absoluta e inmediata de todo. 

En fin, sueños eran, porque los Guías pronto se encargaron de decirme que los efectos de aquella "sesión" solo se notarían muy a largo plazo y que, además, yo no existía sola en el mundo. Y mientras la mayoría de mi sociedad tuviera la dichosa "espina" metida entre hemisferio y hemisferio, poco se podría hacer, ya que nos influimos mutuamente y constantemente. Es como lo que le sucede a quien nace "viendo" la energía, que al crecer entre "ciegos" se le quita esa facultad si no la comparte con nadie y si el mundo entero a su alrededor niega la capacidad visionaria. 

Nuestra percepción y nuestra mente es más compartida de lo que pensamos, por eso cuesta vivir ciertas verdades si seguimos inmersos en un mundo que las contraría. Sostener una visión distinta a la de la mayoría requiere un esfuerzo casi constante, o estar muy consolidado, y yo... ¡Bueno, he hecho lo que he podido! Hay lo que hay, y toca lidiar con un mundo muy polarizado, eso es todo.

La ventaja que sí me ha dado vivir aquella "operación de limpieza" tal vez sólo ha sido una: siempre me ha quedado el recuerdo de aquella "vida" distinta. El eco. La certeza de que hay otra forma de ser "hombres" y "mujeres" y entendernos, vivir juntos. 

En su momento escribí la regresión, la comenté con mi amigo, y de algún modo hice todo lo posible para no olvidarla, para que no volviera al mundo de las sombras. Por eso, muy de tanto en tanto, rememoro aquel día y atisbo, una vez más, el vértigo aquél de haber experimentado la armonía original, y luego la extraña manipulación nocturna. Despertarse y de repente desconfiar de tu compañero sin más, todo porque algo en tu cerebro se ha desencajado tan sólo una milésima de centímetro, muy poco, pero lo suficiente como para fastidiarlo todo. Y saber que, en algún tiempo, fuimos de otra manera. Que no es obligatorio ser como somos. 

También me sirvió para llegar a la conclusión de que, en realidad, tal vez ni siquiera sabemos, pero de veras, lo que significa ser hombre y mujer o vivir una relación de pareja. Nos basamos en lo que conocemos para dogmatizar, elucubrar, repetir y asegurar que las cosas son así, o asá, pero... ¿Y si fuera verdad que nuestro estado actual es un estado enfermo, distorsionado? ¿Cómo sería "ser" de otra manera? ¿Qué sabemos, en verdad, acerca de la humanidad? ¡Muy poco!

Por supuesto, en su día pregunté si aquella manipulación fue algo deliberado, porque no podía creerlo. Tal vez por influencia del mito de Adán y Eva, estaba predispuesta a pensar que todo problema posible es siempre culpa nuestra, que siempre todo se explica porque hicimos algo mal y por eso lo jodimos todo, así que no entraba en mis expectativas escuchar la respuesta que escuché: "Fue una manipulación deliberada". Me cayeron lágrimas al oírlo. Enterarme de que existe la crueldad deliberada hacia seres inocentes siempre me supera. Asumir que algo puede querer hacerte daño sin que tú le hayas dado, en teoría, motivos, es siempre una enormidad para cualquiera. ¡Parece tan injusto...! 

A través de mis lágrimas pregunté: ¿Por qué? Y la respuesta fue: "Para dominar a la humanidad. Divide y vencerás. ¿Crees que habría tanto sufrimiento y tantas guerras en el mundo, si el hombre y la mujer vivieran en la armonía original? ¡El amor mutuo entre sexos lo cambia todo...! Cuando Dios creó a los dos sexos, no era para que vivieran con sufrimiento la relación mutua, ¡sino al contrario!

Y aquí ya me acabé. Mi cerebro literalmente me dolía (supongo que mis esquemas mentales estaban saltando hechos pedazos), pero es que además una tristeza enorme me salía de dentro. ¡Ay...! ¡Qué nostalgia, qué desesperación! ¡Yo quería volver a vivir ese amor, esa unidad, "aquello"...! Sentí la misma tristeza desesperada que siento aún ahora, en las ocasiones en las que he discutido por tonterías con mi pareja, todo para darme cuenta horas después de que, ¡una vez más!, hemos hecho el idiota, "algo" nos ha nublado la mente, hemos vivido la distorsión y hemos salido de la armonía y sincronicidad que en otras ocasiones hemos experimentado. 

