Por dentro me crecía esa extraña sensación de pérdida, de no estar dándome cuenta de algo verdaderamente importante, algo que se me escapaba. Era un misterio. Por eso empecé a leer cosas sobre los sueños y su práctica, porque sabía que, en ellos, se manifiestan aspectos escondidos del subconsciente o del ser, y eso, el universo psicológico, era lo que más se acercaba a mi idea acerca de la "identidad personal". Empecé a participar en un foro sobre sueños y, con el tiempo, empecé a lograr cierta lucidez onírica, es decir, a darme cuenta de que estaba soñando. Aunque aquello no era algo nuevo en mi vida, pues ya lo había experimentado de niña, me resultó muy valioso iniciar ese reencuentro con los sueños y volver a valorarlos.
Entonces, cuando vivía -en sueños- uno de esos momentos de lucidez, intentaba aprovecharlo para preguntar, investigar, aprender. No me interesaba verdaderamente nada más. Pronto me aficioné mucho al asunto de soñar. Tenía sueños que me parecían fascinantes, en los cuales aprendía cosas, y al mismo tiempo se me presentaban más y más enigmas, y todo me pareció tan interesante que planifiqué toda mi vida de manera que pudiera dormir adecuadamente. Hasta me organicé para dejar de trabajar algunas cortas temporadas, todo con la finalidad de poderme permitir el lujo de dormir largas siestas durante la mañana o la tarde, pues sabía -por experiencia- que en esos momentos era mucho más fácil entrar en un estado de sueño especialmente lúcido.
Además, por aquel entonces vivía sola, lo cual mejoró muchísimo la calidad de mi vida onírica. Vivía todo a mi ritmo. En mi casa todo iba acorde con mi energía, y todo estaba ordenado con la intención de que mi espacio fuera un reducto de tranquilidad, un lugar de descanso. Mi habitación estaba totalmente vacía, excepto por la cama y la mesita de noche. Las paredes estaban pintadas de blanco, todo era blanco, hasta mis sábanas. No quería distracciones, ni colores, ni estampados, ni cachivaches… Quería sumergirme en un lugar casi sagrado, limpio como un papel inmaculado, como una pantalla en blanco. Cuando llegaba la hora nocturna de acostarme, me sentía como una exploradora que va a utilizar, una noche más, una "nave espacial" onírica, mi cama, a la que llamaba "la nave del soñar". Estaba emocionada con ese nuevo campo de aprendizaje que se abría ante mí, por misterioso e indescifrable que pareciera.
En esa etapa de mi vida, y durante una de esas cortas temporadas en las que estaba en un parón laboral deliberado, una mañana en la que estaba en casa y me sentía especialmente tranquila, decidí acostarme y dormir un rato. Así por que sí. Pensé, como siempre que decidía acostarme: “A ver si sueño algo interesante”. Y nada, me zambullí en la blancura de mi “nave para soñar”. Luego me dormí, y al poco rato me "desperté" en el sueño, es decir, cobré consciencia de que estaba dormida y soñando.
El anhelo por saber era tan intenso en ese momento que se me saltaron las lágrimas. Sentí que no podía vivir más sin saber eso, o sin tener, siquiera, una pista, un acercamiento. Mi esfuerzo, en la energía, debió de ser enorme, porque acto seguido volví a encontrarme tumbada en la cama. Seguía dormida y lúcida, pero ya no tenía fuerzas para estar en pie. Rendida, decidí dejarme llevar por el sueño aunque perdiera la lucidez. Pero no llegué a perderla, ni a meterme en ningún sueño común, sino al contrario.
En ese momento, sentí un dolor terrible en el vientre. Fue exactamente como si algo me lo cortara de arriba abajo con un cuchillo. El “cuchillo” parecía haber tocado todas mis vísceras y me sentía como si la energía se me escapara por ahí, muriéndome. Y de repente, mi consciencia estuvo en dos lugares y tiempos a la vez.