¡A veces me siento tan impotente...! Es como vivir en una pesadilla: sabes que solo es un estado, que muchas cosas percibidas son ilusorias y tramposas, pero caes de nuevo sin que te des cuenta en algunas de esas trampas. Dios mío... ¿No podemos vivir simplemente el amor que nos tenemos? ¿No puede ser todo más sencillo? ¿Quién odia tanto a la humanidad, quién quiere desgraciar el sagrado amor de las parejas? ¿Qué es todo esto? ¿O soy yo, que me he vuelto loca y busco culpables misteriosos y desconocidos en el exterior para atriburiles lo que solo es el fruto de mis propios errores?

Pero mis Guías insistieron en su versión del asunto, y no sólo ellos. En sueños a veces veo cosas similares a una "invasión" de la energía terrestre realizada desde el "exterior". Un "mal" extraño e innombrable, infeccioso aunque intangible, enfermando a nuestro mundo. Es algo, en verdad, muy enigmático. 

Desde el hemisferio izquierdo, o sea, poniéndome científica, me he llegado a preguntar si el desequilibrio de ciertas sociedades humanas y nuestra pérdida de armonía y unidad no tendrá su origen en algo así como virus o elementos nocivos llegados del espacio a través de meteoritos, y que sea "eso" lo que luego la mente traduzca como "entidades malignas distorsionantes", "demonios" y tal. A fin de cuentas, un desequilibrio bioquímico o un evenenamiento puede producir síntomas de perturbación emocional y mental, comportamientos desequilibrados. Entonces, y si esto fuera cierto, nuestro cerebro estaría haciendo algo así como dibujar en nuestra mente un monigote feo con grandes dientes y cara de mala ostia, todo para representar al virus/veneno de turno. Sería una estrategia infantil, pero efectiva para darnos un mensaje: estamos psíquicamente enfermos y, como colectivo, necesitamos desarrollar unas defensas específicas que combatan o anulen los efectos en nuestro ser de este "mal". 

Pero luego recuerdo aquella "onda" recorriendo la faz de la Tierra durante una noche, y no me cuadra con lo del virus. Y me sigo haciendo muchas preguntas. ¿Qué significa eso de que sucedió de noche, mientras el ser humano dormía

En fin, sea como sea, me cuesta asumir una intencionalidad de esa manipulación. ¿Por qué querría nada o nadie dividir a la humanidad, si esta división no ha hecho más que causar desastres en la Tierra, desastres que afectan a todas las otras especies vivas, y al mismísimo planeta? Me digo entonces que esta es una idea absurda, es algo totalmente conspiranoico. Y yo no quiero ser conspiranoica. (Ya sé que a veces parece que sí, pero en realidad me resisto mucho a estas ideas) 

En todo caso, la respuesta que los Guías me dan al "por qué" es otra pregunta: "¿Para qué partes una nuez, si no es para comértela?" Es decir: el cerebro se simboliza, en esta frase, con una nuez que "algo" o "alguien" parte en dos, con la intención de comérselo. Puf. ¿Quién o qué se come nuestro cerebro, entonces? (Su energía, quiero decir) ¡Buena pregunta! 

Y si os digo la verdad, todavía no tengo la respuesta. Eso sí, me gustaría averiguarlo antes de morirme para transmitir a otros el conocimiento que surja, sea éste cual sea (incluso si contraría todo lo que acabo de decir, y tengo que rectificarme) Porque aunque yo no sé si podré vivir, en mis días, una recuperación de aquella fantástica armonía original, no pierdo la esperanza de que otros seres humanos lo consigan. ¿Quién sabe? Pero para que eso suceda hay que compartir lo que se sabe.

Como chamana, me veo a mí misma como una celulita exploradora que sale a investigar, con la idea de retornar con las demás y contarles lo que ha visto. Y si todos hacemos lo mismo a nuestra manera, con nuestras particularidades y nuestros medios, tal vez algún día lleguemos a comprender lo que nos sucede como especie. Y entonces podríamos detener este desastre, este desenfreno "extinguidor" de vida y tanto sufrimiento.


jueves, 14 de marzo de 2013

Muerte-vida en el bosque.

La otra memoria que emergió en mi mente hace unos días (cuando los Guías me dijeron que en un futuro probablemente debería "esconderme, o incluso encriptar mis conocimientos y esconderlos, para legarlos a las siguientes generaciones"), no procedía de las desérticas tierras de Oriente Medio, sino de los frondosos bosques del continente europeo. Además, esta vez no se trataba de la memoria de una mujer, sino de una memoria masculina.

 Esta regresión me sucedió en el 2005, y en ella me encontré recordando cómo era ser una especie de mezcla de sabio, chamán, místico, o no sé cómo llamarlo, de algún lugar boscoso. Este hombre estaba viviendo también el final de su mundo, su apocalipsis particular. Una nueva religión se había ido imponiendo a la par que un nuevo orden político. Guerras, invasiones, pactos y nuevos adoctrinamientos se habían sucedido y la tradición espiritual a la que él pertenecía había ido extinguiéndose. La gente iba abandonando los antiguos senderos de conocimiento, y las personas como él iban convirtiéndose en elementos sociales cada vez más extraños, solitarios e incómodos.

Se sentía como un dragón o un dinosaurio superviviente, un animal fuera de tiempo, al que cada vez le costaba más encontrar a otros de su especie, porque además tenía que disimular sus conocimientos, su vocación, sus actos. Llegó un momento en que asumió por completo su soledad, y con ella tuvo que asumir algo que le resultaba doloroso: no iba a encontrar a nadie a quien poder enseñarle lo que sabía. La Tradición quedaría truncada, al menos en aquellas tierras, porque él era el único superviviente de la misma. Se hacía cada vez más viejo, y no conocía absolutamente a nadie capacitado o con suficiente interés como para escucharle y aprender lo que implicaba, además, un largo camino vital. Y es que, sumando dificultad a su incierta búsqueda de un heredero espiritual, darse a conocer como sacerdote o sabio de la antigua Tradición se había convertido en algo sumamente peligroso desde hacía un tiempo. 

Por esa razón él había entrado en el silencio, y disimulaba su verdadera identidad y naturaleza. Andaba errante por los caminos, cruzaba los bosques y las aldeas, y desde hacía mucho tiempo ya no daba a conocer a nadie ni una sola pista de su saber. Era mejor ser tomado por un viejo medio loco o solitario. Su misión, su deber, era vivir hasta el final su vocación sacerdotal, e intentar un final honroso y no demasiado destructivo de su existencia ya que, gracias a sus conocimientos de la vida espiritual tras la muerte carnal, una vez muerto su cuerpo, esperaba que al menos parte de su consciencia quedara en buen estado y cerca de la esfera psíquica humana. Pensaba que tal vez podría permanecer allí, en el bosque, esperando que los tiempos volvieran a cambiar, para poder retransmitir a otros sus conocimientos, por ejemplo a través de los sueños o de estados de trance espontáneos. Y para lograr eso, debía morir de manera, digamos, "controlada".

Así que se preparó para ello y enfiló el último tramo de su vida enfocado en recoger su energía y consciencia, con el fin de concentrarla e intensificarla de manera que pudiera dar el salto existencial que se proponía dar. Un día, se internó en el bosque donde más lúcida y perfecta había sido su comunicación con los espíritus arbóreos y los demás seres de la naturaleza, y ya nunca más salió de él. 

Murió adrede, pero sin hacer nada violento para lograrlo. Su cuerpo detuvo sus funciones de manera pacífica, suavemente, sin ruido alguno y con una sonrisa el el rostro, en un claro del bosque. Había entregado su consciencia al mundo natural y sagrado y entonces ésta se había fusionado con las consciencias de los árboles. 