La voz cantaba y era una melodía tristísima. Es más, toda yo empecé a padecer una tristeza gigantesca, enorme, apabullante. Todo mi ser era tristeza y empecé a llorar entre convulsiones, como si la pena y el llanto salieran de mi vientre desgarrado. Realmente no podía soportar tanta pena. Yo cantaba porque toda mi gente había muerto y porque todo mi mundo se moría. Cantaba porque me estaba despidiendo de todo cuanto de bello había conocido. Cantaba porque sabía que nunca más volvería a ver a los míos, y porque sabía que mi mundo terminaba. No habría más de aquello a lo que yo amaba tantísimo. Era como estar viviendo el tremendo FIN de toda una era.
En el mismo instante en que cesó el dolor de mi vientre, el canto se apagó. Se esfumó la visión. Tal vez acababa de morirme en ese otro tiempo, en ese otro espacio... Entonces me desperté aturdida por mis propios sollozos, por la pena que me salía de dentro. Incluso despierta, no podía dejar de llorar. Y al mismo tiempo, ahora entendía mucho menos mi vida que antes. Porque había preguntado: ¿Quién soy yo? Y... ¿ésa era la respuesta? ¿Qué clase de pista onírica era aquella?
Me quedé profundamente impactada por esta experiencia. Sin saberlo, había experimentado mi primera regresión espontánea en una época en la que ni siquiera me planteaba la existencia de la reencarnación (mi perspectiva de todo era, ya lo he dicho, casi exclusivamente psicológica) Le dí muchas vueltas a lo que me había sucedido porque realmente no sabía cómo interpretarlo, ni tenía a nadie conocido a quien consultarle al respecto.

¿Qué gran error cósmico se había cometido conmigo? ¿Cómo era posible estar tan cambiada de sitio? Me resultaba insoportable, después de haberme dado cuenta de esta verdad, seguir viviendo donde vivía: en una gran ciudad, lejos, incluso, de los paisajes que más me gustaban. Lejos de praderas verdes, lejos de arboledas, lejos de las montañas. Y con una gente que se me antojaba extraña, llevando una vida que…Uf, ahora percibía que aquella gente con la que compartía mi vida en aquellos momentos -me había ido de casa, compartía proyecto vital con gente laica de la Iglesia- nunca funcionaría para mí. Porque la suya no era una vida india. Por lo tanto, nunca sería feliz allí, con ellos.
Fue horrible sentir eso y deducir, con mi pobre lógica de aquel entonces, que si esta era la verdad de mi identidad, la felicidad estaría siempre lejos de mi alcance. Tendría que conformarme con lo que pudiera arañar de “mi estilo de vida” a hurtadillas, viviendo en un lugar ajeno y entre una gente extraña a mi verdadera naturaleza. Mi destino era cruel: había descubierto en unos instantes dónde estaba mi gente, mi lugar, y acto seguido tenía que olvidarme de ello, porque no era posible vivirlo. Me sumí en una sensación de fatalidad, de dolor. Yo era muy simple entonces, muy inocente, y no supe reaccionar de otro modo.
Ironías de la vida, me habían invitado al cine los amigos con los que compartía proyecto vital. Hasta aquel día, ellos me habían parecido lo más interesante del mundo, pero de repente sabía, con una certeza desesperante y aplastante, que no eran mi gente, y peor aun, supe que en lo profundo yo no tenía nada que ver con ellos. Gente con buena intención eran, tal vez, pero eran “otros”, tenían otro espíritu, otra manera de sentir, pensar, percibir el mundo, actuar.
Lo pasé tan mal, surgió un conflicto tan grande en mí, que al final lo borré de mi mente. Corrí un espeso velo sobre lo sucedido aquel dia, porque tener esa verdad frente a mi consciencia me hacía sufrir demasiado. Me dije a mí misma que todo no había sido más que una autosugestión alucinada, fruto de una película con guión conmovedor. Vas al cine y mira lo que pasa, te identificas con alguien que no eres, y sales creyendo tonterías inútiles. Caso cerrado.
Tal y como hacía con los sueños más especiales, tomé nota de aquella experiencia. Esta vez no la descarté o censuré por absurda, como había hecho con la vivencia de "Bailando con Lobos". Guardé mi experiencia onírica como si fuera un enigma precioso, un momento de sabor intenso y contenido misterioso que esperaba que, algún dia, se me desvelara...



.jpg)