El alma del chamán, del último sacerdote de la Tradición antigua, pasó a convertirse en algo entremezclado, fusionado con lo arbóreo. Allí viviría durante siglos, quién sabe si hasta milenios, mientras hubiera bosques, o al menos quedaran algunos árboles en aquella parte del mundo. Y, navegando por la savia verde y luminosa de los árboles, esperaría encontrarse con la consciencia de nuevos seres humanos capaces de escucharle y de acoger en sí mismos su legado espiritual.


Recordé cómo era vivir fundida con los árboles en un destello hermoso y fugaz. Luego tuve algunos vislumbres de la energía de aquel viejo sacerdote. En uno de ellos, sólo percibía una energía sonriente y silenciosa brillando con destellos entre las hojas verdes de los árboles de algún bosque. En otro, ví la figura de un anciano caminante, vestido con una túnica de lino o lana de color crudo, un tejido rústico, basto y sin teñir. No llevaba adornos corporales de ningún tipo y su única posesión parecía ser un bastón de madera, también muy sencillo. 

El aspecto de aquel anciano me recordaba a una mezcla entre Gandalf (el mago bueno del Señor de los Anillos) y el druida Panoramix (del cómic de Astérix y Obélix), aunque mucho más rústico y austero (en definitiva, menos novelesco e impresionante y mucho más "vulgar" o "real"). ¿Estaba recordando la vida de uno de los últimos druidas que vivieron en Europa, en las tribus celtas?

-Lo que recuerdas es anterior -me dijo una voz-. A menudo las cosas que conocéis de la historia, como el asunto de los druidas, no son más que reflejos secundarios o ecos de algo mucho más antiguo. Los druidas descritos por los historiadores romanos ya no eran exactamente como el sacerdote que tú has recordado ser. ¡Estaban demasiado organizados! Tú has recordado lo que era ser un "Hermano del Bosque", un espíritu libre y afiliado de manera íntegra a la Madre Naturaleza. Has recordado un destello de la Hermandad de los Arbóreos, pero sobre eso no hay una descripción exacta en la historia escrita, así que no te esfuerces buscando en los libros, porque no encontrarás en ellos un registro de la Tradición de este hombre.
- Me parece fascinante- dije yo, realmente atraída por una sensación exquisita de armonía que no sabía ni describir.- ¡Me gustaría saber más sobre esta Tradición! ¡Fue una muerte muy hermosa la de este hombre, lo puedo sentir!
- No te preocupes, sabrás más a su debido tiempo. Como curiosidad, te diremos que el antiguo poema sobre "la Batalla de los Árboles", que llamó tu atención hace años, es otro eco procedente de esta antigua Tradición.
- ¡Cad Goddeau, La Batalla de los Arboles...!Entonces tengo que volver a leerla, porque ya no la recuerdo.
- Bueno, pero no te obsesiones con esos versos, porque son un eco de un eco de un eco muy posterior...No encontrarás en ellos el conocimiento. Sólo te lo decimos para que comprendas mejor porqué resonaron contigo hace años. Ya llevabas en tu interior la memoria del Hermano del Bosque: estaba en tu potencial recordarla, y era natural, en ese contexto, que te atrajera un poema medieval tan misterioso sobre los árboles.
- De acuerdo, pero tengo otra pregunta: Si no era el cristianismo, ¿qué nuevas creencias atentaban contra la Tradición de este hombre?
- Fue una lucha muy anterior, aunque algunos de los Hermanos del Bosque sobrevivieron hasta la romanización.
- ¡Pero entonces sí era un druida! Los druidas conocieron a los romanos y se extinguieron tras la conquista de sus tierras y la dominación de sus tribus.
- Ya te hemos dicho que lo que tú sabes sobre los druidas no es exacto, y por esa razón nos resulta difícil responderte. La Hermandad del Bosque no se corresponde con un sistema druídico organizado, y además es muy anterior.
- ¿No se corresponde, en presente? Creí que aquello se había acabado.
- Los Hermanos del Bosque permanecen fusionados con el alma arbórea, esperando transmitir sus conocimientos a las nuevas generaciones. En cierto sentido desaparecieron, ¡y lo hicieron literalmente!, pero en otro sentido no han muerto nunca.
- ¡Vaya...!
- Existían maestros especializados de los abedules, del tejo, del ciprés, de los pinos, de los olmos, de los robles...
- ¡Vaya! ¡Qué interesante! ¡Cómo me gusta todo esto! ¿Cómo puedo encontrarlos?
- No te apures, ellos te encontrarán a tí. Eres tan invisible como una manta de color rojo llameante arrojada en medio del bosque más verde que te puedas imaginar. Tu pasión por los árboles, tu amor por ellos, flamea en sus ojos como una bandera diciendo: "Aquí, venid aquí". Pero de todos modos, la memoria que acabas de procesar te aúna con el bosque. Tu destino y el suyo nunca podrán ser algo independiente. Tu camino, o mejor dicho parte de él, corre con el bosque, y "es" el bosque en cierto sentido.

En este punto de la conversación, me detuve a repasar los muchos recuerdos especiales que tengo, asociados con los árboles o los bosques. Han sido muchos, ya desde niña. Mi diálogo con los árboles se inició antes de que yo empezara a andar conscientemente mi camino como chamana, y de algún modo siempre han estado ahí.

Después, el trance se fue esfumando y dejé de sentir las presencias de los Guías. Sucedieron muchas otras cosas relacionadas con el bosque y los árboles, en los años posteriores a aquel recuerdo. Y la consciencia de aquel viejo sacerdote vestido de color crudo, aquella energía sonriente y silenciosa, apareció más veces en mis trances, constituyéndose, con el tiempo, en una clave esencial del legado ancestral que he heredado de la dirección Norte. Otros ancestros de la humanidad han apadrinado, por así decirlo, mis direcciones Sur, Este y Oeste. En total son dos hombres y dos mujeres, pertenecientes a las 4 masas continentales, y el Hermano del Bosque es una de estas dos consciencias masculinas, situada en las tierras europeas.


                                                 (Abajo, "Millenium Tree" de Josephine Wall)

Pero luego hay más legados ancestrales a heredar, claro, porque la humanidad es amplia, su memoria es espiritualmente muy rica, y si uno se abre a sentirla y acogerla, recibirá mucho más de lo que nunca hubiera imaginado. Sólo si uno se queda encerrado en lo que conoce de sus antepasados se privará a sí mismo de verse "encontrado" en la energía por todos los espíritus ancestrales que simpatizan o resuenan con la propia esencia, vocación o chispa del alma

Es mejor abrirse a sentir hasta la última fibra del inmenso, ramificado y complejo Arbol de la Humanidad, porque entonces te llega lo que te tiene que llegar. A fin de cuentas ¿no somos los últimos brotes del árbol inmenso compuesto por todos los seres humanos? Si, como retoño, aceptas que perteneces a ese todo, se terminan definitivamente los tiempos de carestía interior. Y el alma florece, porque no hay como las miradas amorosas de los que fueron sabios y murieron "bien" para reverdecer al espíritu más reseco, al más necesitado de afecto, pero también de conocimiento. ¡Saber cómo vivir es tan importante como desear vivir gracias al amor!

Mi camino vuelve a buscar el bosque en una etapa en la que he vivido demasiado alejada de él, pero mientras enderezo la dirección de mis pasos, me pregunto: ¿Por qué recordé este final de una era, junto con el de la Diosa Palmera? ¿Qué relación existe entre ambos, más allá de la conexión con los espíritus arbóreos? La sacerdotisa de la Diosa Palmera murió "mal", éste murió "bien", pero ninguno logró hacer pervivir en su día la tradición espiritual a la que representaba. La sacerdotisa no huyó de su tierra, y murió a causa de ello, pero el sacerdote no huyó. Eso sí: se escondió, disimuló su verdad, volviéndose silencioso y discreto para no llamar la atención, y puso a buen recaudo su legado espiritual, confiándolo, en forma de energía condensada, a los espíritus arbóreos y a la consciencia colectiva o alma del bosque. Lo cual es, tal vez, una interesante manera de estar y no estar presente al mismo tiempo en una tierra local...